jueves, 18 de febrero de 2010

Ponle tú el título

Lo malo de los buenos principios suele ser que tienen un final catastrófico. Quizás por eso, al acabar nuestro cuento de hadas decidí quedarme en casa, metido en la que durante tanto tiempo fue nuestra cama y derramando esas perlitas por las que tantas veces me preguntabas al ver que estaba triste.
No podía decirte que eran las burbujas líquidas en que se transformaban los cuentos que jamás se plasmarían en papel con la ayuda de un bolígrafo negro. No quería decírtelo porque esos cuentos eran sólo para nosotros, eran los que tú escuchabas algunas noches antes de irnos a dormir, acurrucaditos, el uno pegado al otro, siameses. Después de inventar cada una de nuestras historias nos convertíamos en siameses ciclópeos besándonos dulcemente, anestesiados por las palabras, dormiditos por las imágenes, sonambulados por las caricias, las cosquillas y las risas. Siempre te gustó reírte de mí y a mí ver que lo hacías. Yo sólo quería que tú fueras feliz, costara lo que costara.
Cuando, por las noches, empezábamos los cuentos y teníamos que decidir qué nombre ponerle al protagonista de la historia, al árbol solitario del desierto, al castillo encantado, al fantasma que lo habitaba, aunque normalmente no me gustaban por mi condición de paranoico eternamente insatisfecho y perfeccionista acababa cediendo, porque el nombre que tú le ponías a las cosas era el que le pertenecía desde quién sabe cuanto tiempo.

"¿Cómo vas a ponerle a una espada Dulce metal? Es un nombre de panoli. Las espadas no son dulces, son terribles. La llamaremos Desangradora."

Yo te daba la razón bautizando al nuevo protagonista con una frase decente, y aunque no me gustara esa eternidad desgarradora que le concedías a todos los elementos de nuestros cuentos sonreía.
Tú siempre escogías uno mejor, aunque no me gustara. El hecho de que construyeras el cuento conmigo me daba fuerzas para seguir con tu mentira más tiempo. Al final decidí que todos los nombres los elegirías tú, tirando al traste la ilusión de tener una perrita llamada Poe o una niña llamada Kyoto. El nombre del niño lo tuvimos claro: a ti te gustaba y a mí me recordaba a mi escritor favorito. Ahora no es más que un relato que, cuando releo, deja escapar por mis ojos algún cuento de los que creábamos con la complicidad de la almohada, las estrellas y la luna.
Ahí sigue nuestro Lucas; ahí sigue el relato porque ese es sólo mío y conseguí, no sin pena, plasmarlo en blanco y negro, como a mí siempre me ha gustado.

Mientras la que en otros tiempos fue nuestra cama se convertía en un océano que me transformaba irremediablemente en un náufrago sin orilla ni esperanza, un gusano me iba comiendo el estómago a base de mordiscos interminables. No olvido que mi mente no controlaba mi cuerpo, no olvido que lo pasé en la soledad más triste y mísera que he sufrido en lo que llevo de existencia. Si me llamabas en medio de alguna de mis convulsiones lacrimógenas y estomacales yo estaba bien para ti, ocultando todo el dolor que sentía,  no quería que lo pasaras mal.

Eso me hizo más fuerte, aunque para ti fuerte signifique ahora prescindir de algunos sentimientos que antes te regalaba.
Esa soledad que me obligaste a escoger no es la misma que la que ahora me acompaña. No es la misma. A ésta la quiero, podríamos decir que hasta me he enamorado de ella. Eso no significa que lo que tú me diste antes de que todo terminara, lo que los dos conseguimos, no lo quiera conocer en otro nombre, en otra boca. Ese deseo sólo te lo debo a ti, por regalarme tantos momentos felices.
Ahora soy feliz en mi miseria de corazón destrozado, dolido y dañado, pero puedo serlo igual o más en otros labios, aunque para ello tenga que dejar mi soledad a un lado y eso a lo que hemos llamado, quizás engañosamente,  amistad.

Tardé tres días en salir de casa por culpa del ciempiés que ahora duerme en mis entrañas. Seguro que tú le habrías puesto alguno de tus nombres desoladores, pero ya no estabas a mi lado y quedará eternamente innominado.
Durante los días que siguieron no tenía ganas de nada y, para colmo, estaba de vacaciones. Tú te fuiste no sé dónde; tampoco me apetece recordarlo. Seguramente ese recuerdo también resbalara por mis mejillas en algún minuto de aquella cruzada contra mis sentimientos. Debía olvidarte pero tú no me dejabas, tu recuerdo no me dejaba, tu debilidad no me lo permitía; sufría por concederte una amistad que nunca fue sincera desde que lo dejamos porque nosotros seguíamos enamorados. Yo no merecía eso, no nos merecíamos eso, pues mi único defecto fue quererte tanto. Pero no me arrepiento ni de haberte amado ni de haberme mentido a mí mismo durante algún tiempo porque tú seguías necesitando mi ayuda.

¿Recuerdas el barquito chiquitito? Aún queda alguno por aquí, resto de nuestro naufragio.
Supongo que no debimos darnos otra oportunidad, pues hizo que el dolor se multiplicara al acabar nuestro cuento, el más bonito de todos seguramente, hasta que sucedió lo que tú sólo sabes.
Lo que vino después de todo, esa segunda oportunidad, no fue más que el último aliento del moribundo: un pasillo con un río de papel de aluminio que atravesaba de punta a punta nuestro pasillo, veinte o treinta barquitos de papel que surcaban aquel sueño que no llegó a buen puerto, el mismo río que, como un Guadiana casero, se colaba por debajo de la puerta de nuestra habitación para acabar llegando a la casita que hiciste aquel verano con pinzas, un puerto con tres velas semejando un faro, un sobre con dos pendientes acabados con un barquito de papel y una canción escrita sobre el río de plata con rotulador negro que bien podría haber sido mi sangre, historia ya de nuestras vidas:

"Había una vez un barquito chiquitito, había una vez un barquito chiquitito que no sabía, que no sabía, que no sabía navegar. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquel barquito, y aquel barquito, y aquel barquito navegó"

Cinco o seis semanas duró nuestra segunda oportunidad. Ahora, con el tiempo, los dos sabemos que en realidad la última palabra de la frase era "naufragó". Nunca se me dio bien eso de ser adivino.
Todas aquellas promesas de amor eterno se desvanecieron cuando tu debilidad no pudo soportar un corazón demasiado joven y caprichoso. Yo sé que nunca admitirás que te equivocaste. Yo sé que nunca admitirás que ha sido el error más grande que cometiste en tu vida, pero tampoco quiero que lo hagas porque ya no lo necesito. Si a alguien le ha ido bien todo lo que sucedió aquellos dolorosos meses de verano fue a mí.

Por eso, si tú hoy me preguntas si te quiero yo te digo que te quiero.
Por eso, si tú hoy me pides un abrazo, yo voy y en mis brazos te envuelvo.
Por eso, si tú me pides un beso, con algún barquito hasta donde estés te lo llevo.Pero no me pidas que haga cosas que ahora no quiero, porque eso que vuelves a pedirme ya ocurrió, y no con muy buen resultado, hace mucho tiempo.