domingo, 2 de mayo de 2010

La castañeda perfecta

Bajo un techo grisáceo, el a priori obsoleto tecnicismo se desarrolla en unos aposentos desconocidos para el resto del universo. A simple vista, sus ojos dorados se esconden tras unos pequeños anteojos de un negro desgastado, superpuestos estos, asimismo, a unas gafas de un negro carbónico. Entre sus labios, la colilla fría de un cigarro apagado desafía la ley de la gravedad, quedándose unida, como las ramas muertas a un árbol viejo, a la boquilla envuelta en papel de arroz que hace que todo sea menos grave. Sus labios están cortados debido a la humedad de aquel habitáculo, una humedad de condiciones climatológicas favorables para que aquella parte de rostro, antaño fresca y deseosa, no sea ahora más que dos gordos gusanos moviéndose lenta y automáticamente sobre una superficie deteriorada. Su nariz es larga y puntiaguda, no aguileña, más bien de buitre carroñero. Pende de su orificio nasal derecho un hilillo aceitoso que resbala con suavidad antes de pacer en un lugar proclive para su descanso eterno. Sus orejas son redondas y casi perpendiculares al cráneo, lo que le confiere a su cabeza el aspecto de tronco joven del que sobresalen, como si un otoño humano fuera, dos setas que anhelan ser observadas. Su frente es tan lisa como el corte eléctrico de un tronco seco; sobre ella se enrosca una boina marrón con una inscripción, oculta bajo el polvo allí amontonado: no cabe duda que hace muchos años por allí no se acerca alguien con el empuje suficiente para limpiar las inclemencias del paso del tiempo.
El cuello de aquel ser lo invisibiliza una bufanda de cuadros escoceses verdes y rojos; a juzgar por las vueltas que ésta da sobre aquél puede ser de dimensiones considerables. Su tronco está cubierto, como no podía ser de otra manera, por un guardapolvo gris marengo, abotonado hasta el último de sus ojales. De las mangas del abrigo se dibujan levemente dos delicadas manos, resguardadas del frío por una pareja de guantes de color verde abeto que sostienen, entre los dedos pulgar e índice de cada mano, dos sogas que se extienden por la habitación hasta perderse más allá del techo grisáceo.
Su cuerpo descansa gracias a un taburete de cuatro patas y al asiento redondo que provoca, en su extremidad inferior izquierda, una oscilación pendular con forma de pierna humana; la parte derecha de sus  extremidades inferiores aprieta rítmicamente, en su base, un pedal de metal, produciendo, con cada golpe, un tintineo que invade toda la estancia. De su espalda sobresalen, a su vez, tres sogas más que se extienden por la habitación pero en dirección opuesta a aquéllas que sostienen ambas manos enguantadas, hasta desaparecer por la parte superior de la estancia.


Bajo un cielo despejado, los árboles sólo se mueven, al igual que las escasas pero pomposas nubes, por el cambio de velocidad repentino del viento, sereno como siempre a aquellas horas del día, refrescante como siempre en aquella estación del año. Un manto heterogéneo de hierbas y hierbajos empiezan a cubrir el bosque a la vez que las primeras flores amarillas dan la bienvenida a un renacimiento deseado después de tanto frío; los mosquitos pululan por el aire con la advertencia de un picor poco llevadero si se da el caso de no caer en gracia, y en la base de ese árbol una familia de conejos enseñan su nervioso hocico por una oscura madriguera. En la parte central del tronco, los primeros repiqueteos de un carpintero brioso amenizan la bucólica jornada, mientras que en las ramas, que ya empiezan a florecer y a cubrirse de un tono blanquecino espectacular, jilgueros, gorriones y algún pinzán van dando forma a unos nidos que prometen nuevas vidas.
A la derecha de este árbol otro árbol, otro enorme castaño poblado también de habitantes estacionales, y al lado del segundo castaño otro castaño más, y así hasta disponer de una castañeda con forma circular cuyo perímetro se compone de veinte árboles, todos igual de blancos, todos igual de frescos, todos igual de apacibles. En el interior del círculo de castaños diez castaños más, dando forma a otro círculo, y en su interior cinco castaños que conforman el último circulo. En el centro de las tres formaciones circulares un castaño, el más bonito, el más grande, y de su copa cinco sogas que unen, uno a uno, los castaños de la circunferencia más pequeña de árboles por su copa. De cada árbol una pareja de sogas que unen dos árboles de la castañeda más grande para, con una geometría perfecta y armónica, formar un bosque de castaños conocido por aquellos territorios como La castañeda perfecta.




Bajo los rayos de un sol delicado amanece un nuevo día. El pueblo se despierta con el símil coincidente y logrado de un gallo afónico y desplumado. El humo de las chimeneas ha desaparecido por completo del cielo anaranjado que preside la estampa, las caderneras inician la nueva jornada dándole los buenos días al sol con un canto alegre, y en el interior de la casa mejor conservada de todas, los dos habitantes ocasionales se despiertan con un cálido abrazo de sinceridad. Es muy temprano para la ciudad, la hora ideal para despertarse en un bosque.
Mientras él de despereza con la tranquilidad que les regala el no tener que hacer nada, ella, después de agrupar su larga melena negra con la ayuda de una goma amarilla, calienta agua con las ascuas de la noche y prepara el desayuno: té de frutas y pan de molde untado con mantequilla y mermelada de frambuesas. Hablan entre sonrisas y arrumacos, sonríen, se hacen cosquillas hasta que él gruñe por un leve arañazo, sonríen, se acarician, el agua hierve y moja el suelo, ella prepara el té, él las tostadas, desayunan entre sonrisas y ayuno, sonríen, se besan, hacen el amor y al abrir nuevamente los ojos el sol ya preside el trono celestial, recogen sus cosas, las introducen en sus mochilas, se despiden de la casa y se van a caminar por el bosque, camino de la estación ferroviaria más cercana, que se encuentra a unos diez kilómetros, dos horas para el paso de los enamorados.


La castañeda sorprende a la pareja cuando dejan atrás el último pinar anterior a la estación. No esperaban que entre tantos pinos apareciera ante ellos un bosque de castaños tan uniformemente posicionados. La naturaleza regala espectaculares amaneceres, asombrosos paisajes y sorprendentes viajes. Ella, como siempre que encuentra algo fuera de lo común, saca la cámara de fotos y él sonríe, se tapa la cara presidida por una sonrisa bobalicona y le hace cosquillas mientras le dice que pare, que no le haga fotos, que sale siempre feo. Ella sonríe y le devuelve las cosquillas por debajo de las costillas; él se deshace de ella y corre hacia el centro de la castañeda.
El castaño central advierte la presencia de un nuevo ser en sus dominios gracias a una cuerda que está a dos centímetros del suelo y que el chico, sin querer, acciona. Sin vientos aparentes, las sogas empiezan a mover armónicamente las ramas del árbol central, que a su vez mueve las demás. El ritmo va creciendo, y en unos pocos segundos el bosque de castaños se transforma en un torbellino arbóreo que barre todo el perímetro que forman sus circunferencias.
Unos gritos nominales procedentes del exterior llaman al chico, que está tendido en el centro exacto de la castañeda. No juegues conmigo que tengo miedo, dice ella, pero él no está jugando, ahora no está jugando. Ella se adentra en el bosque y el mismo movimiento de sogas provoca el mismo torbellino en los círculos de castaños.

Bajo un techo grisáceo, el obsoleto tecnicismo se deshace de las sogas y abre una compuerta situada en el extremo norte del habitáculo. Sube unas escaleras de veinte peldaños y coge un pico, una pala, una bolsita y abre otra compuerta. El sol que invade su rostro no parece molestarle lo más mínimo en unos ojos que no parpadean. Una vista cenital del bosque nos mostraría al autómata cavando agujeros alrededor del último círculo de castaños. Cuarenta agujeros, cuarenta semillas de castaños, dos cuerpos que el autómata, con una precisión maquinaria, cuartea en cuarenta trozos para utilizarlo como abono del nuevo círculo de castaños. Ahora sólo falta esperar a que los árboles crezcan para unirlos con las sogas, pero la máquina ha estado programada para gastar la energía justa, y tiene cuerda para rato.

jueves, 18 de febrero de 2010

Ponle tú el título

Lo malo de los buenos principios suele ser que tienen un final catastrófico. Quizás por eso, al acabar nuestro cuento de hadas decidí quedarme en casa, metido en la que durante tanto tiempo fue nuestra cama y derramando esas perlitas por las que tantas veces me preguntabas al ver que estaba triste.
No podía decirte que eran las burbujas líquidas en que se transformaban los cuentos que jamás se plasmarían en papel con la ayuda de un bolígrafo negro. No quería decírtelo porque esos cuentos eran sólo para nosotros, eran los que tú escuchabas algunas noches antes de irnos a dormir, acurrucaditos, el uno pegado al otro, siameses. Después de inventar cada una de nuestras historias nos convertíamos en siameses ciclópeos besándonos dulcemente, anestesiados por las palabras, dormiditos por las imágenes, sonambulados por las caricias, las cosquillas y las risas. Siempre te gustó reírte de mí y a mí ver que lo hacías. Yo sólo quería que tú fueras feliz, costara lo que costara.
Cuando, por las noches, empezábamos los cuentos y teníamos que decidir qué nombre ponerle al protagonista de la historia, al árbol solitario del desierto, al castillo encantado, al fantasma que lo habitaba, aunque normalmente no me gustaban por mi condición de paranoico eternamente insatisfecho y perfeccionista acababa cediendo, porque el nombre que tú le ponías a las cosas era el que le pertenecía desde quién sabe cuanto tiempo.

"¿Cómo vas a ponerle a una espada Dulce metal? Es un nombre de panoli. Las espadas no son dulces, son terribles. La llamaremos Desangradora."

Yo te daba la razón bautizando al nuevo protagonista con una frase decente, y aunque no me gustara esa eternidad desgarradora que le concedías a todos los elementos de nuestros cuentos sonreía.
Tú siempre escogías uno mejor, aunque no me gustara. El hecho de que construyeras el cuento conmigo me daba fuerzas para seguir con tu mentira más tiempo. Al final decidí que todos los nombres los elegirías tú, tirando al traste la ilusión de tener una perrita llamada Poe o una niña llamada Kyoto. El nombre del niño lo tuvimos claro: a ti te gustaba y a mí me recordaba a mi escritor favorito. Ahora no es más que un relato que, cuando releo, deja escapar por mis ojos algún cuento de los que creábamos con la complicidad de la almohada, las estrellas y la luna.
Ahí sigue nuestro Lucas; ahí sigue el relato porque ese es sólo mío y conseguí, no sin pena, plasmarlo en blanco y negro, como a mí siempre me ha gustado.

Mientras la que en otros tiempos fue nuestra cama se convertía en un océano que me transformaba irremediablemente en un náufrago sin orilla ni esperanza, un gusano me iba comiendo el estómago a base de mordiscos interminables. No olvido que mi mente no controlaba mi cuerpo, no olvido que lo pasé en la soledad más triste y mísera que he sufrido en lo que llevo de existencia. Si me llamabas en medio de alguna de mis convulsiones lacrimógenas y estomacales yo estaba bien para ti, ocultando todo el dolor que sentía,  no quería que lo pasaras mal.

Eso me hizo más fuerte, aunque para ti fuerte signifique ahora prescindir de algunos sentimientos que antes te regalaba.
Esa soledad que me obligaste a escoger no es la misma que la que ahora me acompaña. No es la misma. A ésta la quiero, podríamos decir que hasta me he enamorado de ella. Eso no significa que lo que tú me diste antes de que todo terminara, lo que los dos conseguimos, no lo quiera conocer en otro nombre, en otra boca. Ese deseo sólo te lo debo a ti, por regalarme tantos momentos felices.
Ahora soy feliz en mi miseria de corazón destrozado, dolido y dañado, pero puedo serlo igual o más en otros labios, aunque para ello tenga que dejar mi soledad a un lado y eso a lo que hemos llamado, quizás engañosamente,  amistad.

Tardé tres días en salir de casa por culpa del ciempiés que ahora duerme en mis entrañas. Seguro que tú le habrías puesto alguno de tus nombres desoladores, pero ya no estabas a mi lado y quedará eternamente innominado.
Durante los días que siguieron no tenía ganas de nada y, para colmo, estaba de vacaciones. Tú te fuiste no sé dónde; tampoco me apetece recordarlo. Seguramente ese recuerdo también resbalara por mis mejillas en algún minuto de aquella cruzada contra mis sentimientos. Debía olvidarte pero tú no me dejabas, tu recuerdo no me dejaba, tu debilidad no me lo permitía; sufría por concederte una amistad que nunca fue sincera desde que lo dejamos porque nosotros seguíamos enamorados. Yo no merecía eso, no nos merecíamos eso, pues mi único defecto fue quererte tanto. Pero no me arrepiento ni de haberte amado ni de haberme mentido a mí mismo durante algún tiempo porque tú seguías necesitando mi ayuda.

¿Recuerdas el barquito chiquitito? Aún queda alguno por aquí, resto de nuestro naufragio.
Supongo que no debimos darnos otra oportunidad, pues hizo que el dolor se multiplicara al acabar nuestro cuento, el más bonito de todos seguramente, hasta que sucedió lo que tú sólo sabes.
Lo que vino después de todo, esa segunda oportunidad, no fue más que el último aliento del moribundo: un pasillo con un río de papel de aluminio que atravesaba de punta a punta nuestro pasillo, veinte o treinta barquitos de papel que surcaban aquel sueño que no llegó a buen puerto, el mismo río que, como un Guadiana casero, se colaba por debajo de la puerta de nuestra habitación para acabar llegando a la casita que hiciste aquel verano con pinzas, un puerto con tres velas semejando un faro, un sobre con dos pendientes acabados con un barquito de papel y una canción escrita sobre el río de plata con rotulador negro que bien podría haber sido mi sangre, historia ya de nuestras vidas:

"Había una vez un barquito chiquitito, había una vez un barquito chiquitito que no sabía, que no sabía, que no sabía navegar. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquel barquito, y aquel barquito, y aquel barquito navegó"

Cinco o seis semanas duró nuestra segunda oportunidad. Ahora, con el tiempo, los dos sabemos que en realidad la última palabra de la frase era "naufragó". Nunca se me dio bien eso de ser adivino.
Todas aquellas promesas de amor eterno se desvanecieron cuando tu debilidad no pudo soportar un corazón demasiado joven y caprichoso. Yo sé que nunca admitirás que te equivocaste. Yo sé que nunca admitirás que ha sido el error más grande que cometiste en tu vida, pero tampoco quiero que lo hagas porque ya no lo necesito. Si a alguien le ha ido bien todo lo que sucedió aquellos dolorosos meses de verano fue a mí.

Por eso, si tú hoy me preguntas si te quiero yo te digo que te quiero.
Por eso, si tú hoy me pides un abrazo, yo voy y en mis brazos te envuelvo.
Por eso, si tú me pides un beso, con algún barquito hasta donde estés te lo llevo.Pero no me pidas que haga cosas que ahora no quiero, porque eso que vuelves a pedirme ya ocurrió, y no con muy buen resultado, hace mucho tiempo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Como los enfermos en su enfermedad


Una materia viscosa iba adquiriendo entre sus dedos una condición circular que pretendía definitiva, vuelta más vuelta y cada vez más redonda, más círculo, más circunferencia. A medida que se convertía en bolita casi perfecta el color variaba. En un principio fue una especie de transparencia amarillenta que, con cada golpe de dedos, con cada movimiento circular digital, era levemente aplastada para, con ese gesto, transformar unos matices de un amarillo casi transparente en un marrón casi negro, digno únicamente de los buenos caratecas.
Mientras una mano experimentaba la mutabilidad de la sustancia la otra era un automatismo que sostenía un cigarrillo: ahora me lo acerco a la boca, ahora lo alejo de ella, apoyo mi brazo en el sofá y cada tres caladas la ceniza se suicida para explotar, como una supernova, al tocar el suelo. Entre diez y quince caladas tardó la masa gelatinosa en adquirir su condición esférica y oscura. Cada sorbo de humo azul se convertia, al acariciar tímidamente sus labios, en cuatro o cinco aros de humo disparados a velocidades distintas, para acabar formando algo parecido a un logotipo olímpico. En uno de esos intentos casi lo consigue, pero el cuarto círculo se alejó demasiado. Una lástima convertirse en besugo para no alcanzar el objetivo.
El olor de aquel pitillo en aquel momento del día le agradaba de tal manera que, al iniciar la calada, lo degustaba con placer orgásmico, dejando que un hilillo de humo accediera a su nariz deslizándose lentamente sobre el labio superior, proiguiendo su curso por el bigote mal afeitado, formando una cascada azul que subía desde su boca y acababa siendo absorbida por los orificios nasales: la nebulosa ahumada sobrevolaba el bosque de su introvertido mostacho. Era un truco que, desde que se lo confió su mejor amigo en una tertulia intrascendente sobre vete a saber qué tema y algo de música, se convirtió en rutina agradable, en esos rituales robóticamente monótonos.

Sus ojos miraban el cuadro mientras el brazo derecho pendía del sofá, con el pitillo ya moribundo entre los dedos. La masa esférica salió despedida formando una parábola imperceptible. Se escuchó un ruido seco parecido a un “ploc”.
-Hola papá, ya he llegado.
Desde los ojos de la hija el fumador hedónico era una momia con pijama, un ser inerte tumbado en un sofá cuyo único signo de vida perceptible desde el exterior era el provocado por el arqueo de un diafragma que aún no se había olvidado de su automatismo antimuerte, pero en la mente del hombre un sinfín de misterios se agolpaban y cabalgaban por paisajes yermos y solitarios, repletos de fantasmas con cadenas y caballos desmembrados que sangraban por los orificios nasales.
 -Papá, que ya he llegado. ¿Cuándo has acabado este cuadro?
Al oír la palabra “cuadro” la momia dio un respingo en el sofá y se incorporó deshonestamente, a juzgar por su rostro.
-Espera hija, déjame que apunte una cosa antes de que se me olvide. Ya sabes lo desmemoriado que me está volviendo el jodido pasar de los años.
-Papá... esto de aquí... ¿también es del cuadro?
En ese momento se escucharon unas llaves y, posteriormente, un abrir y cerrar de puerta.
-Hola papá, qué pasa hermanita, ya estoy aquí. No sabéis a quién he visto en la calle, hace cinco minutos.
-Papá... qué es esto de aquí, creo que no debería estar en este cuadro.
-Papá, en la calle me he encontrado a aquel amigo tuyo que te robó los cuentos que luego publicó y con los que se hizo famoso y millonario.
-!!Maldito!! !!Dónde, dónde lo has visto!! ¡¡Con quién iba, con quién iba!!
De la boca del padre una espuma blanquecina empezó a burbujear como si de un niño pequeño recién comido se tratara.
-¡¡Papá!! ¡¡Creo que lo que hay en este cuadro es un moco!! ¡¡Eres un cerdo!! ¡¡Cuántas veces te he dicho que no se juega con los mocos!! ¡¡A saber cuántos llevaré enganchados en la suela de mis zapatos... pero qué cerdo por dios.!!! Me voy a comer fuera. En esta casa no se puede vivir. Además, creo que hoy lo voy a dejar definitivamente con mi novio. Qué habré hecho yo en otra vida para merecer un destino así.

Y tal como dijo, la hermana y la hija salieron por la puerta sin dirigir la mirada al recién llegado que, al oír la penúltima frase, se quedó algo pensativo.
-¡¡¡¡Con quién iba por dios!!!!
-Pues papá, me dijo que un día de estos quiere venir a verte. Pero yo le he dicho que mejor que no, porque cuando hablabas de él usabas términos poco pacíficos y tú ya sabes que yo me mareo con la sangre.
-¡¡Pero hijo!! ¡¡Dónde estaba!! ¡¡Con quién iba, con quién iba.!!
-Con una señora cincuentona, así, de vuestra edad. ¿Y este cuadro? ¿Has visto el pedazo de moco negro que tiene? ¿También forma parte de él? Cada día estás más loco papá. Un moco en un cuadro... Lo que no entiendo es cómo aún te siguen comprando estas cosas.
En ese momento sonó el móvil del chico.
-Bueno papá, me voy, que me han llamado unos amigos para ir a cenar fuera. Se ve que hay problemillas con uno de ellos. Que se quiere suicidar o algo así. Lleva más de un mes diciéndolo.
-Tranquilo hijo. Los suicidas nunca avisan,se van, sin más.
-¿Mamá se suicidó?
-Anda hijo, lárgate si no quieres que te asesine aquí mismo.
En la soledad de una casa sin ruidos, el fumador se encendió un cigarrillo, pero esta vez sin rituales. Se levantó del sofá y se aproximó al cuadro. Retiró la masa casi negra y sonrió, lanzándola al aire de nuevo. Esta vez no se escuchó más que un leve, “clinc” y se quedó absorto mirando el cuadro. El moco había desprendido un poquito de pintura dejando un orificio pequeño que empezó a hurgar con el dedo. Cada golpe de dedo, cada movimiento digital confería al diminuto agujero una redondez que a su vez producía un placer orgásmico en el cuerpo del hombre taladro. Poco a poco el boquete se fue agrandando hasta que, de repente, el hombre abrió los ojos y vio que de cuadro no quedaba más que el marco. De su boca salió algo así como un “coño, creo que ahora sí que se te ha ido la olla”. Cogió lo que quedaba de cuadro, barrió los restos de su última obra pictórica y el moco, aquel moco que había lanzado sin saber adónde iría, se introdujo tambien en el recogedor y, momentos después, en el cubo de la basura.
En la ducha el padre no dejaba de repetir “cómo pudiste hacerle eso a tu mejor amigo, cómo pudiste cabrón” y se frotaba todas las partes del cuerpo rápidamente, como un autómata que repite sus movimientos programados. El agua descendía por su cuerpo y se llevaba la espuma que el jabón con aroma a mango esparcía sobre él. Se colocó los calzoncillos grises, el pantalón negro, la camisa azul marino, los calcetines blancos, los mocasines marrones, se peinó con los dedos los cuatro pelos locos de la cabeza, cogió la cartera, las llaves, la basura y salió de casa.
Por las escaleras el presidente de la comunidad le recordó que aún debía pagar el recibo del mes anterior.
-Sí sí, a eso iba, justo a eso iba ahora mismo, a sacar el dinero del recibo del mes anterior. En cuanto suba le llamo y le pago.
-Menos mal, porque ya estaba por denunciarle.
-Vale vale, relájese entonces, relájese que ahora vuelvo con el dinero.
A diez metros del portal de casa vio a un antiguo compañero de clase y dio media vuelta, prolongando por culpa de ese acto medio minuto más su viaje crepuscular hacia el estanco con la pestilente bolsa de basura. “Mejor perder treinta segundos rodeando la manzana que diez minutos escuchando las jilipolleces de este capullo” . Al doblar la esquina tiró la bolsa en el contenedor de plástico.
-Hola, buenos días.
-Hola. Un paquete de tabaco.
-¿El de siempre?
-Claro, si en veinte años que llevo comprando mis cigarrillos aquí no he cambiado de marca, ¿por qué debería hacerlo ahora?
-De acuerdo, de acuerdo, aquí tiene. Son dos con treinta.
-Coño. ¿Ya ha subido otra vez?
-Claro, ya ve, las cosas cambian.
Cuando el padre se diponía a hacer el mismo camino a la inversa pero sin dar la vuelta a la manzana, escuchó un estruendo seguido de un grito tremendo que provenía de la plaza en la que se reunían sus hijos con los amigos para fumar porros. Al acercarse, pudo comprobar cómo un reguero de sangre manaba de la cabeza de un chico que debería tener la misma edad que sus hijos.
-¡¡Papa, papá, lo ha hecho, se ha pegado un tiro, se ha matado, se ha matado!!!
-Bueno hijo, ya te dije que los suicidas no avisan.
-¡¡Papá!! Era mi mejor amigo!! Mi mejor amigo!! ¡¡Y sólo sabes decirme eso?
-Cuando llegues a casa te contaré un cuento. Me voy. Llamad a la policía. Adiós.
-¡¡Vete a tomar por culo loco de mierda!! ¡¡ Vete a tomar por culo!!
Mientras el padre se alejaba del lugar del suicidio el hijo se desmayó y sus amigos llamaron a la policia. Veinte minutos después aparecieron con un ruido tremendo y desalojaron la zona, adueñándose de la situación. Tomaron declaración a los presentes y vaciaron el lugar de mirones y espectadores truculentos que dirimían sobre la posibilidad de una muerte por un ajuste de cuentas.
Una materia viscosa iba adquiriendo entre sus dedos una condición circular que se pretendía definitiva, pero esta vez no la lanzó al azar, sino que la depositó en el cenicero repleto de colillas.
Se escuchó un ploc, pero esta vez era el de la puerta de casa. Era la hija que, con los ojos rojos y bañados en lágrimas, se acercó al padre.
-Papá. Mi novio se ha pegado un tiro. Mi novio se ha pegado un tiro.
Él la abrazó, la acompaño hasta su cama y le dio un valium. Mientras la hija lloraba el padre le leía el gato con botas. Treinta minutos despues se durmió.
Al dejar el libro sobre la mesita de noche se esuchó un “clinc”, pero no como el de un moco cayendo sobre un suelo de cerámica: eran unas llaves lejanas que caían al suelo. Su hijo, borracho hasta las trancas, no conseguía introducir las llaves en el paño de la puerta. Se dirigió a la entrada de casa y le abrió, terminando así con la esperpéntica situación. Al abrir, el vecino le pedía de nuevo el pago del recibo del mes anterior. Lo mandó a la mierda, metió a su hijo dentro de casa y lo sento en el sofá.
-Mira hijo. Hace unos veinte años, justo cuando nacisteis tú y tu hermana más o menos, tu madre y yo éramos una pareja de esas que la gente mira con envidia por la calle. Un día empecé a darme cuanta de que tu madre ya no hacía el amor de la misma manera, que se había convertido en una especie de robot en la cama así que, una mañana, decidí seguirla. Al despertar, vi cómo imprimía lo último que había escrito y se lo llevaba. No pensé mal porque siempre era la primera en leer todo lo mío, pero aún así mi pretensión perseguidora no desapareció. Al escuchar el “ploc” de la puerta al cerrarse me vestí rapidamente y conseguí alcanzarla visualmente al cabo de cinco minutos. Estaba con mi mejor amigo tomando un café y vi que los papeles que había impreso en casa estaban siendo leídos por él. Como comprenderás no le di la mayor importancia pues él era el segundo en leer mis cosas. Entre risas se despidieron pero, y aquí viene lo bueno, se despidieron con un efusivo abrazo y un beso en los labios que me dejó helado. Subí rápidamente a casa y me metí en la cama.
Tardé más de tres días en separerme de las sábanas, mientras tu madre sólo hacía que preguntarme qué me pasaba. Yo le decía que me quería suicidar, que lo único que quería hacer era suicidarme. Tu madre no comprendía nada. Entonces le dije que lo nuestro habia acabado y le conté lo que había visto. Ella os cogió a ti y a tu hermana y se fue. Meses despues pude sobreponerme al varapalo y la denuncié por abandono del hogar. Pero no fue eso lo que me dio como ganador en el juicio. En estos casos el hombre está muy desprotegido, pero el juez me debía un favor y ahí se solventaron las deudas. Lo que nunca pude demostrar es que los cuentos publicados por mi mejor amigo eran realmente míos, por eso te decía antes que un suicida nunca avisa antes de llevar a cabo su plan. Cuando un potencial suicida advierte de sus planes no hace más que pedir ayuda a los que le rodean. Yo sólo hacía que repetir a médicos y demás que me quería morir, que un día de esos me suicidaría, pero en el fondo yo sabía que eso jamas ocurriría, y os debo la vida a vosotros y al juez que me dio vuestra custodia.
-Papa, debej id mu bodacho pá contamme tantah tontedias guntas. Yo me voy a dommí, que llevo un pelotazo que te cagassss. Mi mejó amigo ha muedto, un tido, un tido el hijoputa, un tido en la cabesa.
Se abrazaron y, entre lágrimas, el chico se fue a dormir.
El padre se quedó solo, más solo que nunca y , sin pensárselo, abrió el balcón de casa y sí, supongo que os imaginaréis qué hizo. Cogió un cigarro, se lo encendió e, introduciéndose el dedo índice en la nariz, redondeó la masa viscosa que salió de ella para, posteriormente, lanzarla sobre la calva de un hombre que pasaba en ese justo momento por debajo de su balcón, logrando cien puntos por la diana. Al acabarse el cigarro se metió dentro de casa, se tumbó en el sofá y se evadió a mundos imaginarios que creaba para desaparecer de la triste realidad que le había tocado vivir. Y así se durmió el padre, descuartizando a caballos sangrantes, asesinando a ogros enormes y casando a princesas destronadas con caballeros de armaduras doradas y rostro angelical.

sábado, 16 de enero de 2010

Dualidad

Llegó la oscuridad, y con ella, una lágrima resbalando por su mejilla.

-¿Por qué casi nadie nos quiere, oscuridad?

Bajo un árbol, un poeta escribe versos que morirán sin ser leídos.

“Son tus ojos mi constelación preferida...”
-Porque la mayoría sólo se da cuenta de que existimos en la tristeza, lágrima.

Sobre el árbol, un pájaro carpintero repiquetea el arrugado tronco de una secuoya milenaria.

-Clac clac clac, clac clac clac.
“...En ellos me recreo y me refugio...”
-Pero oscuridad, yo he nacido también en la alegría, y tú eres la confidente perfecta de muchas cosas buenas.

A lo lejos, unos niños le preguntan a un abuelo por qué sonríe.

-¿Por qué sonríe, abuelo?
-Clac clac clac, clac clac clac.
“...cuando aparece en mi cuerpo...”
-Lo sé, lágrima. ¿Aún no conoces la dualidad del ser humano?

En la hierba del parque, una chica se despide de un chico.

-Quiero que sepas que, aunque ésta sea la última vez que nos veamos, tu nombre siempre estará en un trocito de mi corazón.
-Porque yo ya no tengo nada por lo que preocuparme, pequeño.
-clac clac clac, clac clac clac.
“...la herida del amor.”
-¿Que la mayoría de los seres humanos nacen llorando mientras los demás sonríen y mueren sonriendo mientras los demás lloran, oscuridad?

viernes, 11 de diciembre de 2009

CUT-UP

En blanco. Cinco minutos en blanco, sin banda sonora ni visual, sin más fotograma que un blanco repetido hasta la saciedad cinco minutos, allá por la mitad y nada más, ni más risas ni más saltos, ni más nota ni más nada; una cinta y a la mitad cinco minutos en blanco. En blanco.
Llegó a casa ayer tarde, sobre las siete, paquete blanco con cinta blanca, etiqueta blanca y dirección negra, la mía, con destinatario blanco y nota que poco aclara.
Lo cierto es que al poner la cinta descubrí que a la mitad de la misma había cinco minutos en blanco pero, ¿y qué? ¿ Tiene algo de especial que haya cinco minutos en blanco?
La cinta, una VHS de sesenta minutos marca Tedeká, empieza con una chica de unos siete años dando saltos sobre una colchoneta y riendo a pulmón abierto. Jijiji, jajaja, jejeje, jiji ji jijiji, y nada más. La chica se lo pasaba bien. De pronto, los cinco minutos en blanco y luego más jajaja jijiji jejeje, jiji, jeje.
Yo, a la chica, no la conozco ni la reconozco; no fue a mi clase de primaria, no jugaba conmigo a fútbol en el parque, no es la hija de algun amigo de papá que recuerde, no sé quién es.

LA NIÑA ES TU MADRE
Ahora sé que la niña de la cinta era mi madre, a la que nunca había visto. Cómo lo adiviné está entre no sé quién es. y Ahora sé que.
Vaya una mierda. Mejor hubiese sido dejarlo en blanco y empezar el día desde la ducha y no desde un relato patético. El párrafo en blanco. ¡¡¡Ooooh, qué decubrimiento campeón, qué gran hallazgo!! Acabas de redescubrir las bases de la literatura de mierda.
Hoy tenía pensado hacer lo de muchos sábados: despertarme tan temprano como pueda ser la hora en que me despierte sin despertador, tan temprano como la gata arañando mi cara y mordiéndome la nariz, sobre las seis y media de la madrugada, porque no es ni de mañana en un sábado. Pensé  la frase y con un café con leche sobrecargado de cafeína soluble me envalentoné con una idea que es una mierda, “un juego dejarlo en blanco, un gran giro que no es giro porque no está y a mí no me gustan los giros”. Sólo le falta ser un sueño para tener los tres tópicos de la literatura de mierda.

M-I-E-R-D-A

Me ducho, me afeito, me visto y me voy. Otro café, éste de los de toda la vida, en la cafetería de la esquina de toda la vida con la camarera del mes de mayo y el tren, pues cambio de ciudad por unas horas.
El tren lo paso entre La rayuela es a la vez juego y puente o pasaje, o mejor dicho es puente o pasaje en tanto juego y los sexos unidos y tibios,los brazos como guías vegetales, las manos acariciando aplicadamente un muslo, un cuello...
Ya estoy en el templo de la cultura aceptada por las masas. Me voy a la sección cine, subsección selección de la empresa. Tengo suerte, o vista, y a la primera Sumérgete en un viaje alucinante. Ya me sumergí en el cine, no me vendas miserias, deja que la película hable por sí sola Jeliza-Rose es una niña que se encuentra en una situación muy poco corriente. ¿Qué la ha traído desde Los Ángeles a una granja lejana? Basta de lecturas, que te vienen los recuerdos de toda la peli y pierdes la gracia de la segunda visión.
Qué bien. Ya podré verla con Lucía. Jeliza-Rose es como Lucía. Lucía es como Jeliza-Rose.
Vamos para arriba vía escaleras mecánicas, de esas que subes y bajas y no te duelen las rodillas, de esas que esperas al final para sacar el pie, como retando a la máquina a que te tire, como retando a la máquina a un juego de inteligencia inútil y sin gracia. Aún así siempre lo haces.

MÚSICA

A D F H K M O P

aquí debería estar pero no. No me lo creo. Preguntaremos.
-No, aún no ha salido.
-Sí sí, lo tenemos allí, si me acompañas te lo enseño. ¿Quieres alguna edición especial?
-No no, la normal, la de toda la vida, la barata, si ya lo tengo en mp3, es por frikismo.
-Pues ahí está.
-Vale gracias.
Joder. Jamás habría pensado que estarían donde siempre me ponen al de los rizos y a esa peña chunga.

16.95
Puta cultura, lo cara que va. ¿Y esto?

Setbox edición especial
62.95

Mejor esperaremos a los Reyes Magos, a ver si se estiran.
Ya llevo mi peli y mi cd. El vinilo otro día. Ahora toca libros.

-Perdona. Para saber si tenéis un libro. Es que aquí no lo veo.
-Cuál es.
-Opium de Jean Cocteau.
Pone cara de que no lo sabe. Tendrá que tirar de base de datos artificial, como me imaginaba. En el apartado de autor pone cocteau. ¿Sabrá que hay más de uno y mayúsculo?
-¿Me has dicho Cocteau?
-Sí.
Escribe Opium en el apartado título. Ha ganado un punto de confianza. Ya tiene un menos dos.
-Pues no sale.
-Vale, gracias.
Lo que yo decía. Pues nada, vamos a gastar testosterona comprando libros.
Arlt. No está. Premio. Primer intento fallido. Divertimento.Tampoco. Segundo intento fallido. Caligrammes. Tampoco. Tercer intento fallido. La tierra baldía. Tampoco. Vaya mierda de templo. Cuatro.
Me voy a Julio, que nunca falla. Han cambiado el orden. Hay menos libros de Julio. Son unos cabrones. A ver éste todavía un Goethe alcanzaba a fundir al filósofo y al poeta, ya querellados en su siglo, por obra de una avasalladora intuición untitiva; hasta Thomas Mann me lo llevo, sin duda. Además, el formato del libro es una pasada, aunque me ralla el tema de que ponga Tomo I, más que nada porque no veo el II por ningún lado. Será una de las paranoias típicas del colega.
Sigo buscando Julio. Nada que no tenga.
Lezama Lima, Paradiso. Lo cojo y releo al azar alguna página, como siempre. Demasiado tocho para la primavera. Paradiso es un libro de invierno, no de sol y flores y alergia. Lo dejo. Sigo buscando.
¡Hombre! Pero qué sorpresa, si lo tienen, aunque yo prefería USA. Aún así este me lo tengo que llevar, que me va bien para el momento místico que se avecina pero, sobre todo, porque el puto libro está plastificado. De ahí los dos pasos, ¿no? Qué bromistas estos editores.
Sigamos, que hoy el cuerpo pide letras.
¡Ohhh! Mi holandés favorito. A ver a ver qué tenemos por aquí Inigo Wintrop no ha tenido hijos porque no se ha amado lo suficiente a sí mismo y, tras el fracaso de su matrimonio y el fracaso de su suicidio bien no necesito nada más. Rebienvenido.
¡Ah! pues sí, mira, que la vida me pide cuentos Los millonarios, ya se sabe, se aburren mucho, especialmente si han heredado su fortuna y jamás han dado golpe. Ese era el caso de Henry Sugar, cuyo máximo entretenimiento consistían en bueno, mejor no sigo, que puedo desmoralizarme y quiero llevarme algo de éste.
Nada nada nada nada nada ¡ui!, ¿y esto? Averaveraver lo grotesco tiene que ver con cómo percibimos la realidad, pero dichas percepciones son en su gran mayoría psicológicas
E.T.A. Hoffman
Poe
Gogol
Galdos
Clarín
Kafka
Faulkner
Nabokov
bien, creo que me convence.
8.55

En estos casos la cultura sale barata.
Me voy ya a pagar que si no me tendré que sacar un riñón y no es plan, que me quedan muchos libros por leer, muchas películas que ver y muchos labios que besar, o besar mucho a unos mismos labios, me da igual.
Pasaremos por la sección de libros de tapa dura, no vaya a ser qué.
Arlt no, Apollinaire tampoco, y paso de seguir buscando que el chico que está haciendo inventario me ralla y yo le rallo a él. Dejaremos que trabaje con tranquilidad. ¿Y si le pregunto? No, no seré malo. Mejor iré a Julio tapa dura.
¡¡¡Pero bueno!!! Qué cabrones En este collage donde se recorre un largo y variado itinerario con la misma liviandad que empleara Phileas Fogg a ver a ver tomo II perfecto. No era un juego más. Me lo apunto para apuntarme un tanto, aunque todos sabemos que todo está inventado.
¿Y esto? Joder, no puede ser, la pasta tío, controlcontrolcontrol Más cosas hay en una bicicleta de las que imagina tu filosofía. Horacio. Información en p. 192 Tomo II qué bueno el maestro, qué bueno, joder, y encima dos tomos a ver Más cosas tiene una bicicleta no este no Veraenee como lo que usted realmente es, o en todo caso aprenda mirando a los que ya son. Para esto de las miradas, consulte p.192, Tomo II. En fin, cómo no cogerlo, cómo no pagar una miseria por tanta Literatura, por tanto juego, por tanto divertimento ajeno que revierte en mí en placer casi orgásmico.
Ahora hay que escoger la cola. Ésta está casi vacía. Sólo una chica. Tres libros. Estar embarazada uiuiuiui, no sé por qué pero me rodean las señales embarazosas.
-¿Estás embarazada?
-Si. De dos meses.
-Yo tengo un niño de tres años. Es una sensación inigualable, la mayor experiencia de mi vida.
-Sí, yo de momento lo llevo bien. Ahora quiero leer todo lo que pueda del embarazo y esa cosas.
-Sí, verás como todo irá bien. De dos meses, ¿no?
-Sí
-Qué bien. Son 34.78
- Ten, gracias.
- De nada y que te vaya todo bien.
-Gracias.
-Adiós
-Hola
-Hola
-¿Lo pongo en una bolsa?
-Vale
-Gracias
-Gracias, hasta luego.

Cojo el tren otra vez. Me siento al lado de las ventanas y abro el cd. No hay ni letras ni agradecimientos.

Silence
Hunter
Nylon Smile
The Rip
Plastic
We Carry On
Deep Water
Machine Gun
Small
Magic Doors
Threads

Genial. Abro la película. Es una edición especial dos discos. Vaya. Un documental. Algún dia con ganas de siesta me lo pongo. La carátula es chula. Me encanta Jeliza-Rose. Y Lucía.

Los libros. Uno a uno voy quitando el precio de atrás y lo engancho en la parte trasera de la contraportada, porque nunca esta de más saber cuánto valió un libro al comprarlo. El primero es el plastificado. Arranco con delicadeza el precio, me lo engancho en la chaqueta verde del buen rollo y Volvió de repente a su cuarto y se tiró en la cama con un pequeño libro de cuero en la mano. La resaca tronaba contra la barrera sabía que no iba a fallarme, tiene buena pinta. Llego a mi parada entre libros y con

if only i could see
return myself to me and recognize
the poison in my heart

Me bajo. Salgo a la calle y veo a una chica. Hace muchos años le dije una cosa en una ciudad lejana. Sólo nos dijimos una cosa, una noche, una frase de niños. Ayer la vi también esperando el tren. Dos veces en dos días, después de más de diez años. Mañana saldré a la calle otra vez, que el destino es así de mago, y leeré libros en mi parque de primavera, porque me temo que las oportunidades, como mucho, se presentan sólo dos veces. Aunque sé dónde vive, pero no es lo mismo.
Ya estoy en casa. Releo el relato que he escrito esta mañana nada más despertarme con un café con leche sobrecargado de cafeína soluble.
Vaya una mierda. Mejor hubiese sido dejarlo en blanco.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El enterrador

El enterrador es un hombre triste y solitario. Hoy, como cada día, le han traído personas que no ha pedido. Su trabajo es muy sencillo: esconder bajo tierra los restos de los que ya no viven; está cansado de tanta muerte, del hedor que desprenden los vivos cuando sin otra alternativa dejan de caminar, del olor de la tierra removida con su eterna pala de agujereador de almas de arena, llena de lágrimas de los que algún día morirán.
El enterrador porta un traje y un sombrero oscuros. Sus manos están gastadas, como los cuerpos presentes en el subsuelo de su querido cementerio. Su rostro es siniestro. Los niños le tienen miedo, los perros le ladran y las palomas se han acostumbrado a utilizar su triste y sucio sombrero a modo de diana escatológica. Si lo veis os preguntaréis por qué no lo limpia. El enterrador es un hombre rodeado de muerte, que no vive y, como tal, no le interesan ni su vida ni su aspecto, y mucho menos lo que pueda pensar de él el mundo que le rodea: sólo tiene ojos para los muertos y oídos para el sonido que le regala el mar que rompe bajo el camposanto.
El enterrador es un hombre solitario y triste y hoy, como cada día, le han traído personas que no ha pedido. Los muertos tocados aún por el aire fueron seres vivos ayer y hoy son historias, historias que él cree conocer. En su lúgubre cementerio están enterrados ilustres cuerpos como los del Gran Mago Malo Vago y la Bruja Fea y Piruja, famosos por sus mágicas fechorías. Pero hoy su rostro ha cambiado; denota un aire como de tristeza alegre: una nueva historia se ha instalado en su mundo de por muerte.
Esta es una historia que ayer era vida y hoy es un recuerdo más para aquellos que pudieron conocerla, el recuerdo de un hombre que, como todos los nacidos, tuvo sentimientos escondidos en las líneas de unas manos que nuestro desconcertado enterrador utiliza para creer que lo que allí se esconde es la realidad de las vidas.
Las manos de este nuevo inquilino reflejan una juventud exterior adivinada por su suavidad y, según el hombre triste y solitario, existen muchas posibilidades de que fuera un escritor. La mano que ayudó al corazón oscuro del enterrador a asentar su hipótesis no fue la izquierda, sino las marcas de tres dedos de su diestra.
Antes de proseguir con la investigación del velador de tumbas debo aclarar que las suposiciones que él imagina nadie se las cree, que los habitantes del pueblo en el que da rienda suelta a su desbordante imaginación no ponen objeción alguna a la locura de este triste hombre. Quizás fue esa mal llamada fama la que le aisló de la sociedad, conduciéndolo irremediablemente a las tinieblas del ostracismo más desgarrador.
Pues bien, el supuesto loco y triste hombre había localizado en estos tres dedos unas protuberancias que se asemejaban a las que poseía un venerado escritor de fama mundial que enterró dos años atrás. Hasta entonces fue lo único que pudo adivinar sobre la identidad del nuevo inquilino que, de boca del cavador de agujeros “daría inteligencia y cultura a un cementerio lleno de mierda humana en descomposición”
Estos apéndices, y en especial el índice, estaban negros. Aquel detalle dejó atónito al recompositor de vidas humanas perdidas, pero recordó que el fabricante de tintas para bolígrafos negros, que murió tres meses antes por intoxicación, estaba repleto de ese líquido que ahora redescubría en el joven escritor.
Las historias del enterrador se creaban por asociación de elementos. Yo creo en ellas, creo que pueden ser factibles, pero eso es un tema que difícilmente podremos averiguar ya que se basa en la intuición de un hombre poco cuerdo para la sociedad establecida en aquellos lares. Yo sé que este loco es muy inteligente y que el sentido común es uno de sus fuertes. Curiosamente, de pequeñito sintió que la vida no era más que un camino hacia la muerte, camino que uno debía recorrer sintiéndose bien con uno mismo. Pensó que para conseguir su meta debía aislarse del mundo, y eso fue lo que hizo. Como la vida no era para él nada más que un camino hacia la muerte y él lo que deseaba era irse de esta miserable existencia consideró que el estar en contacto continuamente con la señora de las almas desvanecidas le ayudaría a vivir bien consigo mismo, y decidió vivir aprendiendo de los muertos
Fue de este modo como encontró la relación entre casi todas las muertes allí presentes, como la de aquel hombre que ahora sabía que era escritor y murió con tinta negra en los dedos de su mano derecha.
Aún pudo averiguar más: la posición de los dedos, los ojos abiertos y sorpresivos, la boca de grito estremecedor y el hallazgo de su cuerpo en el acantilado que daba al mar con el tapón de un bolígrafo negro en la mano izquierda le indujeron a creer que aquel hombre murió al intentar coger algo que se le había caído de su mano derecha. Rápidamente, el enterrador buscó en los bolsillos del difunto un bolígrafo que después de varios minutos de búsqueda poco productiva
no encontró. El ocultador de cadáveres cogió la libreta en la que apuntaba todos sus estudios post mortem y escribió lo siguiente:

“Hoy ha llegado un nuevo amigo, una persona que aunque no me libera de mi autismo me ha hecho pensar sobre mi situación. Tengo demasiados años ya como para querer cambiar mi vida y además creo que no resultaría pues no sé vivir; si he de aprender a ello debería ser alejado de estas pestilentes tierras. Los pocos sentimientos que me llenan me los han proporcionado los habitantes de mi cementerio.
Mi primer amor, aunque suene necrofílico, fue una chica, Eruceth, que murió en oscuras circunstancias según el investigador policial. Yo sé que la mató su marido, que yace junto a ella.
"La felicidad, aunque resulte fuerte para mentes débiles, la conocí cuando llegó a mi casa de muertos el ser que asesinó a mi amada. Sé que si no la hubiera matado jamás la habría conocido, pero quizás si él hubiese muerto antes que ella yo la habría visto en el entierro de su marido, nos enamoraríamos y quién sabe, igual ahora estaría en otro lugar con la chica de mis sueños.
La tristeza me corre por las venas y ese inagotable río se alimenta de muertos. Hoy las venas han reventado. El joven escritor ha invadido con su presencia el poco espacio que quedaba en ellas y no sé qué hacer, si dejar de respirar como él después de llevar su cuerpo junto a lo que él más quería: el mar y aquel extraño bolígrafo negro.”

Lo que hizo el enterrador ya os lo podéis imaginar, pero lo que no os he dicho es que lo hizo para recuperar una vida que ahora ya no se esconde tras un traje completamente negro y un sombrero oscuro, sino tras unos ojos que ansían encontrar el misterioso bolígrafo negro ,aunque para ello tenga que pagar con una vida que para él no vale mucho más que la propia muerte.

lunes, 23 de noviembre de 2009

El prisionero


Situado en el centro inexacto de cuatro paredes descomunalmente altas un ser humano abocado a la miseria extiende sus sangrientas manos al cielo clamando libertad. Las uñas que antaño utilizaba para despellejar jóvenes ahora no son sólo carne viva y grumos de sangre, son el signo de la derrota del mal. Su cabello, antaño dorado y extremadamente largo, no es más que una maraña de olores e insectos de toda suerte, trampa humana que nuestro observado  utiliza para sobrevivir. Su cuerpo es del mismo grosor que el hilo del que pende su vida. Sus carnes oscuras por la constante ola de calor que azota en estos tiempos el planeta. Sus pies gastados y cansados.

Las cuatro paredes son negras y descomunalmente altas; el tamaño del recinto no es superior a diez metros cuadrados. En una de sus esquinas se amontona una gran cantidad de excrementos e insectos vivos y muertos que son hijos de la suciedad del ser humano. La cautividad ha convertido a nuestro hombre en un parricida, como la libertad y una mente extraña lo transformó en un asesino.

El prisionero se dirige hacia la esquina en la que suele orinar y cubre el suelo con un manto de dorado líquido. Se rasca el cuero cabelludo con la palma de su mano derecha y se arrodilla hasta que su cara se sitúa a dos milímetros aproximadamente del piso y, con la lengua, lame el líquido del que se sustenta.

Los ojos del asesino no expresan nada. Casi con total seguridad cambiaría su bebida de hoy por la sangre de aquellos que un día murieron porque este ser se cruzó en sus vidas.
El ser humano se dirige hacia la esquina donde los insectos se pelean por las defecaciones de la persona que no expresa nada con la mirada. Los insectos se nos presentan caníbales, debido quizás a los genes transmitidos por su padre el prisionero. Con un movimiento rápido de cabeza los pelos del hombre cortan el viento: siete moscardones se enredan en su cabello y agonizan. Con esmero y ansia el prisionero desenreda  sus creaciones y las engulle. Son el único alimento que puede permitirse entre aquellas paredes. Mira el suelo y divisa a dos metros de él tres cucarachas. Parece que hoy está teniendo buena suerte.

Con el estómago lleno camina hacia una de las esquinas que utiliza para dormir. Esta vez el sol le obliga a refugiarse en la que queda a la derecha de la orina. El prisionero mira el líquido un momento y camina hacia él, se detiene, dobla sus rodillas y, situando su lengua a dos milímetros aproximadamente del suelo, la impregna de aquel líquido que creó él mismo. Autosuficiente. Se levanta y se dirige a la esquina de la sombra, se tumba e intenta dormir. Un ruido llama su atención. Un ruido que llega desde atrás. Se gira y observa con estupor cómo un diminuto agujerito en la pared se va haciendo cada vez más grande. Cuando el tamaño del agujero es casi como el de sus dedo índice derecho introduce éste por aquél y deja de crecer. Lo saca del orificio y nada ocurre. Lo vuelve a mirar por si fuera producto de su imaginación y ve que sigue allí, que algo ha provocado un pequeño desprendimiento de roca. Intenta otra vez con el dedo índice de la mano derecha hacer más grande el agujero pero la pared es demasiado dura. Decide dormir.

Cuando despierta, el sol se ha escondido y la única luz que ilumina su estancia es la de la luna y las estrellas. Se levanta, orina en la esquina pertinente y defeca en la estipulada, agita su melena al viento y saborea tres moscas pequeñas y un puñado de hormigas que recoge mojando la punta del dedo pulgar derecho. Al ir a beber recuerda el agujero y descubre que su tamaño ha crecido. Busca en el interior de su cárcel al causante de aquel orificio y descubre cómo una rata de unos dos palmos está devorando sus defecaciones con insectos incluidos. Se sienta en la esquina que había usado de cama y la observa detenidamente. Después de ensimismarse durante unas dos horas el prisionero decide engordar al animal y comérselo. Pero una luz le vino a la mente en forma de gran idea: domesticará a la rata y la obligará a hacer el agujero cada vez más grande, hasta conseguir que su cuerpo pueda pasar por él.

Ha pasado un mes desde que los prisioneros son dos. La rata mide tres palmos más y el ser humano pesa diez kilos menos, pues se ha alimentado de de una mosca y una cucaracha cad día. La rata comió todo lo que quiso y, además, las ansias del asesino por salir de aquel infierno hicieron que cada día le diera de comer a su compañera una pequeña parte de su cuerpo, a cambio de que hiciera el agujero de entrada de la rata y de salida de los dos un poco más grande.
Ahora se podía ver a través de él lo que afuera se les presentaría: arena fina. El asesino de vírgenes piensa que está en medio de un desierto y cree que lo mejor sería alimentar mucho más a la rata y, a lomos del roedor, atravesar la extensión abominable que le rodeaba.
Dos meses más tarde el asesino tiene dos pies sin dedos, dos manos sin dedos índices ni corazón, una cabeza sin orejas y diez kilos menos. El ser humano se ha alimentado de los excrementos de la rata y de su orina. La rata mide casi un metro de altura y el agujero es lo suficientemente grande como para que por él salgan los dos.

Los dos están fuera y atraviesan una décima parte del desierto bajo un sol aterrador. La rata tiene hambre y el antiguo prisionero no tiene nada que ofrecerle. Le da de comer su mano izquierda y le deja que chupe la herida hasta que el líquido carmesí deja de brotar. Le dice que pare pero la rata tiene más hambre. Entonces le da de comer su pie izquierdo, pues piensa que es el precio de la libertad y no le importa. La rata se come el pie izquierdo y muerde con fuerza hasta la rodilla del hombre que grita y pide que pare. La rata continúa y el siguiente mordisco le llega hasta la ingle izquierda. El ser humano suplica con las pocas fuerzas que le quedan que se detenga pero el animal se come de un mordisco la pierna derecha, y cuando acaba se come su brazo derecho, y luego el izquierdo, y cuando acaba se come la cabeza del hombre que hace unos minutos ha muerto suplicando clemencia .