domingo, 2 de mayo de 2010

La castañeda perfecta

Bajo un techo grisáceo, el a priori obsoleto tecnicismo se desarrolla en unos aposentos desconocidos para el resto del universo. A simple vista, sus ojos dorados se esconden tras unos pequeños anteojos de un negro desgastado, superpuestos estos, asimismo, a unas gafas de un negro carbónico. Entre sus labios, la colilla fría de un cigarro apagado desafía la ley de la gravedad, quedándose unida, como las ramas muertas a un árbol viejo, a la boquilla envuelta en papel de arroz que hace que todo sea menos grave. Sus labios están cortados debido a la humedad de aquel habitáculo, una humedad de condiciones climatológicas favorables para que aquella parte de rostro, antaño fresca y deseosa, no sea ahora más que dos gordos gusanos moviéndose lenta y automáticamente sobre una superficie deteriorada. Su nariz es larga y puntiaguda, no aguileña, más bien de buitre carroñero. Pende de su orificio nasal derecho un hilillo aceitoso que resbala con suavidad antes de pacer en un lugar proclive para su descanso eterno. Sus orejas son redondas y casi perpendiculares al cráneo, lo que le confiere a su cabeza el aspecto de tronco joven del que sobresalen, como si un otoño humano fuera, dos setas que anhelan ser observadas. Su frente es tan lisa como el corte eléctrico de un tronco seco; sobre ella se enrosca una boina marrón con una inscripción, oculta bajo el polvo allí amontonado: no cabe duda que hace muchos años por allí no se acerca alguien con el empuje suficiente para limpiar las inclemencias del paso del tiempo.
El cuello de aquel ser lo invisibiliza una bufanda de cuadros escoceses verdes y rojos; a juzgar por las vueltas que ésta da sobre aquél puede ser de dimensiones considerables. Su tronco está cubierto, como no podía ser de otra manera, por un guardapolvo gris marengo, abotonado hasta el último de sus ojales. De las mangas del abrigo se dibujan levemente dos delicadas manos, resguardadas del frío por una pareja de guantes de color verde abeto que sostienen, entre los dedos pulgar e índice de cada mano, dos sogas que se extienden por la habitación hasta perderse más allá del techo grisáceo.
Su cuerpo descansa gracias a un taburete de cuatro patas y al asiento redondo que provoca, en su extremidad inferior izquierda, una oscilación pendular con forma de pierna humana; la parte derecha de sus  extremidades inferiores aprieta rítmicamente, en su base, un pedal de metal, produciendo, con cada golpe, un tintineo que invade toda la estancia. De su espalda sobresalen, a su vez, tres sogas más que se extienden por la habitación pero en dirección opuesta a aquéllas que sostienen ambas manos enguantadas, hasta desaparecer por la parte superior de la estancia.


Bajo un cielo despejado, los árboles sólo se mueven, al igual que las escasas pero pomposas nubes, por el cambio de velocidad repentino del viento, sereno como siempre a aquellas horas del día, refrescante como siempre en aquella estación del año. Un manto heterogéneo de hierbas y hierbajos empiezan a cubrir el bosque a la vez que las primeras flores amarillas dan la bienvenida a un renacimiento deseado después de tanto frío; los mosquitos pululan por el aire con la advertencia de un picor poco llevadero si se da el caso de no caer en gracia, y en la base de ese árbol una familia de conejos enseñan su nervioso hocico por una oscura madriguera. En la parte central del tronco, los primeros repiqueteos de un carpintero brioso amenizan la bucólica jornada, mientras que en las ramas, que ya empiezan a florecer y a cubrirse de un tono blanquecino espectacular, jilgueros, gorriones y algún pinzán van dando forma a unos nidos que prometen nuevas vidas.
A la derecha de este árbol otro árbol, otro enorme castaño poblado también de habitantes estacionales, y al lado del segundo castaño otro castaño más, y así hasta disponer de una castañeda con forma circular cuyo perímetro se compone de veinte árboles, todos igual de blancos, todos igual de frescos, todos igual de apacibles. En el interior del círculo de castaños diez castaños más, dando forma a otro círculo, y en su interior cinco castaños que conforman el último circulo. En el centro de las tres formaciones circulares un castaño, el más bonito, el más grande, y de su copa cinco sogas que unen, uno a uno, los castaños de la circunferencia más pequeña de árboles por su copa. De cada árbol una pareja de sogas que unen dos árboles de la castañeda más grande para, con una geometría perfecta y armónica, formar un bosque de castaños conocido por aquellos territorios como La castañeda perfecta.




Bajo los rayos de un sol delicado amanece un nuevo día. El pueblo se despierta con el símil coincidente y logrado de un gallo afónico y desplumado. El humo de las chimeneas ha desaparecido por completo del cielo anaranjado que preside la estampa, las caderneras inician la nueva jornada dándole los buenos días al sol con un canto alegre, y en el interior de la casa mejor conservada de todas, los dos habitantes ocasionales se despiertan con un cálido abrazo de sinceridad. Es muy temprano para la ciudad, la hora ideal para despertarse en un bosque.
Mientras él de despereza con la tranquilidad que les regala el no tener que hacer nada, ella, después de agrupar su larga melena negra con la ayuda de una goma amarilla, calienta agua con las ascuas de la noche y prepara el desayuno: té de frutas y pan de molde untado con mantequilla y mermelada de frambuesas. Hablan entre sonrisas y arrumacos, sonríen, se hacen cosquillas hasta que él gruñe por un leve arañazo, sonríen, se acarician, el agua hierve y moja el suelo, ella prepara el té, él las tostadas, desayunan entre sonrisas y ayuno, sonríen, se besan, hacen el amor y al abrir nuevamente los ojos el sol ya preside el trono celestial, recogen sus cosas, las introducen en sus mochilas, se despiden de la casa y se van a caminar por el bosque, camino de la estación ferroviaria más cercana, que se encuentra a unos diez kilómetros, dos horas para el paso de los enamorados.


La castañeda sorprende a la pareja cuando dejan atrás el último pinar anterior a la estación. No esperaban que entre tantos pinos apareciera ante ellos un bosque de castaños tan uniformemente posicionados. La naturaleza regala espectaculares amaneceres, asombrosos paisajes y sorprendentes viajes. Ella, como siempre que encuentra algo fuera de lo común, saca la cámara de fotos y él sonríe, se tapa la cara presidida por una sonrisa bobalicona y le hace cosquillas mientras le dice que pare, que no le haga fotos, que sale siempre feo. Ella sonríe y le devuelve las cosquillas por debajo de las costillas; él se deshace de ella y corre hacia el centro de la castañeda.
El castaño central advierte la presencia de un nuevo ser en sus dominios gracias a una cuerda que está a dos centímetros del suelo y que el chico, sin querer, acciona. Sin vientos aparentes, las sogas empiezan a mover armónicamente las ramas del árbol central, que a su vez mueve las demás. El ritmo va creciendo, y en unos pocos segundos el bosque de castaños se transforma en un torbellino arbóreo que barre todo el perímetro que forman sus circunferencias.
Unos gritos nominales procedentes del exterior llaman al chico, que está tendido en el centro exacto de la castañeda. No juegues conmigo que tengo miedo, dice ella, pero él no está jugando, ahora no está jugando. Ella se adentra en el bosque y el mismo movimiento de sogas provoca el mismo torbellino en los círculos de castaños.

Bajo un techo grisáceo, el obsoleto tecnicismo se deshace de las sogas y abre una compuerta situada en el extremo norte del habitáculo. Sube unas escaleras de veinte peldaños y coge un pico, una pala, una bolsita y abre otra compuerta. El sol que invade su rostro no parece molestarle lo más mínimo en unos ojos que no parpadean. Una vista cenital del bosque nos mostraría al autómata cavando agujeros alrededor del último círculo de castaños. Cuarenta agujeros, cuarenta semillas de castaños, dos cuerpos que el autómata, con una precisión maquinaria, cuartea en cuarenta trozos para utilizarlo como abono del nuevo círculo de castaños. Ahora sólo falta esperar a que los árboles crezcan para unirlos con las sogas, pero la máquina ha estado programada para gastar la energía justa, y tiene cuerda para rato.

jueves, 18 de febrero de 2010

Ponle tú el título

Lo malo de los buenos principios suele ser que tienen un final catastrófico. Quizás por eso, al acabar nuestro cuento de hadas decidí quedarme en casa, metido en la que durante tanto tiempo fue nuestra cama y derramando esas perlitas por las que tantas veces me preguntabas al ver que estaba triste.
No podía decirte que eran las burbujas líquidas en que se transformaban los cuentos que jamás se plasmarían en papel con la ayuda de un bolígrafo negro. No quería decírtelo porque esos cuentos eran sólo para nosotros, eran los que tú escuchabas algunas noches antes de irnos a dormir, acurrucaditos, el uno pegado al otro, siameses. Después de inventar cada una de nuestras historias nos convertíamos en siameses ciclópeos besándonos dulcemente, anestesiados por las palabras, dormiditos por las imágenes, sonambulados por las caricias, las cosquillas y las risas. Siempre te gustó reírte de mí y a mí ver que lo hacías. Yo sólo quería que tú fueras feliz, costara lo que costara.
Cuando, por las noches, empezábamos los cuentos y teníamos que decidir qué nombre ponerle al protagonista de la historia, al árbol solitario del desierto, al castillo encantado, al fantasma que lo habitaba, aunque normalmente no me gustaban por mi condición de paranoico eternamente insatisfecho y perfeccionista acababa cediendo, porque el nombre que tú le ponías a las cosas era el que le pertenecía desde quién sabe cuanto tiempo.

"¿Cómo vas a ponerle a una espada Dulce metal? Es un nombre de panoli. Las espadas no son dulces, son terribles. La llamaremos Desangradora."

Yo te daba la razón bautizando al nuevo protagonista con una frase decente, y aunque no me gustara esa eternidad desgarradora que le concedías a todos los elementos de nuestros cuentos sonreía.
Tú siempre escogías uno mejor, aunque no me gustara. El hecho de que construyeras el cuento conmigo me daba fuerzas para seguir con tu mentira más tiempo. Al final decidí que todos los nombres los elegirías tú, tirando al traste la ilusión de tener una perrita llamada Poe o una niña llamada Kyoto. El nombre del niño lo tuvimos claro: a ti te gustaba y a mí me recordaba a mi escritor favorito. Ahora no es más que un relato que, cuando releo, deja escapar por mis ojos algún cuento de los que creábamos con la complicidad de la almohada, las estrellas y la luna.
Ahí sigue nuestro Lucas; ahí sigue el relato porque ese es sólo mío y conseguí, no sin pena, plasmarlo en blanco y negro, como a mí siempre me ha gustado.

Mientras la que en otros tiempos fue nuestra cama se convertía en un océano que me transformaba irremediablemente en un náufrago sin orilla ni esperanza, un gusano me iba comiendo el estómago a base de mordiscos interminables. No olvido que mi mente no controlaba mi cuerpo, no olvido que lo pasé en la soledad más triste y mísera que he sufrido en lo que llevo de existencia. Si me llamabas en medio de alguna de mis convulsiones lacrimógenas y estomacales yo estaba bien para ti, ocultando todo el dolor que sentía,  no quería que lo pasaras mal.

Eso me hizo más fuerte, aunque para ti fuerte signifique ahora prescindir de algunos sentimientos que antes te regalaba.
Esa soledad que me obligaste a escoger no es la misma que la que ahora me acompaña. No es la misma. A ésta la quiero, podríamos decir que hasta me he enamorado de ella. Eso no significa que lo que tú me diste antes de que todo terminara, lo que los dos conseguimos, no lo quiera conocer en otro nombre, en otra boca. Ese deseo sólo te lo debo a ti, por regalarme tantos momentos felices.
Ahora soy feliz en mi miseria de corazón destrozado, dolido y dañado, pero puedo serlo igual o más en otros labios, aunque para ello tenga que dejar mi soledad a un lado y eso a lo que hemos llamado, quizás engañosamente,  amistad.

Tardé tres días en salir de casa por culpa del ciempiés que ahora duerme en mis entrañas. Seguro que tú le habrías puesto alguno de tus nombres desoladores, pero ya no estabas a mi lado y quedará eternamente innominado.
Durante los días que siguieron no tenía ganas de nada y, para colmo, estaba de vacaciones. Tú te fuiste no sé dónde; tampoco me apetece recordarlo. Seguramente ese recuerdo también resbalara por mis mejillas en algún minuto de aquella cruzada contra mis sentimientos. Debía olvidarte pero tú no me dejabas, tu recuerdo no me dejaba, tu debilidad no me lo permitía; sufría por concederte una amistad que nunca fue sincera desde que lo dejamos porque nosotros seguíamos enamorados. Yo no merecía eso, no nos merecíamos eso, pues mi único defecto fue quererte tanto. Pero no me arrepiento ni de haberte amado ni de haberme mentido a mí mismo durante algún tiempo porque tú seguías necesitando mi ayuda.

¿Recuerdas el barquito chiquitito? Aún queda alguno por aquí, resto de nuestro naufragio.
Supongo que no debimos darnos otra oportunidad, pues hizo que el dolor se multiplicara al acabar nuestro cuento, el más bonito de todos seguramente, hasta que sucedió lo que tú sólo sabes.
Lo que vino después de todo, esa segunda oportunidad, no fue más que el último aliento del moribundo: un pasillo con un río de papel de aluminio que atravesaba de punta a punta nuestro pasillo, veinte o treinta barquitos de papel que surcaban aquel sueño que no llegó a buen puerto, el mismo río que, como un Guadiana casero, se colaba por debajo de la puerta de nuestra habitación para acabar llegando a la casita que hiciste aquel verano con pinzas, un puerto con tres velas semejando un faro, un sobre con dos pendientes acabados con un barquito de papel y una canción escrita sobre el río de plata con rotulador negro que bien podría haber sido mi sangre, historia ya de nuestras vidas:

"Había una vez un barquito chiquitito, había una vez un barquito chiquitito que no sabía, que no sabía, que no sabía navegar. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquel barquito, y aquel barquito, y aquel barquito navegó"

Cinco o seis semanas duró nuestra segunda oportunidad. Ahora, con el tiempo, los dos sabemos que en realidad la última palabra de la frase era "naufragó". Nunca se me dio bien eso de ser adivino.
Todas aquellas promesas de amor eterno se desvanecieron cuando tu debilidad no pudo soportar un corazón demasiado joven y caprichoso. Yo sé que nunca admitirás que te equivocaste. Yo sé que nunca admitirás que ha sido el error más grande que cometiste en tu vida, pero tampoco quiero que lo hagas porque ya no lo necesito. Si a alguien le ha ido bien todo lo que sucedió aquellos dolorosos meses de verano fue a mí.

Por eso, si tú hoy me preguntas si te quiero yo te digo que te quiero.
Por eso, si tú hoy me pides un abrazo, yo voy y en mis brazos te envuelvo.
Por eso, si tú me pides un beso, con algún barquito hasta donde estés te lo llevo.Pero no me pidas que haga cosas que ahora no quiero, porque eso que vuelves a pedirme ya ocurrió, y no con muy buen resultado, hace mucho tiempo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Como los enfermos en su enfermedad


Una materia viscosa iba adquiriendo entre sus dedos una condición circular que pretendía definitiva, vuelta más vuelta y cada vez más redonda, más círculo, más circunferencia. A medida que se convertía en bolita casi perfecta el color variaba. En un principio fue una especie de transparencia amarillenta que, con cada golpe de dedos, con cada movimiento circular digital, era levemente aplastada para, con ese gesto, transformar unos matices de un amarillo casi transparente en un marrón casi negro, digno únicamente de los buenos caratecas.
Mientras una mano experimentaba la mutabilidad de la sustancia la otra era un automatismo que sostenía un cigarrillo: ahora me lo acerco a la boca, ahora lo alejo de ella, apoyo mi brazo en el sofá y cada tres caladas la ceniza se suicida para explotar, como una supernova, al tocar el suelo. Entre diez y quince caladas tardó la masa gelatinosa en adquirir su condición esférica y oscura. Cada sorbo de humo azul se convertia, al acariciar tímidamente sus labios, en cuatro o cinco aros de humo disparados a velocidades distintas, para acabar formando algo parecido a un logotipo olímpico. En uno de esos intentos casi lo consigue, pero el cuarto círculo se alejó demasiado. Una lástima convertirse en besugo para no alcanzar el objetivo.
El olor de aquel pitillo en aquel momento del día le agradaba de tal manera que, al iniciar la calada, lo degustaba con placer orgásmico, dejando que un hilillo de humo accediera a su nariz deslizándose lentamente sobre el labio superior, proiguiendo su curso por el bigote mal afeitado, formando una cascada azul que subía desde su boca y acababa siendo absorbida por los orificios nasales: la nebulosa ahumada sobrevolaba el bosque de su introvertido mostacho. Era un truco que, desde que se lo confió su mejor amigo en una tertulia intrascendente sobre vete a saber qué tema y algo de música, se convirtió en rutina agradable, en esos rituales robóticamente monótonos.

Sus ojos miraban el cuadro mientras el brazo derecho pendía del sofá, con el pitillo ya moribundo entre los dedos. La masa esférica salió despedida formando una parábola imperceptible. Se escuchó un ruido seco parecido a un “ploc”.
-Hola papá, ya he llegado.
Desde los ojos de la hija el fumador hedónico era una momia con pijama, un ser inerte tumbado en un sofá cuyo único signo de vida perceptible desde el exterior era el provocado por el arqueo de un diafragma que aún no se había olvidado de su automatismo antimuerte, pero en la mente del hombre un sinfín de misterios se agolpaban y cabalgaban por paisajes yermos y solitarios, repletos de fantasmas con cadenas y caballos desmembrados que sangraban por los orificios nasales.
 -Papá, que ya he llegado. ¿Cuándo has acabado este cuadro?
Al oír la palabra “cuadro” la momia dio un respingo en el sofá y se incorporó deshonestamente, a juzgar por su rostro.
-Espera hija, déjame que apunte una cosa antes de que se me olvide. Ya sabes lo desmemoriado que me está volviendo el jodido pasar de los años.
-Papá... esto de aquí... ¿también es del cuadro?
En ese momento se escucharon unas llaves y, posteriormente, un abrir y cerrar de puerta.
-Hola papá, qué pasa hermanita, ya estoy aquí. No sabéis a quién he visto en la calle, hace cinco minutos.
-Papá... qué es esto de aquí, creo que no debería estar en este cuadro.
-Papá, en la calle me he encontrado a aquel amigo tuyo que te robó los cuentos que luego publicó y con los que se hizo famoso y millonario.
-!!Maldito!! !!Dónde, dónde lo has visto!! ¡¡Con quién iba, con quién iba!!
De la boca del padre una espuma blanquecina empezó a burbujear como si de un niño pequeño recién comido se tratara.
-¡¡Papá!! ¡¡Creo que lo que hay en este cuadro es un moco!! ¡¡Eres un cerdo!! ¡¡Cuántas veces te he dicho que no se juega con los mocos!! ¡¡A saber cuántos llevaré enganchados en la suela de mis zapatos... pero qué cerdo por dios.!!! Me voy a comer fuera. En esta casa no se puede vivir. Además, creo que hoy lo voy a dejar definitivamente con mi novio. Qué habré hecho yo en otra vida para merecer un destino así.

Y tal como dijo, la hermana y la hija salieron por la puerta sin dirigir la mirada al recién llegado que, al oír la penúltima frase, se quedó algo pensativo.
-¡¡¡¡Con quién iba por dios!!!!
-Pues papá, me dijo que un día de estos quiere venir a verte. Pero yo le he dicho que mejor que no, porque cuando hablabas de él usabas términos poco pacíficos y tú ya sabes que yo me mareo con la sangre.
-¡¡Pero hijo!! ¡¡Dónde estaba!! ¡¡Con quién iba, con quién iba.!!
-Con una señora cincuentona, así, de vuestra edad. ¿Y este cuadro? ¿Has visto el pedazo de moco negro que tiene? ¿También forma parte de él? Cada día estás más loco papá. Un moco en un cuadro... Lo que no entiendo es cómo aún te siguen comprando estas cosas.
En ese momento sonó el móvil del chico.
-Bueno papá, me voy, que me han llamado unos amigos para ir a cenar fuera. Se ve que hay problemillas con uno de ellos. Que se quiere suicidar o algo así. Lleva más de un mes diciéndolo.
-Tranquilo hijo. Los suicidas nunca avisan,se van, sin más.
-¿Mamá se suicidó?
-Anda hijo, lárgate si no quieres que te asesine aquí mismo.
En la soledad de una casa sin ruidos, el fumador se encendió un cigarrillo, pero esta vez sin rituales. Se levantó del sofá y se aproximó al cuadro. Retiró la masa casi negra y sonrió, lanzándola al aire de nuevo. Esta vez no se escuchó más que un leve, “clinc” y se quedó absorto mirando el cuadro. El moco había desprendido un poquito de pintura dejando un orificio pequeño que empezó a hurgar con el dedo. Cada golpe de dedo, cada movimiento digital confería al diminuto agujero una redondez que a su vez producía un placer orgásmico en el cuerpo del hombre taladro. Poco a poco el boquete se fue agrandando hasta que, de repente, el hombre abrió los ojos y vio que de cuadro no quedaba más que el marco. De su boca salió algo así como un “coño, creo que ahora sí que se te ha ido la olla”. Cogió lo que quedaba de cuadro, barrió los restos de su última obra pictórica y el moco, aquel moco que había lanzado sin saber adónde iría, se introdujo tambien en el recogedor y, momentos después, en el cubo de la basura.
En la ducha el padre no dejaba de repetir “cómo pudiste hacerle eso a tu mejor amigo, cómo pudiste cabrón” y se frotaba todas las partes del cuerpo rápidamente, como un autómata que repite sus movimientos programados. El agua descendía por su cuerpo y se llevaba la espuma que el jabón con aroma a mango esparcía sobre él. Se colocó los calzoncillos grises, el pantalón negro, la camisa azul marino, los calcetines blancos, los mocasines marrones, se peinó con los dedos los cuatro pelos locos de la cabeza, cogió la cartera, las llaves, la basura y salió de casa.
Por las escaleras el presidente de la comunidad le recordó que aún debía pagar el recibo del mes anterior.
-Sí sí, a eso iba, justo a eso iba ahora mismo, a sacar el dinero del recibo del mes anterior. En cuanto suba le llamo y le pago.
-Menos mal, porque ya estaba por denunciarle.
-Vale vale, relájese entonces, relájese que ahora vuelvo con el dinero.
A diez metros del portal de casa vio a un antiguo compañero de clase y dio media vuelta, prolongando por culpa de ese acto medio minuto más su viaje crepuscular hacia el estanco con la pestilente bolsa de basura. “Mejor perder treinta segundos rodeando la manzana que diez minutos escuchando las jilipolleces de este capullo” . Al doblar la esquina tiró la bolsa en el contenedor de plástico.
-Hola, buenos días.
-Hola. Un paquete de tabaco.
-¿El de siempre?
-Claro, si en veinte años que llevo comprando mis cigarrillos aquí no he cambiado de marca, ¿por qué debería hacerlo ahora?
-De acuerdo, de acuerdo, aquí tiene. Son dos con treinta.
-Coño. ¿Ya ha subido otra vez?
-Claro, ya ve, las cosas cambian.
Cuando el padre se diponía a hacer el mismo camino a la inversa pero sin dar la vuelta a la manzana, escuchó un estruendo seguido de un grito tremendo que provenía de la plaza en la que se reunían sus hijos con los amigos para fumar porros. Al acercarse, pudo comprobar cómo un reguero de sangre manaba de la cabeza de un chico que debería tener la misma edad que sus hijos.
-¡¡Papa, papá, lo ha hecho, se ha pegado un tiro, se ha matado, se ha matado!!!
-Bueno hijo, ya te dije que los suicidas no avisan.
-¡¡Papá!! Era mi mejor amigo!! Mi mejor amigo!! ¡¡Y sólo sabes decirme eso?
-Cuando llegues a casa te contaré un cuento. Me voy. Llamad a la policía. Adiós.
-¡¡Vete a tomar por culo loco de mierda!! ¡¡ Vete a tomar por culo!!
Mientras el padre se alejaba del lugar del suicidio el hijo se desmayó y sus amigos llamaron a la policia. Veinte minutos después aparecieron con un ruido tremendo y desalojaron la zona, adueñándose de la situación. Tomaron declaración a los presentes y vaciaron el lugar de mirones y espectadores truculentos que dirimían sobre la posibilidad de una muerte por un ajuste de cuentas.
Una materia viscosa iba adquiriendo entre sus dedos una condición circular que se pretendía definitiva, pero esta vez no la lanzó al azar, sino que la depositó en el cenicero repleto de colillas.
Se escuchó un ploc, pero esta vez era el de la puerta de casa. Era la hija que, con los ojos rojos y bañados en lágrimas, se acercó al padre.
-Papá. Mi novio se ha pegado un tiro. Mi novio se ha pegado un tiro.
Él la abrazó, la acompaño hasta su cama y le dio un valium. Mientras la hija lloraba el padre le leía el gato con botas. Treinta minutos despues se durmió.
Al dejar el libro sobre la mesita de noche se esuchó un “clinc”, pero no como el de un moco cayendo sobre un suelo de cerámica: eran unas llaves lejanas que caían al suelo. Su hijo, borracho hasta las trancas, no conseguía introducir las llaves en el paño de la puerta. Se dirigió a la entrada de casa y le abrió, terminando así con la esperpéntica situación. Al abrir, el vecino le pedía de nuevo el pago del recibo del mes anterior. Lo mandó a la mierda, metió a su hijo dentro de casa y lo sento en el sofá.
-Mira hijo. Hace unos veinte años, justo cuando nacisteis tú y tu hermana más o menos, tu madre y yo éramos una pareja de esas que la gente mira con envidia por la calle. Un día empecé a darme cuanta de que tu madre ya no hacía el amor de la misma manera, que se había convertido en una especie de robot en la cama así que, una mañana, decidí seguirla. Al despertar, vi cómo imprimía lo último que había escrito y se lo llevaba. No pensé mal porque siempre era la primera en leer todo lo mío, pero aún así mi pretensión perseguidora no desapareció. Al escuchar el “ploc” de la puerta al cerrarse me vestí rapidamente y conseguí alcanzarla visualmente al cabo de cinco minutos. Estaba con mi mejor amigo tomando un café y vi que los papeles que había impreso en casa estaban siendo leídos por él. Como comprenderás no le di la mayor importancia pues él era el segundo en leer mis cosas. Entre risas se despidieron pero, y aquí viene lo bueno, se despidieron con un efusivo abrazo y un beso en los labios que me dejó helado. Subí rápidamente a casa y me metí en la cama.
Tardé más de tres días en separerme de las sábanas, mientras tu madre sólo hacía que preguntarme qué me pasaba. Yo le decía que me quería suicidar, que lo único que quería hacer era suicidarme. Tu madre no comprendía nada. Entonces le dije que lo nuestro habia acabado y le conté lo que había visto. Ella os cogió a ti y a tu hermana y se fue. Meses despues pude sobreponerme al varapalo y la denuncié por abandono del hogar. Pero no fue eso lo que me dio como ganador en el juicio. En estos casos el hombre está muy desprotegido, pero el juez me debía un favor y ahí se solventaron las deudas. Lo que nunca pude demostrar es que los cuentos publicados por mi mejor amigo eran realmente míos, por eso te decía antes que un suicida nunca avisa antes de llevar a cabo su plan. Cuando un potencial suicida advierte de sus planes no hace más que pedir ayuda a los que le rodean. Yo sólo hacía que repetir a médicos y demás que me quería morir, que un día de esos me suicidaría, pero en el fondo yo sabía que eso jamas ocurriría, y os debo la vida a vosotros y al juez que me dio vuestra custodia.
-Papa, debej id mu bodacho pá contamme tantah tontedias guntas. Yo me voy a dommí, que llevo un pelotazo que te cagassss. Mi mejó amigo ha muedto, un tido, un tido el hijoputa, un tido en la cabesa.
Se abrazaron y, entre lágrimas, el chico se fue a dormir.
El padre se quedó solo, más solo que nunca y , sin pensárselo, abrió el balcón de casa y sí, supongo que os imaginaréis qué hizo. Cogió un cigarro, se lo encendió e, introduciéndose el dedo índice en la nariz, redondeó la masa viscosa que salió de ella para, posteriormente, lanzarla sobre la calva de un hombre que pasaba en ese justo momento por debajo de su balcón, logrando cien puntos por la diana. Al acabarse el cigarro se metió dentro de casa, se tumbó en el sofá y se evadió a mundos imaginarios que creaba para desaparecer de la triste realidad que le había tocado vivir. Y así se durmió el padre, descuartizando a caballos sangrantes, asesinando a ogros enormes y casando a princesas destronadas con caballeros de armaduras doradas y rostro angelical.

sábado, 16 de enero de 2010

Dualidad

Llegó la oscuridad, y con ella, una lágrima resbalando por su mejilla.

-¿Por qué casi nadie nos quiere, oscuridad?

Bajo un árbol, un poeta escribe versos que morirán sin ser leídos.

“Son tus ojos mi constelación preferida...”
-Porque la mayoría sólo se da cuenta de que existimos en la tristeza, lágrima.

Sobre el árbol, un pájaro carpintero repiquetea el arrugado tronco de una secuoya milenaria.

-Clac clac clac, clac clac clac.
“...En ellos me recreo y me refugio...”
-Pero oscuridad, yo he nacido también en la alegría, y tú eres la confidente perfecta de muchas cosas buenas.

A lo lejos, unos niños le preguntan a un abuelo por qué sonríe.

-¿Por qué sonríe, abuelo?
-Clac clac clac, clac clac clac.
“...cuando aparece en mi cuerpo...”
-Lo sé, lágrima. ¿Aún no conoces la dualidad del ser humano?

En la hierba del parque, una chica se despide de un chico.

-Quiero que sepas que, aunque ésta sea la última vez que nos veamos, tu nombre siempre estará en un trocito de mi corazón.
-Porque yo ya no tengo nada por lo que preocuparme, pequeño.
-clac clac clac, clac clac clac.
“...la herida del amor.”
-¿Que la mayoría de los seres humanos nacen llorando mientras los demás sonríen y mueren sonriendo mientras los demás lloran, oscuridad?