Bajo un techo grisáceo, el a priori obsoleto tecnicismo se desarrolla en unos aposentos desconocidos para el resto del universo. A simple vista, sus ojos dorados se esconden tras unos pequeños anteojos de un negro desgastado, superpuestos estos, asimismo, a unas gafas de un negro carbónico. Entre sus labios, la colilla fría de un cigarro apagado desafía la ley de la gravedad, quedándose unida, como las ramas muertas a un árbol viejo, a la boquilla envuelta en papel de arroz que hace que todo sea menos grave. Sus labios están cortados debido a la humedad de aquel habitáculo, una humedad de condiciones climatológicas favorables para que aquella parte de rostro, antaño fresca y deseosa, no sea ahora más que dos gordos gusanos moviéndose lenta y automáticamente sobre una superficie deteriorada. Su nariz es larga y puntiaguda, no aguileña, más bien de buitre carroñero. Pende de su orificio nasal derecho un hilillo aceitoso que resbala con suavidad antes de pacer en un lugar proclive para su descanso eterno. Sus orejas son redondas y casi perpendiculares al cráneo, lo que le confiere a su cabeza el aspecto de tronco joven del que sobresalen, como si un otoño humano fuera, dos setas que anhelan ser observadas. Su frente es tan lisa como el corte eléctrico de un tronco seco; sobre ella se enrosca una boina marrón con una inscripción, oculta bajo el polvo allí amontonado: no cabe duda que hace muchos años por allí no se acerca alguien con el empuje suficiente para limpiar las inclemencias del paso del tiempo.
El cuello de aquel ser lo invisibiliza una bufanda de cuadros escoceses verdes y rojos; a juzgar por las vueltas que ésta da sobre aquél puede ser de dimensiones considerables. Su tronco está cubierto, como no podía ser de otra manera, por un guardapolvo gris marengo, abotonado hasta el último de sus ojales. De las mangas del abrigo se dibujan levemente dos delicadas manos, resguardadas del frío por una pareja de guantes de color verde abeto que sostienen, entre los dedos pulgar e índice de cada mano, dos sogas que se extienden por la habitación hasta perderse más allá del techo grisáceo.
Su cuerpo descansa gracias a un taburete de cuatro patas y al asiento redondo que provoca, en su extremidad inferior izquierda, una oscilación pendular con forma de pierna humana; la parte derecha de sus extremidades inferiores aprieta rítmicamente, en su base, un pedal de metal, produciendo, con cada golpe, un tintineo que invade toda la estancia. De su espalda sobresalen, a su vez, tres sogas más que se extienden por la habitación pero en dirección opuesta a aquéllas que sostienen ambas manos enguantadas, hasta desaparecer por la parte superior de la estancia.
Bajo un cielo despejado, los árboles sólo se mueven, al igual que las escasas pero pomposas nubes, por el cambio de velocidad repentino del viento, sereno como siempre a aquellas horas del día, refrescante como siempre en aquella estación del año. Un manto heterogéneo de hierbas y hierbajos empiezan a cubrir el bosque a la vez que las primeras flores amarillas dan la bienvenida a un renacimiento deseado después de tanto frío; los mosquitos pululan por el aire con la advertencia de un picor poco llevadero si se da el caso de no caer en gracia, y en la base de ese árbol una familia de conejos enseñan su nervioso hocico por una oscura madriguera. En la parte central del tronco, los primeros repiqueteos de un carpintero brioso amenizan la bucólica jornada, mientras que en las ramas, que ya empiezan a florecer y a cubrirse de un tono blanquecino espectacular, jilgueros, gorriones y algún pinzán van dando forma a unos nidos que prometen nuevas vidas.
A la derecha de este árbol otro árbol, otro enorme castaño poblado también de habitantes estacionales, y al lado del segundo castaño otro castaño más, y así hasta disponer de una castañeda con forma circular cuyo perímetro se compone de veinte árboles, todos igual de blancos, todos igual de frescos, todos igual de apacibles. En el interior del círculo de castaños diez castaños más, dando forma a otro círculo, y en su interior cinco castaños que conforman el último circulo. En el centro de las tres formaciones circulares un castaño, el más bonito, el más grande, y de su copa cinco sogas que unen, uno a uno, los castaños de la circunferencia más pequeña de árboles por su copa. De cada árbol una pareja de sogas que unen dos árboles de la castañeda más grande para, con una geometría perfecta y armónica, formar un bosque de castaños conocido por aquellos territorios como La castañeda perfecta.
Bajo los rayos de un sol delicado amanece un nuevo día. El pueblo se despierta con el símil coincidente y logrado de un gallo afónico y desplumado. El humo de las chimeneas ha desaparecido por completo del cielo anaranjado que preside la estampa, las caderneras inician la nueva jornada dándole los buenos días al sol con un canto alegre, y en el interior de la casa mejor conservada de todas, los dos habitantes ocasionales se despiertan con un cálido abrazo de sinceridad. Es muy temprano para la ciudad, la hora ideal para despertarse en un bosque.
Mientras él de despereza con la tranquilidad que les regala el no tener que hacer nada, ella, después de agrupar su larga melena negra con la ayuda de una goma amarilla, calienta agua con las ascuas de la noche y prepara el desayuno: té de frutas y pan de molde untado con mantequilla y mermelada de frambuesas. Hablan entre sonrisas y arrumacos, sonríen, se hacen cosquillas hasta que él gruñe por un leve arañazo, sonríen, se acarician, el agua hierve y moja el suelo, ella prepara el té, él las tostadas, desayunan entre sonrisas y ayuno, sonríen, se besan, hacen el amor y al abrir nuevamente los ojos el sol ya preside el trono celestial, recogen sus cosas, las introducen en sus mochilas, se despiden de la casa y se van a caminar por el bosque, camino de la estación ferroviaria más cercana, que se encuentra a unos diez kilómetros, dos horas para el paso de los enamorados.
La castañeda sorprende a la pareja cuando dejan atrás el último pinar anterior a la estación. No esperaban que entre tantos pinos apareciera ante ellos un bosque de castaños tan uniformemente posicionados. La naturaleza regala espectaculares amaneceres, asombrosos paisajes y sorprendentes viajes. Ella, como siempre que encuentra algo fuera de lo común, saca la cámara de fotos y él sonríe, se tapa la cara presidida por una sonrisa bobalicona y le hace cosquillas mientras le dice que pare, que no le haga fotos, que sale siempre feo. Ella sonríe y le devuelve las cosquillas por debajo de las costillas; él se deshace de ella y corre hacia el centro de la castañeda.
El castaño central advierte la presencia de un nuevo ser en sus dominios gracias a una cuerda que está a dos centímetros del suelo y que el chico, sin querer, acciona. Sin vientos aparentes, las sogas empiezan a mover armónicamente las ramas del árbol central, que a su vez mueve las demás. El ritmo va creciendo, y en unos pocos segundos el bosque de castaños se transforma en un torbellino arbóreo que barre todo el perímetro que forman sus circunferencias.
Unos gritos nominales procedentes del exterior llaman al chico, que está tendido en el centro exacto de la castañeda. No juegues conmigo que tengo miedo, dice ella, pero él no está jugando, ahora no está jugando. Ella se adentra en el bosque y el mismo movimiento de sogas provoca el mismo torbellino en los círculos de castaños.
Bajo un techo grisáceo, el obsoleto tecnicismo se deshace de las sogas y abre una compuerta situada en el extremo norte del habitáculo. Sube unas escaleras de veinte peldaños y coge un pico, una pala, una bolsita y abre otra compuerta. El sol que invade su rostro no parece molestarle lo más mínimo en unos ojos que no parpadean. Una vista cenital del bosque nos mostraría al autómata cavando agujeros alrededor del último círculo de castaños. Cuarenta agujeros, cuarenta semillas de castaños, dos cuerpos que el autómata, con una precisión maquinaria, cuartea en cuarenta trozos para utilizarlo como abono del nuevo círculo de castaños. Ahora sólo falta esperar a que los árboles crezcan para unirlos con las sogas, pero la máquina ha estado programada para gastar la energía justa, y tiene cuerda para rato.