Si bien es cierto que Lucas el Pelucas estaba hecho pedazos, no menos cierto era que peor hubiera sido estar hecho polvo o mistos, lo primero porque cómo desplazarse en los días sin viento, y lo segundo porque cómo ser de madera o cera y fósforo si no puedes arder.
Lucas el Pelucas había crecido en un ambiente hostil para la realización de su sueño, que era nada menos y nada más que ser hoguera. Residía desde su nacimiento en el norte del norte, un lugar en el que si hace algo es frío, mucho frío, tanto frío que al encender fuego éste se congela, permaneciendo la llama como una escultura. Hay en su ciudad un parque, el parque de las llamas; para entrar en él tienes que llamar a una puerta de hielo y, si el azar se confabula con tu estrella, dicen que puedes disfrutar de la visión de miles de llamas quietas que esperan que, algún dia, deje de hacer frío y puedan crepitar y dar calor a la gente cuyo azar se ha confabulado con su estrella.
Su infancia pasó como la de todo norteño: Lucas llorando, Lucas riendo, Lucas creciendo, Lucas gateando, Lucas creciendo, Lucas caminando, Lucas creciendo cada vez más y Lucas pidiendo cosas hasta convertirse en lo que hoy es, un chico hecho pedazos porque no puede realizar su sueño.
Lucas el Pelucas empezó a saber que algo no iba bien cuando un día, al salir de la escuela, no advirtió que llovían chuzos de punta. Uno de ellos, un chuzo paliducho que daba más pena que el propio Lucas, le dio de refilón en la oreja derecha y, como no podia ser de otra forma, ésta se desgajó.
Absorto y sangrante, el pobre chaval fue corriendo a casa con la oreja derecha en la mano izquierda pero sin el corazón en un puño, y al llegar su madre le dijo:
-¡Lucas!
Y él dijo:
-¡Mi oreja derecha!
Y ella
-¡Enhiélala en el jardin!
Y Lucas la enhieló en el jardín.
Lucas el Pelucas sin oreja derecha empezó a ser el hazmerreír de la clase pero todo, como bien sabemos todos, puede ir a peor. Dos días después de su primer accidente con las fuerzas de la naturaleza, comenzó a caer una lluvia copiosa, tan copiosa que imitó a la de los chuzos de punta, sesgándole la oreja izquierda, pero además de copiosa era envidiosa, y no tuvo la brillante y bondadosa idea de enviar a una diosa, no, sino que le envió otro chuzo y sólo para hacerle mas daño que el otro, pero este tan grande y fortote que le partió la nariz al pobre Lucas el pelucas sin orejas y, ahora, sin nariz.
Lucas el Pelucas sin orejas ni nariz fue corriendo otra vez a su casa y su madre:
-¡Lucas!
Y él:
-¡Mi oreja izquierda y mi nariz!
Y la madre:
-¡Pues ya sabes adónde tienes que ir!
Y lucas fue.
Pero las desgracias ya no es que puedan ir a peor, no, además, nunca vienen solas, y al dia siguiente, en clase, una chica nueva, Loli la Panoli, ocupó el pupitre contiguo al de Lucas el pelucas sin orejas ni nariz, provocando la parálisis en todos los miembros del pobre chaval.
Si bien es cierto que Lucas el pelucas estaba hecho pedazos, no menos cierto era que Loli la panoli estaba hecha un pincel, aunque peor hubiese sido estar hecha una princesita o una mujercita, lo primero porque cómo pretender que lucas sin orejas ni nariz fuera un príncipe, y lo segundo porque cómo querer crecer.
Loli la panoli había nacido y crecido en el sur del sur, en un ambiente selecto, entre mayores distinguidos y pulcros, rodeada de artistas de la Avant-Garde, forofos del Pop-Art y otros nombres aún más raros. Sus padres organizaban, cada dieciséis horas, reuniones a las que asistían los más selectos miembros de la cultura popular sureña, hasta que un día, un sol de injusticia, le quemó la cara a la pequeña y bella gourmet.
El sueño de Loli la panoli siempre había sido ser un bote de pintura verde, pero desde aquel traumático día todo viró hacia el cubito de hielo por aquí cubito de hielo por allí, así que sus padres no tuvieron más remedio que dejar el sur del sur por el norte del norte, pensando que con el ultrafrío se le quitarían esos sueños locos.
Aquel primer día de clase, y una vez Lucas el pelucas dejó de sentirse estatua, se miraron de reojo tres veces, lo que da un total de seis miradas, y sólo en una de ellas sus ojos coincideron. Dicen que la magia puede llegar en cualquier momento y sin necesidad de varitas ni otros artilugios ostentosos; pues bien, a ellos les pilló en clase de Aitor el profesor, cuyo sueño de niño había sido ser como Bepo el barrendero. En ese momento, Aitor el profesor barrió la clase con una rápida mirada y empezó el temario de la clase de historia sureña. Ese día tocaba Tito Tótamo el hipopótamo.
Siempre según el profesor y su libro de texto, un día, Tito Tótamo fue al hipódromo a ver una carrera de hipocampos, y al ver que su caballito de mar era el vencedor se entusiasmó tanto que le entró hipo. Pero ahí no quedó todo, no, pues al hipo se le unió una fuerte tensión el el muslo derecho delantero y le entró una grave hipotensión, lo que provocó la alarma general y su evacuación en una gigante ambulancia. Estuvo siete dias en una enorme cama de hospital hasta que el doctor se le acercó y, misterioso, le dijo:
-¡Es usted hipocondriaco!
Y Tito Tótamo el hipopótamo:
-¡Por Atreyu! ¿Habráse escuchado semejante insulto?
Y el doctor:
-Quiero decir que usted no tiene nada, ¡así que levántese ipso facto en el acto!.
Y Tito Tótamo el hipopótamo se levantó con tanto ahínco que su hipotálamo chocó contra el techo, perdiendo, como no podía ser de otra forma, la memoria y el hipo.
- Así- prosiguió el profesor- por este personaje que nunca supo que saldría en los libros de historia gracias al hipo, conocemos que un susto nos lo quita. Gracias.
Nadie aplaudió, y Lucas el pelucas y Loli la panoli ni siquiera escucharon la historia que el profesor contó, pero ni falta que les hacía, pues ellos ya tenían en su cabecita una mejor.
Lucas el pelucas sin orejas ni nariz y Loli la panoli con la cara quemada recordaron el sueño antiguo, aquel por el que todos nacemos y por el que, quizás algun día, sentimos el mayor deseo de realizarlo porque en ello nos va la vida. A él le entró, mientras el caballito de mar de Tito Tótamo ganaba la carrera, un ardor entre el corazón, los pulmones y el estómago y en su interior nació una hoguera; mientras Tito Tótamomo discutía con el doctor, ella se quedó helada y su corazón se convirtió en cubito de hielo.
Aquel día fue el primero que dejaron de sentarse y sentirse solos. Ya de noche, bajo un cielo repleto de estrellas, fueron al parque de las llamas, pero no puedo deciros qué les ocurrió allí dentro pues aquella noche, por desgracia para mí, el azar no se confabuló con mi estrella o, quizás, yo aún no creía en el poder de los sueños.