sábado, 24 de octubre de 2009

Algo así

Esos recuerdos de los que me hablabas no son más que sueños que algún día se asomaron a tu dormida cabecita para ofrecerte lo que podría convertirse en una vida llena de teórica felicidad, estado que, algún tiempo después, asumiste, no sin duras y dolorosas caídas, que no era más que una pretensión espiritual inalcanzable, un invento más del ser humano para tener algo en lo que creer, algo a lo que sujetarnos.

A lo largo de nuestra existencia, tendemos a transformar recuerdos en algo así como expresiones oníricas escondidas entre una suerte de humo grisáceo, casi opaco, que sólo deja entrever similitudes entre lo que es, lo que aparenta ser, lo que debería ser y lo que a ti te gustaría que fuera, quién sabe si para olvidar algo demasiado hermoso, algo que no creemos ni queremos merecer.
De la misma manera, a lo largo de nuestra existencia, ejercemos una especie de desvío sobre algún sueño proyectándolo hacia el lugar en el que cohabitan los recuerdos reales, quién sabe si para apoyarnos en deseos que esperamos que lleguen en cualquier momento

Una mañana cualquiera pero festiva decidí coger la bicicleta y vagar sin rumbo fijo por el mercado medieval que, un fin de semana cualquiera pero festivo, se instaló, como por arte de magia, en el centro de mi gris y triste ciudad.
Un sinfín de paradas me ofrecÍan desde los más variopintos embutidos hasta escudos de madera con el símbolo de algún dragón, vencido, seguramente, por las ansias de gloria de un caballero desaliñado y soltero. Mi atención no se desvió hacia los olores a brasa quemada ni a los de algún incienso que pretendiera reproducir el ambiente perfumado de aquellos antiguos escenarios. Mi atención de desvió, como algunos sueños transformados en recuerdos, o quién sabe si al revés, más allá, a lo lejos, hacia el interior de una carpa en la que, a aquellas tempranas horas del día, una función de marionetas captaba la atención de algunos niños, algunos abuelos y bastantes padres con rostros resignados.

Entre los aromas de la barbacoa medieval que a unos metros de allí se disponia a tostar la carne del dragón vencido del escudo, una princesa y un caballero de armadura desvencijada dialogaban sobre el amor y la posibilidad de la existencia de éste entre ellos, siempre y cuando el valeroso hombre de hojalata oxidada la liberara de las garras del ahora criptozoológico animal que, siempre según la princesa, descansaba sobre miles de monedas doradas. Estuve a punto de decirle al pobre hombre que la carne de dragón hacía varias horas que estaba hecha filetitos en la carpa de al lado, que la princesa ya estaba prometida, que ya tenía caballero de armadura impoluta, pero preferí sacar un cigarrillo, encenderlo y fumármelo observando los diferentes rostros que por allí pululaban.

Con el tiempo, uno llega a la conclusión de que la observación del mundo que te rodea es más un acto de reconocimiento de uno mismo en los demás que de aprendizaje sobre la vida y sus misterios.
Ver a un niño que sonríe cuando una princesa le da una colleja al caballero que debería poseer la admiración y la lástima de todo el público es reconocerte en él y asimilar que el caballero es el payaso del que, muchos años atrás, viste una torpe función en el patio de arena del colegio, durante algún fin de curso, onírico ya a estas alturas de la vida.
Con el tiempo, uno llega a la conclusión de que la observación de los ensimismados abuelos, impertérritos ante la misma colleja, puede llegar a ofrecerte la idea de que la vida, posiblemente, valga la pena para llegar a una edad en la que una colleja es una colleja y no para tener la posibilidad de matar a un dragón, debido quizás a demasiados recuerdos moldeados por los acontecimientos de una existencia dura y sentida.
Con el tiempo, uno llega a la conclusión de que la observación de los padres se puede resumir en varias consultas al reloj, en varias miradas masculinas hacia una joven y bien proporcionada chica que pasaba por allí como ofreciendo gratuitamente su cuerpo al mundo de los ojos y en algunos lamentos femeninos a la vez que se tocaban la prominente barriga que antaño, problablemente, se paseaba por la misma calle y con la misma pretensión embaucadora que la de la joven.

Lancé la colilla de mi acabado cigarro y, sorteando cual caballero medieval las paradas y a sus feriantes a lomos de mi bicicleta, puse rumbo fijo hacia el parque en el que suelo refugiarme para leer en los días de sol y melancolía.
Podría reducir el trayecto a la observación del paseo en bicicleta de un padre y su hijo y a la pretensión del hombre en enseñarle al niño qué es la vida ayudado, sobre todo, por un algo que yo jamás antes había visto, y que unía la bici del padre y del hijo convirtiendo dos bicis de dos y cuatro ruedas respectivamente en una de cinco. Debería averiguar cómo se llama ese algo, porque las descripciones no son lo mío. En cambio, su conversación podría ser algo así:

"Mira, Cualquiernombreesbueno. Llega un momento en que la vida deja de pertenecerte, en que creas unos lazos de unión con otro ser humano del que nace algo parecido a ti y al que te debes en cuerpo y alma. Es precioso, te lo puedo asegurar, pero dejas de ser verdaderamente dueño de tus actos. Créeme cuando te digo que eres lo mejor que me ha ocurrido en la vida, que tu madre y tú sois lo mejor que me ha ocurrido en la vida, pero ya no me siento individuo, siento que soy algo así como un algo que necesitas para crecer y convertirte en algo parecido a mí. Siento como si fuéramos dos bicicletas que se convierten en una para poder seguir rodando por la vida. ¿Tu madre? Tu madre lo es todo hijo, sin élla no habría padre ni hijo, créeme. Nunca dejes de sentir admiración por ella. Yo nunca lo he hecho, a pesar de las riñas que hayamos podido tener, a pesar de algunos recuerdos que prefiero creer que fueron inquietudes oníricas, a pesar de habernos distanciado hace ya algunos años."

Al llegar al parque coloqué el sillín de la bicicleta a modo de reposacabezas, me tumbé en el césped, cerré los ojos y pasé la palma de mi mano derecha sobre él, como acariciándolo, dejándome llevar por el delicado cosquilleo que diminutas lanzas vegetales me regalaban en ese momento. Abrí los ojos, despertando así del orgasmo onírico que Gaia me había estado guardando desde quién sabe cuanto tiempo y divisé a un hombre que disfrutaba haciendo navegar un barco teledirigido sobre el lago artificial.
Imaginé que la jubilación y la posible muerte de su mujer, hacía no muchos años, provocaron en el joven anciano la necesidad de canalizar toda su energía hacia algún sueño irrealizado, como ser el capitán de algún barco.
Imaginé que la jubilación y la posible muerte de su mujer hacía no muchos años provocaron en el joven anciano la necesidad de canalizar los recuerdos de casi toda una vida dedicada a faenar en mar abierto hacia un barco de juguete, quizá para sentirse de nuevo aquel niño que no quería creerse las palabras que un día su padre, durante un paseo, le profirió acerca de la tarea de ser padre y sus consecuencias.

Abrí la mochila y saqué uno de los libros que estaba leyendo; pasada una hora de ensimismamiento entre letras ajenas, cogí un bolígrafo y apunté algo parecido al primer párrafo de esto que ahora pretendo que algún día leas. Y digo pretendo que algún día leas porque yo ya he llegado al punto en el que no sé si existes, existirás o exististe, porque yo ya he llegado al punto en el que no sé si fuiste, eres o serás algo así como un sueño.