-No le des más vueltas, anda. ¿No ves que así es más difícil todo?
-Ya, pero bueno, no sé, qué quieres que haga. Y qué, ¿nada?
-Qué va. No sé cómo aún puedes tener esperanzas.
-¿Nada de nada?
-Nada de nada, nada de nada. Me voy a pasear con Lucas, a ver si me despejo.
-Vale, pero no tardes, que en media hora tenemos que irnos.
-Que sí...
Apagar el televisor decepcionado es un hábito diario, pero en este caso podríamos considerarlo descorazonador. Coger la correa de Lucas fue alejarse de aquellas pequeñas esperanzas, aceptar la realidad y largarse a un momento de paz engañosa pues, la tragedia, le perseguía a todas partes.
Con Lucas era distinto. Con Lucas se sentía identificado, era el guía que necesitaba para emprender el tortuoso camino que en media hora le oscurecería las pocas posibilidades de victoria que albergaba. Pero él no podía acompañarles.
Lucas era feliz. Sus amos no escatimaban gastos con él. Siempre estaba alegre, juguetón, sonriente. En la calle era uno más entre los perros, siempre detrás de las perras, de las pelotas, de los palos. Necesitaba aprender de él puesto que una tragedia parecida, seguramente, les iba a perseguir el resto de sus vidas.
-Bueno, ya estamos aquí.
-Pues venga, vamos.
-¿Es necesario?
-Es necesario cariño. Va. Ya es el último día.
- Lo decía en broma.
El camino de ida fueron una línea recta con cinco pasos de cebra y dos semáforos; un parque con siete perros, dos de ellos atados; un restaurante de comida rápida, dos chinos y seis bares de tapas; tres cajas de ahorros y un banco; doce bancos, tres de ellos vacíos, nueve de ellos ocupados por diecisiete ancianos y tres jóvenes; ocho parejas que no intercambiaban palabras al caminar, dos de ellas cogidas, una por las manos y, la otra, por las cinturas: ellos; dos bicicletas, seis motos y muchos coches; cuatro tiendas de ropa, un supermercado, un vendedor de cupones y, finalmente, el edificio.
La entrada se alcanzaba subiendo una escalera con seis peldaños. En el mostrador, tres chicas. Al verlos llegar, una de ellas les sonrió mecánicamente y los condujo a una sala pequeñita con seis sillas acolchadas, una mesita escorada con dos diarios del día, una revista mensual y cuatro trípticos médicos sobre el tabaco, las drogas, el alcohol y el sexo, seguro.
En las paredes, dos cuadros abstractos, un cartel con una enfermera pidiendo silencio, por favor, y una puerta. Al abrirse ésta, un hombre con camiseta azul, pantalón tejano y zapatillas de deporte los saludó, invitándoles a entrar en su despacho.
Bruno vio en él al mísmisimo Diablo. Laura, a Dios. Cuando salieron, los dos estaban convencidos de que el Infierno existía.
El camino de vuelta fueron pensamientos, seguramente los mismos para ambos: la tragedia, el Infierno y el final de una etapa.
Bruno pensaba en la soledad. Laura, en la soledad de Bruno. Al llegar a casa Bruno se fue a la cama. Y Laura. Y Lucas. Pero no hablaron. Anoche no hablaron.
Al despertarse el día, los primeros rayos de sol impactaron sobre los ojos de Laura. Lentamente, aproximó su mano derecha semiabierta hacia Bruno y alcanzó sus genitales. Los acarició despacio, con más esperanza que convicción. Bruno se despertó con la fricción y, de un brusco manotazo, apartó la mano de Laura que, sin palabras, se levantó para llegar al cuarto de baño. Cerró la puerta y entre sollozos, lágrimas y tristeza orinó con ambas manos en su rostro.
Al salir, Bruno estaba en la cocina, preparando el desayuno.
-Hola guapa. Perdona por...
-No te preocupes.
-Sí me preocupo. Claro que me preocupo. No sufras más por mí. No tengo remedio. No lo pongas más difícil.
Laura creyó reconocer, en el diagnóstico del doctor, el Infierno, pero Bruno le iba a demostrar que una vez en él todo quema, incluso lo que más quieres.
-Tenemos que hablar, Laura.
-Estoy leyendo el informe del doctor. Dice que...
-Deja el informe. Ya sé qué dice. Lo mismo que ayer. Déjalo ya, anda. Quiero hablar contigo, debo decirte algo.
Laura no quería escuchar a Bruno, no podía. Ya sabía qué rondaba por su mente. Se lo había insinuado antes de conocer el veredicto médico, sabía que quería dejarla. Lucas ladró. El silencio de un hogar en llamas sólo puede extinguirse con sonidos que, más que decir, muestran.
-Mira a Lucas, Bruno. Cuando lo castraron en la perrera...
-No me compares con Bruno, coño. Yo no soy un perro, y una castración no es una disfunción eréctil. No voy a pasar más por ese tratamiento médico. Me niego. Soy un inútil.
-¿Ni por mí?
En esta ocasión, Lucas no remedió el silencio. Laura lloraba mientras Bruno deshacía una galleta con las manos.
-¿Sólo me quieres por el sexo, Laura?
-No digas gilipolleces, Bruno.
-No sé. No estoy muy fino para discutir ahora. Sólo joderé más tu vida.
-Bruno, yo lo digo por ti, sé lo importante que es para ti el sexo.
-Y yo pienso en ti. Tú también necesitas el sexo.
-Pero te necesito mucho más a ti, al Bruno que no piensa sólo en eso. Además, ya escuchaste que el doctor dijo que puedes tener hijos.
-Sí, pero...
-Bruno, que seas impotente no significa que no podamos hacer el amor, sino que no podrás penetrarme.
-Yo no podré disfrutar con el sexo.
-Podrás hacerme disfrutar, Bruno.
-No sé Laura. Estoy jodido. Esto es jodido.
Laura besó a Bruno, recogió la mesa y se quedó en la cocina, lavando los platos. Le relajaba lavar los platos.
Bruno recogió todas las películas porno que había visionado durante los tres últimos meses y las tiró en la papelera de la cocina, mientras Lucas le perseguía ladrando.
-Laura, tú no me dejarás nunca, ¿verdad?
-No por cosas como ésta, chulo.
-Bueno, voy a sacar a Lucas, que está pesadito.
-Vale, tontorrón.
Después de besarse de nuevo, ella sintió que el olor a azufre se había disipado.
Bruno y Lucas jugaban en el parque con una pelota. Los dos parecían felices hasta que el perro se fue detrás de Laika, la perra del vecino, que estaba en celo. Bruno se impacientó.
-¡¡Lucas!! ¡¡Lucas!! ¡¡Ven aquí, enano!!
-Pero déjalo, tío. Si tu perro no puede dejarla preñada.
-Que no pueda penetrarla no significa que no pueda tener hijos, Joaquín.¡¡Lucas!!
Al escuchar de nuevo la voz de su amo, el perro alzó sus pequeñas orejas y volvió corriendo y sonriendo, meneando el rabo con chulería, enseñándole a Bruno que la felicidad reside en las pequeñas cosas y que ni el más grande de los problemas podría dañar un amor como el que Bruno sentía por Laura.
-Lucas, creo que te voy a dar un hermanito, pequeñín. Vamos a decírselo a Laura. Ya verás qué contenta se pone.
Le puso la correa, se despidió de su vecino y, al llegar a casa, Bruno le dijo a Laura que quería tener un hijo con ella. Laura lloró de alegría. Y Bruno. Y Lucas ladró.