viernes, 5 de febrero de 2010

Como los enfermos en su enfermedad


Una materia viscosa iba adquiriendo entre sus dedos una condición circular que pretendía definitiva, vuelta más vuelta y cada vez más redonda, más círculo, más circunferencia. A medida que se convertía en bolita casi perfecta el color variaba. En un principio fue una especie de transparencia amarillenta que, con cada golpe de dedos, con cada movimiento circular digital, era levemente aplastada para, con ese gesto, transformar unos matices de un amarillo casi transparente en un marrón casi negro, digno únicamente de los buenos caratecas.
Mientras una mano experimentaba la mutabilidad de la sustancia la otra era un automatismo que sostenía un cigarrillo: ahora me lo acerco a la boca, ahora lo alejo de ella, apoyo mi brazo en el sofá y cada tres caladas la ceniza se suicida para explotar, como una supernova, al tocar el suelo. Entre diez y quince caladas tardó la masa gelatinosa en adquirir su condición esférica y oscura. Cada sorbo de humo azul se convertia, al acariciar tímidamente sus labios, en cuatro o cinco aros de humo disparados a velocidades distintas, para acabar formando algo parecido a un logotipo olímpico. En uno de esos intentos casi lo consigue, pero el cuarto círculo se alejó demasiado. Una lástima convertirse en besugo para no alcanzar el objetivo.
El olor de aquel pitillo en aquel momento del día le agradaba de tal manera que, al iniciar la calada, lo degustaba con placer orgásmico, dejando que un hilillo de humo accediera a su nariz deslizándose lentamente sobre el labio superior, proiguiendo su curso por el bigote mal afeitado, formando una cascada azul que subía desde su boca y acababa siendo absorbida por los orificios nasales: la nebulosa ahumada sobrevolaba el bosque de su introvertido mostacho. Era un truco que, desde que se lo confió su mejor amigo en una tertulia intrascendente sobre vete a saber qué tema y algo de música, se convirtió en rutina agradable, en esos rituales robóticamente monótonos.

Sus ojos miraban el cuadro mientras el brazo derecho pendía del sofá, con el pitillo ya moribundo entre los dedos. La masa esférica salió despedida formando una parábola imperceptible. Se escuchó un ruido seco parecido a un “ploc”.
-Hola papá, ya he llegado.
Desde los ojos de la hija el fumador hedónico era una momia con pijama, un ser inerte tumbado en un sofá cuyo único signo de vida perceptible desde el exterior era el provocado por el arqueo de un diafragma que aún no se había olvidado de su automatismo antimuerte, pero en la mente del hombre un sinfín de misterios se agolpaban y cabalgaban por paisajes yermos y solitarios, repletos de fantasmas con cadenas y caballos desmembrados que sangraban por los orificios nasales.
 -Papá, que ya he llegado. ¿Cuándo has acabado este cuadro?
Al oír la palabra “cuadro” la momia dio un respingo en el sofá y se incorporó deshonestamente, a juzgar por su rostro.
-Espera hija, déjame que apunte una cosa antes de que se me olvide. Ya sabes lo desmemoriado que me está volviendo el jodido pasar de los años.
-Papá... esto de aquí... ¿también es del cuadro?
En ese momento se escucharon unas llaves y, posteriormente, un abrir y cerrar de puerta.
-Hola papá, qué pasa hermanita, ya estoy aquí. No sabéis a quién he visto en la calle, hace cinco minutos.
-Papá... qué es esto de aquí, creo que no debería estar en este cuadro.
-Papá, en la calle me he encontrado a aquel amigo tuyo que te robó los cuentos que luego publicó y con los que se hizo famoso y millonario.
-!!Maldito!! !!Dónde, dónde lo has visto!! ¡¡Con quién iba, con quién iba!!
De la boca del padre una espuma blanquecina empezó a burbujear como si de un niño pequeño recién comido se tratara.
-¡¡Papá!! ¡¡Creo que lo que hay en este cuadro es un moco!! ¡¡Eres un cerdo!! ¡¡Cuántas veces te he dicho que no se juega con los mocos!! ¡¡A saber cuántos llevaré enganchados en la suela de mis zapatos... pero qué cerdo por dios.!!! Me voy a comer fuera. En esta casa no se puede vivir. Además, creo que hoy lo voy a dejar definitivamente con mi novio. Qué habré hecho yo en otra vida para merecer un destino así.

Y tal como dijo, la hermana y la hija salieron por la puerta sin dirigir la mirada al recién llegado que, al oír la penúltima frase, se quedó algo pensativo.
-¡¡¡¡Con quién iba por dios!!!!
-Pues papá, me dijo que un día de estos quiere venir a verte. Pero yo le he dicho que mejor que no, porque cuando hablabas de él usabas términos poco pacíficos y tú ya sabes que yo me mareo con la sangre.
-¡¡Pero hijo!! ¡¡Dónde estaba!! ¡¡Con quién iba, con quién iba.!!
-Con una señora cincuentona, así, de vuestra edad. ¿Y este cuadro? ¿Has visto el pedazo de moco negro que tiene? ¿También forma parte de él? Cada día estás más loco papá. Un moco en un cuadro... Lo que no entiendo es cómo aún te siguen comprando estas cosas.
En ese momento sonó el móvil del chico.
-Bueno papá, me voy, que me han llamado unos amigos para ir a cenar fuera. Se ve que hay problemillas con uno de ellos. Que se quiere suicidar o algo así. Lleva más de un mes diciéndolo.
-Tranquilo hijo. Los suicidas nunca avisan,se van, sin más.
-¿Mamá se suicidó?
-Anda hijo, lárgate si no quieres que te asesine aquí mismo.
En la soledad de una casa sin ruidos, el fumador se encendió un cigarrillo, pero esta vez sin rituales. Se levantó del sofá y se aproximó al cuadro. Retiró la masa casi negra y sonrió, lanzándola al aire de nuevo. Esta vez no se escuchó más que un leve, “clinc” y se quedó absorto mirando el cuadro. El moco había desprendido un poquito de pintura dejando un orificio pequeño que empezó a hurgar con el dedo. Cada golpe de dedo, cada movimiento digital confería al diminuto agujero una redondez que a su vez producía un placer orgásmico en el cuerpo del hombre taladro. Poco a poco el boquete se fue agrandando hasta que, de repente, el hombre abrió los ojos y vio que de cuadro no quedaba más que el marco. De su boca salió algo así como un “coño, creo que ahora sí que se te ha ido la olla”. Cogió lo que quedaba de cuadro, barrió los restos de su última obra pictórica y el moco, aquel moco que había lanzado sin saber adónde iría, se introdujo tambien en el recogedor y, momentos después, en el cubo de la basura.
En la ducha el padre no dejaba de repetir “cómo pudiste hacerle eso a tu mejor amigo, cómo pudiste cabrón” y se frotaba todas las partes del cuerpo rápidamente, como un autómata que repite sus movimientos programados. El agua descendía por su cuerpo y se llevaba la espuma que el jabón con aroma a mango esparcía sobre él. Se colocó los calzoncillos grises, el pantalón negro, la camisa azul marino, los calcetines blancos, los mocasines marrones, se peinó con los dedos los cuatro pelos locos de la cabeza, cogió la cartera, las llaves, la basura y salió de casa.
Por las escaleras el presidente de la comunidad le recordó que aún debía pagar el recibo del mes anterior.
-Sí sí, a eso iba, justo a eso iba ahora mismo, a sacar el dinero del recibo del mes anterior. En cuanto suba le llamo y le pago.
-Menos mal, porque ya estaba por denunciarle.
-Vale vale, relájese entonces, relájese que ahora vuelvo con el dinero.
A diez metros del portal de casa vio a un antiguo compañero de clase y dio media vuelta, prolongando por culpa de ese acto medio minuto más su viaje crepuscular hacia el estanco con la pestilente bolsa de basura. “Mejor perder treinta segundos rodeando la manzana que diez minutos escuchando las jilipolleces de este capullo” . Al doblar la esquina tiró la bolsa en el contenedor de plástico.
-Hola, buenos días.
-Hola. Un paquete de tabaco.
-¿El de siempre?
-Claro, si en veinte años que llevo comprando mis cigarrillos aquí no he cambiado de marca, ¿por qué debería hacerlo ahora?
-De acuerdo, de acuerdo, aquí tiene. Son dos con treinta.
-Coño. ¿Ya ha subido otra vez?
-Claro, ya ve, las cosas cambian.
Cuando el padre se diponía a hacer el mismo camino a la inversa pero sin dar la vuelta a la manzana, escuchó un estruendo seguido de un grito tremendo que provenía de la plaza en la que se reunían sus hijos con los amigos para fumar porros. Al acercarse, pudo comprobar cómo un reguero de sangre manaba de la cabeza de un chico que debería tener la misma edad que sus hijos.
-¡¡Papa, papá, lo ha hecho, se ha pegado un tiro, se ha matado, se ha matado!!!
-Bueno hijo, ya te dije que los suicidas no avisan.
-¡¡Papá!! Era mi mejor amigo!! Mi mejor amigo!! ¡¡Y sólo sabes decirme eso?
-Cuando llegues a casa te contaré un cuento. Me voy. Llamad a la policía. Adiós.
-¡¡Vete a tomar por culo loco de mierda!! ¡¡ Vete a tomar por culo!!
Mientras el padre se alejaba del lugar del suicidio el hijo se desmayó y sus amigos llamaron a la policia. Veinte minutos después aparecieron con un ruido tremendo y desalojaron la zona, adueñándose de la situación. Tomaron declaración a los presentes y vaciaron el lugar de mirones y espectadores truculentos que dirimían sobre la posibilidad de una muerte por un ajuste de cuentas.
Una materia viscosa iba adquiriendo entre sus dedos una condición circular que se pretendía definitiva, pero esta vez no la lanzó al azar, sino que la depositó en el cenicero repleto de colillas.
Se escuchó un ploc, pero esta vez era el de la puerta de casa. Era la hija que, con los ojos rojos y bañados en lágrimas, se acercó al padre.
-Papá. Mi novio se ha pegado un tiro. Mi novio se ha pegado un tiro.
Él la abrazó, la acompaño hasta su cama y le dio un valium. Mientras la hija lloraba el padre le leía el gato con botas. Treinta minutos despues se durmió.
Al dejar el libro sobre la mesita de noche se esuchó un “clinc”, pero no como el de un moco cayendo sobre un suelo de cerámica: eran unas llaves lejanas que caían al suelo. Su hijo, borracho hasta las trancas, no conseguía introducir las llaves en el paño de la puerta. Se dirigió a la entrada de casa y le abrió, terminando así con la esperpéntica situación. Al abrir, el vecino le pedía de nuevo el pago del recibo del mes anterior. Lo mandó a la mierda, metió a su hijo dentro de casa y lo sento en el sofá.
-Mira hijo. Hace unos veinte años, justo cuando nacisteis tú y tu hermana más o menos, tu madre y yo éramos una pareja de esas que la gente mira con envidia por la calle. Un día empecé a darme cuanta de que tu madre ya no hacía el amor de la misma manera, que se había convertido en una especie de robot en la cama así que, una mañana, decidí seguirla. Al despertar, vi cómo imprimía lo último que había escrito y se lo llevaba. No pensé mal porque siempre era la primera en leer todo lo mío, pero aún así mi pretensión perseguidora no desapareció. Al escuchar el “ploc” de la puerta al cerrarse me vestí rapidamente y conseguí alcanzarla visualmente al cabo de cinco minutos. Estaba con mi mejor amigo tomando un café y vi que los papeles que había impreso en casa estaban siendo leídos por él. Como comprenderás no le di la mayor importancia pues él era el segundo en leer mis cosas. Entre risas se despidieron pero, y aquí viene lo bueno, se despidieron con un efusivo abrazo y un beso en los labios que me dejó helado. Subí rápidamente a casa y me metí en la cama.
Tardé más de tres días en separerme de las sábanas, mientras tu madre sólo hacía que preguntarme qué me pasaba. Yo le decía que me quería suicidar, que lo único que quería hacer era suicidarme. Tu madre no comprendía nada. Entonces le dije que lo nuestro habia acabado y le conté lo que había visto. Ella os cogió a ti y a tu hermana y se fue. Meses despues pude sobreponerme al varapalo y la denuncié por abandono del hogar. Pero no fue eso lo que me dio como ganador en el juicio. En estos casos el hombre está muy desprotegido, pero el juez me debía un favor y ahí se solventaron las deudas. Lo que nunca pude demostrar es que los cuentos publicados por mi mejor amigo eran realmente míos, por eso te decía antes que un suicida nunca avisa antes de llevar a cabo su plan. Cuando un potencial suicida advierte de sus planes no hace más que pedir ayuda a los que le rodean. Yo sólo hacía que repetir a médicos y demás que me quería morir, que un día de esos me suicidaría, pero en el fondo yo sabía que eso jamas ocurriría, y os debo la vida a vosotros y al juez que me dio vuestra custodia.
-Papa, debej id mu bodacho pá contamme tantah tontedias guntas. Yo me voy a dommí, que llevo un pelotazo que te cagassss. Mi mejó amigo ha muedto, un tido, un tido el hijoputa, un tido en la cabesa.
Se abrazaron y, entre lágrimas, el chico se fue a dormir.
El padre se quedó solo, más solo que nunca y , sin pensárselo, abrió el balcón de casa y sí, supongo que os imaginaréis qué hizo. Cogió un cigarro, se lo encendió e, introduciéndose el dedo índice en la nariz, redondeó la masa viscosa que salió de ella para, posteriormente, lanzarla sobre la calva de un hombre que pasaba en ese justo momento por debajo de su balcón, logrando cien puntos por la diana. Al acabarse el cigarro se metió dentro de casa, se tumbó en el sofá y se evadió a mundos imaginarios que creaba para desaparecer de la triste realidad que le había tocado vivir. Y así se durmió el padre, descuartizando a caballos sangrantes, asesinando a ogros enormes y casando a princesas destronadas con caballeros de armaduras doradas y rostro angelical.