jueves, 29 de octubre de 2009

La noche de los libros quemados


El tintineo de las gotas de lluvia en las ventanas del salón relajábanla de tal manera que se evadía a mundos jamás antes pensados, a mundos jamás antes soñados. Decidió proseguir con aquella lectura gratamente encontrada en un banco hacía casi un año. Mientras leía, desmenuzaba y memorizaba cada una de sus frases en una cabecita de labios delicados y apetecibles y hermoso mentón.

Cientos de calabazas con rostro humano y sonrisa zigzagueante flanqueaban el camino serpenteante mientras temblaban de miedo al ver semejante belleza acercándose a ellos, aún distante. Dos hablaban.

-No será...
-No. Ni tan siquiera es. Posiblemente fuera en algún tiempo, pero no, no será ni, en estos momentos, puede decirse que es.

Era la noche de los libros quemados. La puerta de entrada al recinto en el que se daría lugar el festín estaba resguardada por la imagen de dos cuervos.

-Nunca más.- Decía uno mirando al otro.
-Nada más.- Decía el otro mirando al uno.

En el interior, una mesa enorme repleta de exquisitos manjares daría la bienvenida a los afortunados: ayer, recibieron la invitación para la fiesta anual.

Fuera del castillo, desde la puerta, o hasta la puerta, depende de si se viene o si se va, un camino que serpentea y en el que se divisa una chica. En el borde del camino, cientos de calabazas con rostro humano y sonrisa zigzagueante. Y dos susurran:

-No será...

-No. Ni tan siquiera es. Posiblemente fuera en algún tiempo, pero no, no será ni, en estos momentos, puede decirse que es.

La chica avanza con un libro entre las manos. Pesa. Su rostro es bello, no puede ser de otra manera, y su caminar es lento y también pesado. Llega a la puerta y se encuentra con la imagen de dos cuervos :

-Nunca más.- Dice uno.

-Nada más.- Dice el otro.

La chica deposita el libro en una mesita que se encuentra flanqueando el lado derecho de la gran puerta dorada. Desaparecen. La chica dice:

-¡Oh!

Y se tapa los labios delicados y apetecibles con la mano derecha.

Se abre la puerta. La chica dice:

-¡Ah!

Y se acaricia el hermoso mentón con la mano que antes tapaba sus labios.

Al entrar, un estruendo celestial ilumina todos los rincones de aquella lúgubre estancia. Empieza a llover.
En el interior, una enorme mesa repleta de exquisitos manjares da la bienvenida a los afortunados. Ayer, recibieron la invitación para la fiesta anual.
La chica avanza y se dirige a la hoguera que acabará con el libro que la tuvo entretenida durante el último año.
Y piensa.

-No puedo permitir que el libro se queme.

Observa a todos los afortunados: ayer, ellos también recibieron la invitación. Todos piensan lo mismo:

-No puedo permitir que el libro se queme.

Las gotas de lluvia tintinean en los ventanales de la mansión

Un rayo zigzagueante atraviesa, serpentenate, la estancia.
Aún así ,todos parecen sonrientes, ocultando la congoja que les invade.
¡Silencio! Prestad atención. Parece que llega el anfitrión. Es el señor de la casa. Un respeto. Se dispone a hablar.

-Bienvenidos, seres afortunados. Como cada año, este día que termina os ha elegido para gloria de los venideros. De vosotros depende el futuro de nuestro mundo. Y de vuestros libros...

De la boca de todos los allí presentes:

-¡Oh!

-...Pero no os asustéis: la eternidad os aguarda...

De la boca de todos los allí presentes:

-¡Ah!

-...Y ahora, la ceremonia.

La ceremonia fue como todas las ceremonias: música, baile, risas, palmas, sonrisas, palmas, cansancio, palmas, bostezos, palmas, bostezos, bostezos, bostezos. Por fin, el fin.
De nuevo el anfitrión:

-Demos un fuerte aplauso a músicos y bailarines... Y que empiece el juego. Las instrucciones están en el sobre que está dentro del sobre que recibisteis ayer y que reza: "No abrir"

Todos, en ese momento, con un nerviosismo desesperante, lo abrieron.


1.-Sitúate en cualquier lugar cerca de la hoguera. Siente el calor de sus brasas.

2.- Piensa en el título del libro que has decidido quemar.

3.-Escoge una frase.

4.-Repítela hasta la saciedad.

A la tercera repetición, todos los allí presentes se convirtieron en calabazas.

El anfitrión colocó su oído sobre la boca zigzagueante de cada una de ellas y escogío a dos. Se dirigió a la puerta de su mansión.

-"Que los cuervos calabazas sean y que estas calabazas en cuervos se conviertan.”
Nuestra lectora, que seguía desmenuzando en su cabecita de labios delicados y apetecibles y hermoso mentón el contenido de aquel libro profirió un tímido “¡Oh!”, y advirtió que la tapita de su buzón se cerraba violentamente.

-¡Ah!