jueves, 29 de octubre de 2009

La noche de los libros quemados


El tintineo de las gotas de lluvia en las ventanas del salón relajábanla de tal manera que se evadía a mundos jamás antes pensados, a mundos jamás antes soñados. Decidió proseguir con aquella lectura gratamente encontrada en un banco hacía casi un año. Mientras leía, desmenuzaba y memorizaba cada una de sus frases en una cabecita de labios delicados y apetecibles y hermoso mentón.

Cientos de calabazas con rostro humano y sonrisa zigzagueante flanqueaban el camino serpenteante mientras temblaban de miedo al ver semejante belleza acercándose a ellos, aún distante. Dos hablaban.

-No será...
-No. Ni tan siquiera es. Posiblemente fuera en algún tiempo, pero no, no será ni, en estos momentos, puede decirse que es.

Era la noche de los libros quemados. La puerta de entrada al recinto en el que se daría lugar el festín estaba resguardada por la imagen de dos cuervos.

-Nunca más.- Decía uno mirando al otro.
-Nada más.- Decía el otro mirando al uno.

En el interior, una mesa enorme repleta de exquisitos manjares daría la bienvenida a los afortunados: ayer, recibieron la invitación para la fiesta anual.

Fuera del castillo, desde la puerta, o hasta la puerta, depende de si se viene o si se va, un camino que serpentea y en el que se divisa una chica. En el borde del camino, cientos de calabazas con rostro humano y sonrisa zigzagueante. Y dos susurran:

-No será...

-No. Ni tan siquiera es. Posiblemente fuera en algún tiempo, pero no, no será ni, en estos momentos, puede decirse que es.

La chica avanza con un libro entre las manos. Pesa. Su rostro es bello, no puede ser de otra manera, y su caminar es lento y también pesado. Llega a la puerta y se encuentra con la imagen de dos cuervos :

-Nunca más.- Dice uno.

-Nada más.- Dice el otro.

La chica deposita el libro en una mesita que se encuentra flanqueando el lado derecho de la gran puerta dorada. Desaparecen. La chica dice:

-¡Oh!

Y se tapa los labios delicados y apetecibles con la mano derecha.

Se abre la puerta. La chica dice:

-¡Ah!

Y se acaricia el hermoso mentón con la mano que antes tapaba sus labios.

Al entrar, un estruendo celestial ilumina todos los rincones de aquella lúgubre estancia. Empieza a llover.
En el interior, una enorme mesa repleta de exquisitos manjares da la bienvenida a los afortunados. Ayer, recibieron la invitación para la fiesta anual.
La chica avanza y se dirige a la hoguera que acabará con el libro que la tuvo entretenida durante el último año.
Y piensa.

-No puedo permitir que el libro se queme.

Observa a todos los afortunados: ayer, ellos también recibieron la invitación. Todos piensan lo mismo:

-No puedo permitir que el libro se queme.

Las gotas de lluvia tintinean en los ventanales de la mansión

Un rayo zigzagueante atraviesa, serpentenate, la estancia.
Aún así ,todos parecen sonrientes, ocultando la congoja que les invade.
¡Silencio! Prestad atención. Parece que llega el anfitrión. Es el señor de la casa. Un respeto. Se dispone a hablar.

-Bienvenidos, seres afortunados. Como cada año, este día que termina os ha elegido para gloria de los venideros. De vosotros depende el futuro de nuestro mundo. Y de vuestros libros...

De la boca de todos los allí presentes:

-¡Oh!

-...Pero no os asustéis: la eternidad os aguarda...

De la boca de todos los allí presentes:

-¡Ah!

-...Y ahora, la ceremonia.

La ceremonia fue como todas las ceremonias: música, baile, risas, palmas, sonrisas, palmas, cansancio, palmas, bostezos, palmas, bostezos, bostezos, bostezos. Por fin, el fin.
De nuevo el anfitrión:

-Demos un fuerte aplauso a músicos y bailarines... Y que empiece el juego. Las instrucciones están en el sobre que está dentro del sobre que recibisteis ayer y que reza: "No abrir"

Todos, en ese momento, con un nerviosismo desesperante, lo abrieron.


1.-Sitúate en cualquier lugar cerca de la hoguera. Siente el calor de sus brasas.

2.- Piensa en el título del libro que has decidido quemar.

3.-Escoge una frase.

4.-Repítela hasta la saciedad.

A la tercera repetición, todos los allí presentes se convirtieron en calabazas.

El anfitrión colocó su oído sobre la boca zigzagueante de cada una de ellas y escogío a dos. Se dirigió a la puerta de su mansión.

-"Que los cuervos calabazas sean y que estas calabazas en cuervos se conviertan.”
Nuestra lectora, que seguía desmenuzando en su cabecita de labios delicados y apetecibles y hermoso mentón el contenido de aquel libro profirió un tímido “¡Oh!”, y advirtió que la tapita de su buzón se cerraba violentamente.

-¡Ah!


martes, 27 de octubre de 2009

Brainstorm o la hiperbólica creación de un cuento

"Érase una vez" es la típica, tópica y hasta depresiva fórmula utilizada para empezar un cuento. Hasta ahí, bien, ¿no? Pero falta algo. ¿Alguien me lo puede decir? Muy bien. Falta "infantil", "cuento infantil". La utilización de esta frase, que suena a desgastada por el tiempo, roza la historia literaria, el asentamiento cultural, y a mí, particularmente, no me agrada recurrir al pasado remoto ni al sedentarismo creativo para hilvanar un cuento, ni tan siquiera "infantil". No esperéis aquí eso. No esperéis nada lógico y formal ni al fin ni al cabo, pues mi forma de escribir y de pensar ni es lógica ni formal, y menos si llueve desde esta cabeza.
. Bueno. Tal vez empezar un cuento con un "" sea demasiado rotundo, aunque quién sabe el verdadero significado de la rotundidad en tal caso, en el caso que nos ocupa mejor, o mejor aún, el que debiera ocuparnos en estos momentos. Quién puede saber sobre tantas cosas, quién quiere saber sobre tantas cosas. Un "Quizás mejor" o mejor un "Quizás", quién sabe, quien quiere saber tantas cosas que se repiten con otros nombres y otras formas. Después de todo nada es lo que creemos o lo que queremos que sea realmente: basta con echar la vista atrás sin mover el cuello (para no correr el riesgo de convertirnos en estatuas de sal) con la aspiración de quedarnos pensativos, meditabundos, para divagar en pretéritas ocurrencias o situaciones.
Quién sabe qué fue, qué pudo haber sido, quién quiere saber si fue una vez, quién quiere darse cuenta, averiguar, malinterpretar, justificar acciones ajenas o actuaciones propias y rondar la mediocridad de uno mismo a través de un lenguaje igualmente mediocre que se ha aprendido quién sabe con cuántos libros, con cuántos monólogos (o monólocos, como yo los llamo disparatándolos) con amigos imaginarios; con cuantas conversaciones con amigos reales (igual de fantásticos si cabe, pero estos últimos con los dedos de las manos) en el tiempo que ocupamos este espacio que, gentilmente, posiblemente, nos ha sido otorgado, con una materia de cuerpo que puedes inventarte y una mente divertida (no soy yo quien lo afirma, no me acuséis de vanidad sin conocerme, si acaso permitid que os conceda la libre acusación cuando sea yo quien lo diga.). Quién sabe si fue una vez. Quién quiere saber esas cosas.

El mensaje oculto en el el humo del cigarrillo que observo ahora mismo y que me puede matar si no requiero la ayuda de un farmacéutico o un médico, como me indica la cajetilla, estorba si interpretamos el hecho de que me lo fumo con gran pasión y devoción mientras leo las frases protectoras de los que deberían preocuparse más por el estado de mi alma que de entorpecer tanto mis minutitos de paz ahumada.

Vivir es morir, Perogrullo. Morir haciendo lo que quieres es morir viviendo. Yo no pretendo una vida que esquive la muerte: he de morir, y lo asumo.
El humo del cigarrillo se va enlairando y lentamente desvaneciendo, como recuerdos de antaño que quién quiere acordarse ahora de ellos, para qué interrumpir este preciado momento de tranquilidad solitaria con momentos vividos si puedo evadirme a lugares creados sólo para mí, egoísta despreciable enamorado de la locura.
Posiblemente nadie entienda qué es una paradoja si escribimos una paradoja; tal vez debiéramos enviarla al que diseñó el mensaje de la cajetilla para que la interprete por los demás y, de esa manera, quien quiera entenderla y hacerle caso que lo haga, que viva su utopía de vida eterna de comida masticada y digerida.
De todas maneras de qué sirve empezar con un "
", con un "No", con un "Érase una vez", con una palabra cualquiera si hoy parece que al vecino de al lado le ha dado por llamarme ocho veces en dos horas. Que sí, que ya sé que ayer te dije que pasaras hoy a pagarme el recibo trimestral de la comunidad, pero si a mí no me abren a la primera no vuelvo hasta el día siguiente. ¿Que me ha visto entrar por la puerta hace dos horas? Puedo estar duchándome, puedo estar sesteando, fíjate que hasta podría estar escribiendo pensamientos torrenciales aparecidos al azar,o en la cama, por decir algún lugar apetecible, con una maravilla de chica.
Falta psicología de escalera en este mundo. Si en el tiempo que tardo en escribir esta lluvia de ideas no vuelve, cuando vuelva, que lo hará, estoy seguro (este tío es inacansable, inagotable, cansino y agotador), le abriré la puerta. Espero que no sea ahora que los niños del segundo revolotean como avispas de arriba a abajo por la escalera supongo que por la primavera, creando una asimilable banda sonora de gritos, risas, pasos, golpes y balbuceos indescriptibles, encriptados por una lejanía de puerta cerrada y paredes de hormigón estucadas de un blanco deprimente. Ahora entiendo por qué existen los colores.
Yo pensaba que los colores existían porque un dia el arco iris salió generoso y empezó a repartir a diestro y siniestro toda su gama ecológicamente cromática.
. ((( Por suerte estoy demasiado metido en el arco iris, subiéndolo y bajándolo como un niño o un oso amoroso (cualquier cosa que suba y baje de fácil asimilación me vale) como para volver la vista al principio de esto que pretende ser un cuento, copiarlo y, alegremente y sin pensar en el tiempo de la gente que lee esto, decir que es un "dejà vu"). ¿Para qué copiar lo que ya he escrito? ¿Decir que es un "dejà vu" ? Tonterías. En los "dejà vu" ( por cierto, ¿por qué no usar una palabra en castellano? Luego nos quejamos de las extinciones. Por eso en el título aparece un anglicismo "Made in U.S.A.", para que nos quejemos, que es gratis) yo me quedo estático, pensando en cuándo va a acabar, analizándolo, metiéndome dentro de él, deseando que nunca acabe y disfrutando de mi anomalía mental). Sigamos).

Sí. Un día el cielo se alió con un río "que van a dar a la mar que es el morir” y se formó una nube de la que empezó a llover porque en el cielo no hay semáforos, y, si los hay, las nubes tienen el mismo derecho a confundirse que los de aquí abajo. En éstas estaba la nube tan tranquila pensando en vete tú a saber qué cuando otra, que venía en sentido contrario, obvió el círculito rojo y chocó contra la que, sin saberlo, estaba predestinada a ser su aliada de lluvias celestiales. Bueno, a decir verdad aún no se sabe quién se lo saltó, aún siguen echándose las culpas la una a la otra a base de golpes y golpes lluviosos en otra parte del mundo, porque las nubes no se mueren, se mueven, una modificación de consonante y la eternidad. Cuando se alejaron lo suficiente como para que en aquel lugar que me estoy inventando pero que en otro plano ya existe porque lo he creado yo que soy un dios (porque todos somos dioses si queremos, lo sabéis, ¿no?). Pues eso, cuando se alejaron lo suficiente como para que en aquel lugar que me estoy inventando pero que en otro plano existe porque lo he creado yo cesara (aquí se acaba el "dejà vu" que no es tal porque a mí las tonterías no me gustan) de llover, apareció el arco iris.
No. La gente no salió a saludarlo, ni a darle la bienvenida, ni tan siquiera a decirle que hacía mucho tiempo que no sabían de él. La gente
, inmiscuida en su mundo mediocre y miserable, siguió comprando, delante del televisor o peleándose y, bueno, esas cosas que hace la gente hoy en dia. Por eso, cuando deja de llover y sale el sol, el arco iris le pone cara de tristeza al cielo: que sí, que el arco iris es muy bonito y todo eso, pero es la boca del cielo que anuncia la infelicidad que reina en estos tiempos. Y es que desde su trono celeste lo ve todo. Quizás sea ese dios del que tanto nos hablan, cada vez menos, es cierto, y por eso hay gente que lo ve y otra que no. No sé.
No sé. Nada odio más que me digan un no sé. Invéntatelo si no sabes. Imagínate la respuesta pero no me digas un no sé. Odio los noseabundos. Quizás la palabra nauseabundo venga de ahi y no de náusea, o quizás náusea la inventara un hombre harto de los no sé.
Inventar palabras es un juego maravilloso. Yo ya he contribuido con mi palabrita para crear un mundo más sostenible. Sí, que nos dicen que hay que plantar un árbol en la vida, perfecto, me parece lo más bonito que puede hacer alguien que seguramente gaste más de diez árboles en su vida, sólo debe nueve, muy bien, pero ¿y las palabras? ¿Cuántas van cansadas por el mundo por el uso? ¿Cuántas van solitarias por el desuso? A mí me apenan las dos, aunque a la gente parece que últimamente le ha dado por apadrinar sólo las que están en desuso. Lo que habría que hacer es crear más y no diferenciar, siempre con lo mismo. En las palabras también existe selección natural. Es natural, ¿no?
Naturalmente. El vecino de al lado. Lo sabía. He abierto la puerta. Me da pena el hombre. No, no es compasión, son nueve interrupciones en dos horas. Tampoco es plan de hacerle perder el tiempo al pobre señor que bastante tiene con su tartamudez. El hombre se ha acostumbrado a su característica especial y vive con élla, ya lo sabe, muchos años con élla, es una marca , qué va a hacer, pues llevarlo lo mejor que pueda. Por eso yo le ayudo y como se me da bien eso de intuir pues intuyo.
Hoy me ha dicho que cambie el nombre del recibo. Por suerte no se ha atascado mucho. Que ponga otro, que ese es el de su sobrino y ya no vive con ellos. Lo he hecho, claro: el presidente de una escalera es un esclavo atado a una cadena comunitaria.
La del bajos aún me debe tres recibos. Qué bajo ha caído. Lo peor de todo es que en enero yo debería de haber dejado mi cargo pero claro, la vecina solidaria a quien le debe gustar que yo sea el presidente no ha pagado y aquí sigo, aguantando vecinos llamando a mi puerta una media de cinco veces diarias para pagarme porque no puedo aprobar el balance de cuentas anual. Qué bajo he caído. Por suerte casi nunca estoy para ellos y no abro porque me agobian, y es que no puedo permitir que (perdón, llaman al timbre) sean ellos los que pongan el punto final de mis lluviosos cuentos.


sábado, 24 de octubre de 2009

Algo así

Esos recuerdos de los que me hablabas no son más que sueños que algún día se asomaron a tu dormida cabecita para ofrecerte lo que podría convertirse en una vida llena de teórica felicidad, estado que, algún tiempo después, asumiste, no sin duras y dolorosas caídas, que no era más que una pretensión espiritual inalcanzable, un invento más del ser humano para tener algo en lo que creer, algo a lo que sujetarnos.

A lo largo de nuestra existencia, tendemos a transformar recuerdos en algo así como expresiones oníricas escondidas entre una suerte de humo grisáceo, casi opaco, que sólo deja entrever similitudes entre lo que es, lo que aparenta ser, lo que debería ser y lo que a ti te gustaría que fuera, quién sabe si para olvidar algo demasiado hermoso, algo que no creemos ni queremos merecer.
De la misma manera, a lo largo de nuestra existencia, ejercemos una especie de desvío sobre algún sueño proyectándolo hacia el lugar en el que cohabitan los recuerdos reales, quién sabe si para apoyarnos en deseos que esperamos que lleguen en cualquier momento

Una mañana cualquiera pero festiva decidí coger la bicicleta y vagar sin rumbo fijo por el mercado medieval que, un fin de semana cualquiera pero festivo, se instaló, como por arte de magia, en el centro de mi gris y triste ciudad.
Un sinfín de paradas me ofrecÍan desde los más variopintos embutidos hasta escudos de madera con el símbolo de algún dragón, vencido, seguramente, por las ansias de gloria de un caballero desaliñado y soltero. Mi atención no se desvió hacia los olores a brasa quemada ni a los de algún incienso que pretendiera reproducir el ambiente perfumado de aquellos antiguos escenarios. Mi atención de desvió, como algunos sueños transformados en recuerdos, o quién sabe si al revés, más allá, a lo lejos, hacia el interior de una carpa en la que, a aquellas tempranas horas del día, una función de marionetas captaba la atención de algunos niños, algunos abuelos y bastantes padres con rostros resignados.

Entre los aromas de la barbacoa medieval que a unos metros de allí se disponia a tostar la carne del dragón vencido del escudo, una princesa y un caballero de armadura desvencijada dialogaban sobre el amor y la posibilidad de la existencia de éste entre ellos, siempre y cuando el valeroso hombre de hojalata oxidada la liberara de las garras del ahora criptozoológico animal que, siempre según la princesa, descansaba sobre miles de monedas doradas. Estuve a punto de decirle al pobre hombre que la carne de dragón hacía varias horas que estaba hecha filetitos en la carpa de al lado, que la princesa ya estaba prometida, que ya tenía caballero de armadura impoluta, pero preferí sacar un cigarrillo, encenderlo y fumármelo observando los diferentes rostros que por allí pululaban.

Con el tiempo, uno llega a la conclusión de que la observación del mundo que te rodea es más un acto de reconocimiento de uno mismo en los demás que de aprendizaje sobre la vida y sus misterios.
Ver a un niño que sonríe cuando una princesa le da una colleja al caballero que debería poseer la admiración y la lástima de todo el público es reconocerte en él y asimilar que el caballero es el payaso del que, muchos años atrás, viste una torpe función en el patio de arena del colegio, durante algún fin de curso, onírico ya a estas alturas de la vida.
Con el tiempo, uno llega a la conclusión de que la observación de los ensimismados abuelos, impertérritos ante la misma colleja, puede llegar a ofrecerte la idea de que la vida, posiblemente, valga la pena para llegar a una edad en la que una colleja es una colleja y no para tener la posibilidad de matar a un dragón, debido quizás a demasiados recuerdos moldeados por los acontecimientos de una existencia dura y sentida.
Con el tiempo, uno llega a la conclusión de que la observación de los padres se puede resumir en varias consultas al reloj, en varias miradas masculinas hacia una joven y bien proporcionada chica que pasaba por allí como ofreciendo gratuitamente su cuerpo al mundo de los ojos y en algunos lamentos femeninos a la vez que se tocaban la prominente barriga que antaño, problablemente, se paseaba por la misma calle y con la misma pretensión embaucadora que la de la joven.

Lancé la colilla de mi acabado cigarro y, sorteando cual caballero medieval las paradas y a sus feriantes a lomos de mi bicicleta, puse rumbo fijo hacia el parque en el que suelo refugiarme para leer en los días de sol y melancolía.
Podría reducir el trayecto a la observación del paseo en bicicleta de un padre y su hijo y a la pretensión del hombre en enseñarle al niño qué es la vida ayudado, sobre todo, por un algo que yo jamás antes había visto, y que unía la bici del padre y del hijo convirtiendo dos bicis de dos y cuatro ruedas respectivamente en una de cinco. Debería averiguar cómo se llama ese algo, porque las descripciones no son lo mío. En cambio, su conversación podría ser algo así:

"Mira, Cualquiernombreesbueno. Llega un momento en que la vida deja de pertenecerte, en que creas unos lazos de unión con otro ser humano del que nace algo parecido a ti y al que te debes en cuerpo y alma. Es precioso, te lo puedo asegurar, pero dejas de ser verdaderamente dueño de tus actos. Créeme cuando te digo que eres lo mejor que me ha ocurrido en la vida, que tu madre y tú sois lo mejor que me ha ocurrido en la vida, pero ya no me siento individuo, siento que soy algo así como un algo que necesitas para crecer y convertirte en algo parecido a mí. Siento como si fuéramos dos bicicletas que se convierten en una para poder seguir rodando por la vida. ¿Tu madre? Tu madre lo es todo hijo, sin élla no habría padre ni hijo, créeme. Nunca dejes de sentir admiración por ella. Yo nunca lo he hecho, a pesar de las riñas que hayamos podido tener, a pesar de algunos recuerdos que prefiero creer que fueron inquietudes oníricas, a pesar de habernos distanciado hace ya algunos años."

Al llegar al parque coloqué el sillín de la bicicleta a modo de reposacabezas, me tumbé en el césped, cerré los ojos y pasé la palma de mi mano derecha sobre él, como acariciándolo, dejándome llevar por el delicado cosquilleo que diminutas lanzas vegetales me regalaban en ese momento. Abrí los ojos, despertando así del orgasmo onírico que Gaia me había estado guardando desde quién sabe cuanto tiempo y divisé a un hombre que disfrutaba haciendo navegar un barco teledirigido sobre el lago artificial.
Imaginé que la jubilación y la posible muerte de su mujer, hacía no muchos años, provocaron en el joven anciano la necesidad de canalizar toda su energía hacia algún sueño irrealizado, como ser el capitán de algún barco.
Imaginé que la jubilación y la posible muerte de su mujer hacía no muchos años provocaron en el joven anciano la necesidad de canalizar los recuerdos de casi toda una vida dedicada a faenar en mar abierto hacia un barco de juguete, quizá para sentirse de nuevo aquel niño que no quería creerse las palabras que un día su padre, durante un paseo, le profirió acerca de la tarea de ser padre y sus consecuencias.

Abrí la mochila y saqué uno de los libros que estaba leyendo; pasada una hora de ensimismamiento entre letras ajenas, cogí un bolígrafo y apunté algo parecido al primer párrafo de esto que ahora pretendo que algún día leas. Y digo pretendo que algún día leas porque yo ya he llegado al punto en el que no sé si existes, existirás o exististe, porque yo ya he llegado al punto en el que no sé si fuiste, eres o serás algo así como un sueño.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Lucas el Pelucas

Si bien es cierto que Lucas el Pelucas estaba hecho pedazos, no menos cierto era que peor hubiera sido estar hecho polvo o mistos, lo primero porque cómo desplazarse en los días sin viento, y lo segundo porque cómo ser de madera o cera y fósforo si no puedes arder.
Lucas el Pelucas había crecido en un ambiente hostil para la realización de su sueño, que era nada menos y nada más que ser hoguera. Residía desde su nacimiento en el norte del norte, un lugar en el que si hace algo es frío, mucho frío, tanto frío que al encender fuego éste se congela, permaneciendo la llama como una escultura. Hay en su ciudad un parque, el parque de las llamas; para entrar en él tienes que llamar a una puerta de hielo y, si el azar se confabula con tu estrella, dicen que puedes disfrutar de la visión de miles de llamas quietas que esperan que, algún dia, deje de hacer frío y puedan crepitar y dar calor a la gente cuyo azar se ha confabulado con su estrella.

Su infancia pasó como la de todo norteño: Lucas llorando, Lucas riendo, Lucas creciendo, Lucas gateando, Lucas creciendo, Lucas caminando, Lucas creciendo cada vez más y Lucas pidiendo cosas hasta convertirse en lo que hoy es, un chico hecho pedazos porque no puede realizar su sueño.
Lucas el Pelucas empezó a saber que algo no iba bien cuando un día, al salir de la escuela, no advirtió que llovían chuzos de punta. Uno de ellos, un chuzo paliducho que daba más pena que el propio Lucas, le dio de refilón en la oreja derecha y, como no podia ser de otra forma, ésta se desgajó.
Absorto y sangrante, el pobre chaval fue corriendo a casa con la oreja derecha en la mano izquierda pero sin el corazón en un puño, y al llegar su madre le dijo:

-¡Lucas!
Y él dijo:
-¡Mi oreja derecha!
Y ella
-¡Enhiélala en el jardin!
Y Lucas la enhieló en el jardín.

Lucas el Pelucas sin oreja derecha empezó a ser el hazmerreír de la clase pero todo, como bien sabemos todos, puede ir a peor. Dos días después de su primer accidente con las fuerzas de la naturaleza, comenzó a caer una lluvia copiosa, tan copiosa que imitó a la de los chuzos de punta, sesgándole la oreja izquierda, pero además de copiosa era envidiosa, y no tuvo la brillante y bondadosa idea de enviar a una diosa, no, sino que le envió otro chuzo y sólo para hacerle mas daño que el otro, pero este tan grande y fortote que le partió la nariz al pobre Lucas el pelucas sin orejas y, ahora, sin nariz.

Lucas el Pelucas sin orejas ni nariz fue corriendo otra vez a su casa y su madre:
-¡Lucas!
Y él:
-¡Mi oreja izquierda y mi nariz!
Y la madre:
-¡Pues ya sabes adónde tienes que ir!
Y lucas fue.

Pero las desgracias ya no es que puedan ir a peor, no, además, nunca vienen solas, y al dia siguiente, en clase, una chica nueva, Loli la Panoli, ocupó el pupitre contiguo al de Lucas el pelucas sin orejas ni nariz, provocando la parálisis en todos los miembros del pobre chaval.

Si bien es cierto que Lucas el pelucas estaba hecho pedazos, no menos cierto era que Loli la panoli estaba hecha un pincel, aunque peor hubiese sido estar hecha una princesita o una mujercita, lo primero porque cómo pretender que lucas sin orejas ni nariz fuera un príncipe, y lo segundo porque cómo querer crecer.
Loli la panoli había nacido y crecido en el sur del sur, en un ambiente selecto, entre mayores distinguidos y pulcros, rodeada de artistas de la Avant-Garde, forofos del Pop-Art y otros nombres aún más raros. Sus padres organizaban, cada dieciséis horas, reuniones a las que asistían los más selectos miembros de la cultura popular sureña, hasta que un día, un sol de injusticia, le quemó la cara a la pequeña y bella gourmet.
El sueño de Loli la panoli siempre había sido ser un bote de pintura verde, pero desde aquel traumático día todo viró hacia el cubito de hielo por aquí cubito de hielo por allí, así que sus padres no tuvieron más remedio que dejar el sur del sur por el norte del norte, pensando que con el ultrafrío se le quitarían esos sueños locos.

Aquel primer día de clase, y una vez Lucas el pelucas dejó de sentirse estatua, se miraron de reojo tres veces, lo que da un total de seis miradas, y sólo en una de ellas sus ojos coincideron. Dicen que la magia puede llegar en cualquier momento y sin necesidad de varitas ni otros artilugios ostentosos; pues bien, a ellos les pilló en clase de Aitor el profesor, cuyo sueño de niño había sido ser como Bepo el barrendero. En ese momento, Aitor el profesor barrió la clase con una rápida mirada y empezó el temario de la clase de historia sureña. Ese día tocaba Tito Tótamo el hipopótamo.
Siempre según el profesor y su libro de texto, un día, Tito Tótamo fue al hipódromo a ver una carrera de hipocampos, y al ver que su caballito de mar era el vencedor se entusiasmó tanto que le entró hipo. Pero ahí no quedó todo, no, pues al hipo se le unió una fuerte tensión el el muslo derecho delantero y le entró una grave hipotensión, lo que provocó la alarma general y su evacuación en una gigante ambulancia. Estuvo siete dias en una enorme cama de hospital hasta que el doctor se le acercó y, misterioso, le dijo:
-¡Es usted hipocondriaco!
Y Tito Tótamo el hipopótamo:
-¡Por Atreyu! ¿Habráse escuchado semejante insulto?
Y el doctor:
-Quiero decir que usted no tiene nada, ¡así que levántese ipso facto en el acto!.
Y Tito Tótamo el hipopótamo se levantó con tanto ahínco que su hipotálamo chocó contra el techo, perdiendo, como no podía ser de otra forma, la memoria y el hipo.
- Así- prosiguió el profesor- por este personaje que nunca supo que saldría en los libros de historia gracias al hipo, conocemos que un susto nos lo quita. Gracias.
Nadie aplaudió, y Lucas el pelucas y Loli la panoli ni siquiera escucharon la historia que el profesor contó, pero ni falta que les hacía, pues ellos ya tenían en su cabecita una mejor.

Lucas el pelucas sin orejas ni nariz y Loli la panoli con la cara quemada recordaron el sueño antiguo, aquel por el que todos nacemos y por el que, quizás algun día, sentimos el mayor deseo de realizarlo porque en ello nos va la vida. A él le entró, mientras el caballito de mar de Tito Tótamo ganaba la carrera, un ardor entre el corazón, los pulmones y el estómago y en su interior nació una hoguera; mientras Tito Tótamomo discutía con el doctor, ella se quedó helada y su corazón se convirtió en cubito de hielo.
Aquel día fue el primero que dejaron de sentarse y sentirse solos. Ya de noche, bajo un cielo repleto de estrellas, fueron al parque de las llamas, pero no puedo deciros qué les ocurrió allí dentro pues aquella noche, por desgracia para mí, el azar no se confabuló con mi estrella o, quizás, yo aún no creía en el poder de los sueños.

martes, 20 de octubre de 2009

Saga o El lesbianismo de la erre

Dicen que la infancia puede ser una época traumática y condicionar el resto de tu vida. Yo tuve buena suerte, y recuerdo con una sonrisa mi único defecto destacable en esa diminuta etapa: el lesbianismo de la erre.

Cuando la decimonovena letra del abecedario se unía con una de su misma condición sonora, una erre se convertía en un eje tímido en mi boca; una carretilla en una cajetilla torpe; una rata en una gata agresiva. Hasta entonces, no había tenido problemas para comunicarme con los demás, pues casi todos hablábamos fatal a esas edades.
Tenía un amigo que las pronunciaba todas mal y de esa manera él no tenia boca, tenía zapato y una lengua de trapo. Otro, no se llevaba bien con la ese, y transformaba al sueco en zueco. Por suerte, creo, ellos nunca se enteraron. Otro más, tenía el mismo defecto pero al revés: transformaba la ce en ese o, lo que es lo mismo, a los zuecos en suecos.

Recuerdo una vez, en clase, que el profesor de geografía nos estaba hablando de los queches, unos barcos que usan en los mares del norte, y le preguntó al de la ce el gentilicio de Suecia, supongo que por la proximidad y para ver nuestra cultura a esas alturas de la vida. Como no acertó y debió pensarse que se estaba mofando de él, a juzgar por las risas de todos nosotros, o que necesitaba trabajo extra, le hizo copiar la palabra “suecos” cien veces. Ese día, empecé a intuir que el sistema educativo de mi país no funcionaba muy bien, algo que corroboró, unos días más tarde, el profesor de lengua, cuando le preguntó al de la ese como se llamaban los zapatos de madera que se usan en Holanda. Éste no le hizo copiar cien veces los tristes zuecos, sino que lo dejó sin patio o, lo que era lo mismo con el profe de lengua, copiando un trocito de El Quijote. El chico de la ese no es un gran aficionado a la lectura y, el de la ce, dice que nunca irá a Suecia. Pero creo que el más divertido era yo a la hora de preguntar algo en clase de matemáticas y convertir al profe en Don Jamón. Yo me ruborizaba, normal a esas edades, pero el profe tenía tablas, supongo que por ser de matemáticas, y no me dijo nunca nada. Se me daba bien, en esos lejanos tiempos, esa asignatura.
Superado el trance ocasional en clase, nos dejaron de hacer gracia los defectos lingüísticos de los demás, y pasamos de mofarnos de lo mal que hablábamos a hacerlo por nuestras anomalías físicas. Entonces, mis padres tuvieron la entrañable idea de cambiar de piso. Yo estaba contento, entusiasmado y eufóguico, hasta que la cruda realidad me transportó, de nuevo, al lesbianismo de la erre.

Mi primer contacto social con los niños de aquella zona de la ciudad fue desalentadora a la vez que instructiva y, cada vez estoy más seguro, el momento que más ha marcado mi personalidad. Ocurrió que, mientras estábamos jugando un partido de fútbol, en una solana despiadada al lado de una obra, una rata apareció encima de una carretilla de esas con las que se cogen los escombros, y dije exaltado:
-¡¡¡Que en la cajetilla hay una gata!!!
Todos me miraron con una cara rara, por aquel entonces caga jaga para mí, y es que en aquellos tiempos mi arte paranoico aún no se había difundido por todo el mundo, así que repetí con una añadidura:
-¡¡¡Que en la cajetilla hay una gata, que no me salen las ejes!!!
El partido se volvió a parar para todos menos para mí, pues yo debí pagar, porque cuando la erre no sonaba fuerte sonaba timida, y se mutaba en ge en mi boca, consonante que, más tarde, aprendería que misteriosa y delicadamente se podía transformar en un punto, convirtiendo asimismo a las chicas tímidas en torbellinos.
Me dijeron que si no tenia ganas de jugar que me fuera con las niñas a darle de comer al muñeco. Ahí supe que, a pesar de venir del barrio más conflictivo de toda la ciudad, mis nuevos amigos no iban a regalarme nada. Eso hizo que saltaran las alarmas en mi cuerpo, y en un acto promovido por la testosterona, si es que a esas edades se puede tener de eso, me propuse pensar antes de hablar.
Teníamos un vecino que se llamaba como el profe de mates, pero no podía desafiar a mis nuevos amigos, así que, como en aquel barrio también estaban en la fase fisico-despectiva, yo le llamaba conejo, una palabra que se me daba mejor que a todos los demás. Fue el niño que más faltas me ha hecho jugando a fútbol en toda mi vida. Lo recuerdo con nostalgia; somos así las personas cuando los años nos desvuelven recuerdos.
Fue de esa manera que me convertí en una persona callada y pensativa y, con los años, dirían las madres, muy observadora, tímida y bohemia. Nada más lejos de la realidad: el hecho de tener que pensar en lo que iba a decir era un lastre enorme para un chico de esa edad.

Con el paso de los días, me fui dando cuenta de que mi actitud no me ayudaba a ser una persona muy querida en el parque en el que jugábamos a fútbol, así que me armé de valor y fui a hablar seriamente con mi madre, decubriendo que, lo que para mí era un enorme escollo, para ella era una nimiedad divertida y sin importancia.
Así, estuve peleando internamente con el lesbianismo y todas sus consecuencias varios años, hasta que, un día, mi profesora de lengua se puso enferma. Aquel día jamás se me olvidará.
La sustituta era la chica mas bonita que había visto en mi vida, con su pelo negjo y jizado, su cuejpo delicado y delgado, sus pechos, ya nos fijábamos en esas cosas, supongo que por la genética masculina, esbeltos y sigilosos, sus manos agasajadoras...qué momento... Saga... Jamás se me olvidarán su nombre y la primera vez que lo pronuncié.
Recuerdo que, para calificarla, intentaba utilizar palabras con ge y jota, que eran mis favoritas. De pequeños hacemos cosas que, de mayores, nos hacen envidiar a los enanos que vemos pululando por la vida.

Llevaba ya varios días con nosotros, y yo no había abierto la boca en su clase, preocupado por no quedar mal ante mi Laura petrarquiana, mi Beatriz dantesca, mi Dulcinea cervantina. Nos había mandado buscar en el diccionario cinco palabras y, ese día, parecía como si nadie tuviera ganas de decir que lo había hecho. Ella se exaltó, y a mí no me gustaba ver a mi princesa enfadada, así que le dije: “Yo lo he hecho, Saga...”, y toda mi clase, al unísono, se volvió a reír por un defecto lingüístico en mi habla. Yo la migué, me juboguicé y agaché la cabeza, algo que se me daba muy bien, y ella me regaló una sonrisa que aún recuerdo cuando algo me sale mal delante de mucha gente.
Me preguntó que cuáles eran, y yo, con mi timidez temprana, se las dije. Al acabar la clase me llamó, y me pidió que me esperara. Pensé, iluso de mí, que se había enamorado, y no me salía el habla, aunque era algo en lo que yo ya tenía mucha práctica. Para mi desilusión, me dijo que si cada día me quedaba cinco minutos después de clase, llegaría un día en que podria decir la erre como todos los demás. Le dije que hablaría con mi madje y me fui cogiendo y jojo, que para mí era lo mismo que salir dispagado y cologado. Al llegar a casa, se lo dije entusiasmado a mi madre, y ella me dio permiso.

Las clases consistian en estirar la lengua de delante hacia atrás. Yo me pasaba los cinco minutos moviendo lo que mi compañero tiene de trapo, intentando, como ella me decía, tocarme la campanilla con la punta de la lengua. Años más tarde, compararía ese símil con el hecho de transformar las erres en ges y las ges en puntos.
Fueron dos semanas inolvidables para mí pues, además de tocar la campanilla, me animaba a leer en voz alta a su lado y a solas. Fue Saga quien me aficionó a la lectura, pasamos ratos memorables junto al Gato con botas, Hansel y Gretel y Caperucita Roja, aunque, a ésta última, yo la odiara en la intimidad.

Por esa época, mis bambas se habían joto de jugar a fútbol con el conejo y los demás, y mi madre me llevó a la tienda para que me comprara unas nuevas, con las que, seguramente, saltaría y correría más que nadie. Pasamos por un puente subterráneo y, ante mi, se cruzó un ratón. Alarmado y estupefacto, le dije a mi madre: “¡¡¡Mamaaaaaaaaaaa, un ratóoooooooooooooooon!!!”, y me quedé en silencio unos segundos. Incrédulo, le pregunté a mi madre si me habia oído, y ella me dijo: “Venga venga, que tenemos prisa, y además, un ratón no es peligroso, lo malo son las ratas”.
A esa edad, yo ya empezaba a pasar de mi madre porque me daba cuenta de que su mundo y el mío no iban muy a la par que digamos, así que empecé a saltar de alegría y supongo que, mi madre, pensaría que tenía un hijo con amigos imaginarios. Llegamos a la tienda y, orgulloso de mi perfección, le dije a mi madre que queria unas Reebok. Ella me dijo: “ Tú unas Europaz, como tus hermanos”, pensé la palabra y salté de alegría mientras gritaba: “ ¡¡¡Bien bien, unas Europaz!!! ¡¡¡Euro!!! ¡¡¡Euro!!! ¡¡¡Euro!!! ¡¡¡Europaaaaaz!!!”. Mi madre pagó, se diculpó por tener un hijo alegre y, al llegar al parque para jugar con mis superbambasnuevasquesaltanycorrenmásquelastuyas llamé al conejo, por primera vez, por su nombre y, desde entonces, es mi mejor amigo.
En ese momento, mi vida pasó a ser lo normal que puede ser la vida a esas edades, menos con Sara, que fue Saga hasta el último minuto de su última clase de sustituta.

lunes, 19 de octubre de 2009

fRicciones

El silencio de la noche fue el aliado, el aliado de mi cabecita tonta para querer pensarte y no tenerte. Porque a mí lo que me gusta es pensarte, no tenerte todas las noches en las que tus visitas se podrían convertir de nuevo en monótonas experiencias, en rutina quebrantable tan sólo por un alejamiento forzoso, tan sólo por la separación de nuestras vidas.
No creo que desee el ónice que representa para mí tu cuerpo más que imaginándote a mi lado sobre mis piernas sin estar a mi lado sobre mis piernas, mis manos recorriendo tu torso vestido por debajo del vestido que rozo con el opuesto de la palma de mi mano sin tocarte, con la aprobada bendición de la palma de mi mano que se instruye en artes menores, en fricciones placenteras que sólo aparecen si te pienso, si te veo en el aire que se aprieta dulcemente en la oquedad de mi cabeza y tú de cuerpo presente sin estar presente, y yo observando cómo en el aire pululan motas de polvo y a su lado miles de rostros con tu imagen, sólo con tu imagen. Besarte en el concepto con el que te me apareces en la mente sin besarte realmente, sin palparte, sin sentirte más que como recuerdo de un pasado que debemos abandonar si verdaderamente queremos que esto avance, que nuestra alma avance, que el sentimiento escupa sus demonios a los fuegos infernales que producen en mi vago intelecto, en mi débil fortaleza que es cavilarte.
Quiero estar contigo recorriéndome tu lengua los labios, trazándome tu lengua en mis labios una horizontal labial perfecta desde su humedad de sueños solitarios, desde su humedad de razonamientos un tanto extraños, otro tanto un tanto mudos y voltear tu lengua con la mía, y voltearte con mis brazos irreales, con mis brazos pensados para de nuevo tu lengua sobre mis labios, tu lengua junto a mi lengua, mis labios junto a tus labios que tímidamente mojan ahora mis párpados, encerrándolos brevemente como prisioneros por besos robados que huyen temblorosos, temerosos, pavorosos de tu encuentro para que los busques en mi mente y suspires por ellos, para que nuestras cabezas y nuestros cuellos no sean más que tentetiesos activados por los besos que nos damos, que nos damos en mi mente, por los besos que no nos damos en la atmósfera que es la vida que se palpa y que se siente, en la atmósfera que es la vida que no se percibe más que en mi materia gris doliente. Pasar entonces a las mejillas suavemente recreando tantos besos ya perdidos, tantos besos desgastados por las horas, por el frío, tantas palabras que dijste a mis oídos para después besarme y decirme que ahora son siete, que hay dos más y ya son siete. Apretarte con mis manos la cintura, las caderas, y moverte suavemente nuevamente y como siempre desde entonces en mi mente, y sentirte etéreamente, como quiero, como pienso, como siente este cuerpo y esta cabeza que debe, que debe y que quiere tenerte no más que como deseo momentáneo de cuerpo y caricias falsas de viento y aliento, de un sofá y una cama y una mesa que se tambalean en la noche aciaga de nuestros antiguos y oscuros ósculos, de nuestros besos, de nuestros pesos equilibrados por la creación de un único cuerpo, siameses, como siempre quisimos, siameses. Pero esta vez sólo en mi mente, porque yo lo que quiero es pensarte, no tenerte.

domingo, 18 de octubre de 2009

Sobre áboles, nubes y soles

Me dijiste: "Los árboles son vividores pretéritos en otoño que en primavera camuflan su pasado con hojas verdes y, sin son presumidos, con flores de cualquier color". Que pases el tiempo podándolos ha llegado a crear en tu mente un delicado entramado de ramas y letras que definen vagamente la sensibilidad que atesoras en ella.

El día que llegaste a esa conclusión era de un frío terrible, uno de esos días invernales de bufanda y gorro de punto, guantes de lana, chaqueta hasta el cuello y pantalones de pana. Te paraste frente al árbol que tapaba la visión de la montaña y decidiste que ya era hora de cambiar tu punto de vista. Agarraste unas tijeras y, ni corto ni perezoso, cortaste que te cortaste hasta que cortaste casi todas las ramas. Al acabar tu obra magna, observaste que el tronco de tu entrometido vegetal era una enorme I, una I de madera que ocultaba anillos en su interior. Lo que se presumía como futura copa engalanada de hojas y flores era ahora dos ramas pequeñas, tristes y eufemísticas de lo que podía llegar a ser si, con suerte, crecían y transformaban la i latina en i griega.

La suerte llegó y la i latina mayúscula creció al son del buen tiempo hasta convertirse en i griega; cuando el entramado de ramas, hojas y flores ocultó cualquier atisbo de letra en el olivo lo viste y, con gran entusiasmo, lo viviste. La realidad te mostró que no era sólo una i griega lo que se formaba en el árbol, sino que ésta podía transformarse también en una uve y una i latina mayúsculas. Entonces, tú me decías que era más lógico que un árbol diera uves e íes latinas que sólo íes griegas, y más en ese, no obstante, te estaba recordando que cuando no existían flores y hojas, tras él, viste la montaña.

Te dije: " Las nubes son montones de oes superpuestas que moldeo cada día para que a tus árboles no les falte agua".
Estar todo el día creando nubes con vapor de agua puede llegar a resultar un acto altruista, pero ese término no existe en este mundo. Al crear nubes yo me sentía realizada, y el hecho de regalárselas al cielo sin pedir nada a cambio era sólo una manera de quitármelas de encima para poder seguir esculpiendo. El proceso era sencillo: calentar el agua del río que crecía en la montaña donde vivo con una fuente térmica; el resto, un acto de la naturaleza más que humano. Las oes las formaba sobre el agua y sólo tenía que mover mis manos alrededor del vapor para que no subieran; de esa manera, los circulos se iban uniendo y cuando yo creía que la nube era suficientemente grande, la dejaba volar .Después llegó el día que ya conoces, el día que yo dejé de regalar circulitos, el día que dejaste de tener agua con la que tus árboles pudieran convertir su i latina en i griega o, desde que me viste, en íes y uves.

Me dijo: " La única o que existe en este mundo es el sol, que hace que se evapore el agua con la que tú creas nubes y él riega sus árboles. Además, si te fijas bien, los rayos de este astro son las únicas íes latinas dignas de ser consideradas, y se convierten en íes griegas cuando dos de estos rayos reflectan en el agua que usas para crear nubes".

Un día, mientras yo moldeaba y tú podabas, ella apareció sobre el cielo. Con cara de pocos amigos fue introduciendo cada una de las nubes que yo dejaba ir en una bolsa que llevaba bajo el brazo derecho. Desde ese día, tus árboles dejaron de extender letras por sus ramas. Imaginaste que el problema venía de esa montaña que, con la llegada del buen tiempo, era ocultada por las nuevas ramas ya que, de un día para otro, su cielo apareció, extrañamente, mas radiante que nunca. Y hacia allí te encaminaste.
Durante tu venida, la ladrona de nubes reía a carcajadas ante mis sollozos, y le supliqué un remedio. Ella me dijo que, si de letras se componían mis nubes, con letras podríamos solucionar el problema. Yo no comprendí muy bien el plural de su frase y, en esas, llegaste.

Nos dijimos: " Nuestras creaciones corren el riesgo de desaparecer de este mundo si no encontramos el remedio. Tenemos árboles y nubes o, lo que es lo mismo, uves, ies y oes. Si conjugamos estas letras podemos obtener "”voy”, “vio”, “y vi”, “y vio"".
Dijimos todas las palabras posibles en voz alta, pero nada nuevo ocurrió bajo el sol. Mientras buscábamos palabras nuevas, la ladrona de nubes reía y reía y, al anochecer, nos quedamos dormidos acompañados por los balbuceos soñolientos de los soñadores.

Al despertar, ella seguía custodiando el cielo y me comentaste que hablé en sueños. Me pediste que creara una nube pero que no la soltara, que la condujera hacia el lugar donde tú tenías el árbol. Y así hice. El primer intento no resultó pues, al llegar a medio camino, las cuatro oes con las que habia formado la nube se desvanecieron. Entonces creé otra enorme nube con un montón de oes y llegamos a tu árbol.
Una vez allí, me pediste que colocara una o sobre él. Para ello, tuve que subirme al tronco mientras tú aguantabas la nube evitando así que se elevara y pudiera cogerla élla, que nos habia acompañado por el cielo sostenida por una cometa de hojas de eucalipto. Cuando la pudimos poner en el árbol, nada ocurrió. Sin embargo, vimos que las ramas ocultaban otra letra, una letra que, hasta entonces, había pasado inadvertida: la ele. De esa manera, teniamos la ele, las íes, la uve y la o de mi nube.
Depués de pasar por combinaciones como "lo vio", "vilo", "y lo vi" y otras tantas sin sentido ni resultado alguno, como por arte de birlibirloque nos miramos, sonreímos, y dijimos al unísono : “voló, olivo, ovillo y llovió"
El olivo lo teníamos; para conseguir un ovillo sólo tuvimos que ir a tu casa para coger los restos que quedaron de tu bufanda y tus guantes. Pero lo demás no sabíamos cómo enlazarlo para conseguir la solución del enigma. Después de escuchar las carcajadas inmisericordes de la ladrona de nubes, llegamos a la utópica conclusión que debíamos hacer algo para que la nube y el olivo volaran porque, de esa manera, llovería.
Una nube vuela, de eso no hay duda, pero teníamos que conseguir que el árbol tambien lo hiciera. Nos dijimos que la única posibilidad que teniamos para que los dos pudieran enlairarse a la vez era atar la nube y el árbol con un ovillo.
Tú cogiste el ovillo y te subiste al olivo, florecido ya por esa época. Cuando estuviste arriba solté la nube y lentamente fue subiendo; al llegar a tu altura, la agarraste, la anudaste a la copa del árbol y, poco a poco, se fue desarraigando del suelo. Yo me di prisa para no quedarme en tierra y, con los apuros propios de una novata escaladora, conseguí encaramarme a la misma copa en la que tú te encontrabas. Volamos y volamos hasta que, finalmente, aterrizamos en un lugar inhóspito.

Nos dijisteis: ”La ladrona de nubes le teme a la oscuridad. Si queréis que deje de robaroslas tenéis que enseñarle que la oscuridad no es tan mala como ella cree”.
Ser un ente gaseoso os desproveía del miedo propio de los sólidos como nosotros. Vosotros sólo le temíais al silencio, pues el sonido era lo único que os determinaba como seres vivos. Con un movimiento rápido de vuestro cuerpo conseguíais nombrar todas las cosas y construíais frases dignas del mejor poeta muerto; por eso, cuando os contamos nuestro problema, disteis al momento con la solución.
Nos regalasteis uno de los candiles que usabais el tercer día del cuarto mes para conmemorar la llegada de las luces primaverales. Nos contasteis que ése era el único día del año que podiais ver vuestra forma; para ello, sólo teníais que pasar vuestro gas por la llama q os ofrecía el objeto y, durante un eterno milisegundo, el cuerpo se hacía en vosotros.

Nos dijeron: “La ladrona de nubes le teme a la oscuridad. Si queréis que deje de robaroslas tenéis que enseñarle que la oscuridad no es tan mala como ella cree”.
Al aterrizar en el lugar en que tu olivo había crecido, la nube que yo había creado se esfumó con el primer rayo de sol que incidió sobre ella, y la ladrona bajó de su cometa.
El día lo gobernaba un radiante sol y ella se mostró preocupada ante nuestra reaparición, pero se quedó pensativa ante el candil. Tú le dijiste que no debía preocuparse en los días que las nubes oscurecieran el cielo de nuestra tierra, que para que todo fluya deben coexistir los antagonismos en perfecta armonía. Ella te miró y, después de varios temblores de voz, dijo que no te entendía.
Yo cogí el objeto que nos habían regalado los seres gaseosos y le dije que es ley de vida que la luz y la oscuridad convivan en nuestro mundo, pero que con ese candil podría rescatar, siempre que quisiera, un poquito de la luz del sol en la oscuridad.
Para demostrárselo, creé una nube con la ayuda del calor de su sol, la dejé volar y el cielo se oscureció, empezó a llover y tu árbol se empapó de agua. Entonces, la ladrona de nubes vio que en la zona en que el candil expandía su luz la oscuridad no hacía acto de presencia y, desde entonces, reina la paz entre nosotros, yo sigo creando nubes, tú sigues podando tus árboles y ella disfruta tanto de la luz del sol como de la oscuridad pues, con un candil, siempre que quiere el sol puede sentir.

viernes, 16 de octubre de 2009

Bruno y Laura. Y Lucas.

-No le des más vueltas, anda. ¿No ves que así es más difícil todo?
-Ya, pero bueno, no sé, qué quieres que haga. Y qué, ¿nada?
-Qué va. No sé cómo aún puedes tener esperanzas.
-¿Nada de nada?
-Nada de nada, nada de nada. Me voy a pasear con Lucas, a ver si me despejo.
-Vale, pero no tardes, que en media hora tenemos que irnos.
-Que sí...

Apagar el televisor decepcionado es un hábito diario, pero en este caso podríamos considerarlo descorazonador. Coger la correa de Lucas fue alejarse de aquellas pequeñas esperanzas, aceptar la realidad y largarse a un momento de paz engañosa pues, la tragedia, le perseguía a todas partes.
Con Lucas era distinto. Con Lucas se sentía identificado, era el guía que necesitaba para emprender el tortuoso camino que en media hora le oscurecería las pocas posibilidades de victoria que albergaba. Pero él no podía acompañarles.
Lucas era feliz. Sus amos no escatimaban gastos con él. Siempre estaba alegre, juguetón, sonriente. En la calle era uno más entre los perros, siempre detrás de las perras, de las pelotas, de los palos. Necesitaba aprender de él puesto que una tragedia parecida, seguramente, les iba a perseguir el resto de sus vidas.

-Bueno, ya estamos aquí.
-Pues venga, vamos.
-¿Es necesario?
-Es necesario cariño. Va. Ya es el último día.
- Lo decía en broma.

El camino de ida fueron una línea recta con cinco pasos de cebra y dos semáforos; un parque con siete perros, dos de ellos atados; un restaurante de comida rápida, dos chinos y seis bares de tapas; tres cajas de ahorros y un banco; doce bancos, tres de ellos vacíos, nueve de ellos ocupados por diecisiete ancianos y tres jóvenes; ocho parejas que no intercambiaban palabras al caminar, dos de ellas cogidas, una por las manos y, la otra, por las cinturas: ellos; dos bicicletas, seis motos y muchos coches; cuatro tiendas de ropa, un supermercado, un vendedor de cupones y, finalmente, el edificio.
La entrada se alcanzaba subiendo una escalera con seis peldaños. En el mostrador, tres chicas. Al verlos llegar, una de ellas les sonrió mecánicamente y los condujo a una sala pequeñita con seis sillas acolchadas, una mesita escorada con dos diarios del día, una revista mensual y cuatro trípticos médicos sobre el tabaco, las drogas, el alcohol y el sexo, seguro.
En las paredes, dos cuadros abstractos, un cartel con una enfermera pidiendo silencio, por favor, y una puerta. Al abrirse ésta, un hombre con camiseta azul, pantalón tejano y zapatillas de deporte los saludó, invitándoles a entrar en su despacho.
Bruno vio en él al mísmisimo Diablo. Laura, a Dios. Cuando salieron, los dos estaban convencidos de que el Infierno existía.
El camino de vuelta fueron pensamientos, seguramente los mismos para ambos: la tragedia, el Infierno y el final de una etapa.
Bruno pensaba en la soledad. Laura, en la soledad de Bruno. Al llegar a casa Bruno se fue a la cama. Y Laura. Y Lucas. Pero no hablaron. Anoche no hablaron.

Al despertarse el día, los primeros rayos de sol impactaron sobre los ojos de Laura. Lentamente, aproximó su mano derecha semiabierta hacia Bruno y alcanzó sus genitales. Los acarició despacio, con más esperanza que convicción. Bruno se despertó con la fricción y, de un brusco manotazo, apartó la mano de Laura que, sin palabras, se levantó para llegar al cuarto de baño. Cerró la puerta y entre sollozos, lágrimas y tristeza orinó con ambas manos en su rostro.
Al salir, Bruno estaba en la cocina, preparando el desayuno.

-Hola guapa. Perdona por...
-No te preocupes.
-Sí me preocupo. Claro que me preocupo. No sufras más por mí. No tengo remedio. No lo pongas más difícil.

Laura creyó reconocer, en el diagnóstico del doctor, el Infierno, pero Bruno le iba a demostrar que una vez en él todo quema, incluso lo que más quieres.

-Tenemos que hablar, Laura.
-Estoy leyendo el informe del doctor. Dice que...
-Deja el informe. Ya sé qué dice. Lo mismo que ayer. Déjalo ya, anda. Quiero hablar contigo, debo decirte algo.

Laura no quería escuchar a Bruno, no podía. Ya sabía qué rondaba por su mente. Se lo había insinuado antes de conocer el veredicto médico, sabía que quería dejarla. Lucas ladró. El silencio de un hogar en llamas sólo puede extinguirse con sonidos que, más que decir, muestran.

-Mira a Lucas, Bruno. Cuando lo castraron en la perrera...
-No me compares con Bruno, coño. Yo no soy un perro, y una castración no es una disfunción eréctil. No voy a pasar más por ese tratamiento médico. Me niego. Soy un inútil.
-¿Ni por mí?

En esta ocasión, Lucas no remedió el silencio. Laura lloraba mientras Bruno deshacía una galleta con las manos.

-¿Sólo me quieres por el sexo, Laura?
-No digas gilipolleces, Bruno.
-No sé. No estoy muy fino para discutir ahora. Sólo joderé más tu vida.
-Bruno, yo lo digo por ti, sé lo importante que es para ti el sexo.
-Y yo pienso en ti. Tú también necesitas el sexo.
-Pero te necesito mucho más a ti, al Bruno que no piensa sólo en eso. Además, ya escuchaste que el doctor dijo que puedes tener hijos.
-Sí, pero...
-Bruno, que seas impotente no significa que no podamos hacer el amor, sino que no podrás penetrarme.
-Yo no podré disfrutar con el sexo.
-Podrás hacerme disfrutar, Bruno.
-No sé Laura. Estoy jodido. Esto es jodido.

Laura besó a Bruno, recogió la mesa y se quedó en la cocina, lavando los platos. Le relajaba lavar los platos.
Bruno recogió todas las películas porno que había visionado durante los tres últimos meses y las tiró en la papelera de la cocina, mientras Lucas le perseguía ladrando.

-Laura, tú no me dejarás nunca, ¿verdad?
-No por cosas como ésta, chulo.
-Bueno, voy a sacar a Lucas, que está pesadito.
-Vale, tontorrón.

Después de besarse de nuevo, ella sintió que el olor a azufre se había disipado.

Bruno y Lucas jugaban en el parque con una pelota. Los dos parecían felices hasta que el perro se fue detrás de Laika, la perra del vecino, que estaba en celo. Bruno se impacientó.

-¡¡Lucas!! ¡¡Lucas!! ¡¡Ven aquí, enano!!
-Pero déjalo, tío. Si tu perro no puede dejarla preñada.
-Que no pueda penetrarla no significa que no pueda tener hijos, Joaquín.¡¡Lucas!!

Al escuchar de nuevo la voz de su amo, el perro alzó sus pequeñas orejas y volvió corriendo y sonriendo, meneando el rabo con chulería, enseñándole a Bruno que la felicidad reside en las pequeñas cosas y que ni el más grande de los problemas podría dañar un amor como el que Bruno sentía por Laura.

-Lucas, creo que te voy a dar un hermanito, pequeñín. Vamos a decírselo a Laura. Ya verás qué contenta se pone.

Le puso la correa, se despidió de su vecino y, al llegar a casa, Bruno le dijo a Laura que quería tener un hijo con ella. Laura lloró de alegría. Y Bruno. Y Lucas ladró.

Cabeza de chorlito

Un día apareció, por lo que fuera, un personaje de cuento que no sabía que era personaje de cuento porque nunca antes se había contado su historia. Él vivía en el bosque de los personajes de cuento como todo personaje de cuento antes de ser personaje de cuento, y se pasaba todo el día y toda la noche dando vueltas sin saber el motivo.
Al principio todo era sencillo, pues en el bosque de los personajes de cuento la vida era bucólica. Pasado un tiempo la cosa fue empeorando ya que pasear está bien pero, cáspitas, llega un momento que cansa, como todo. Cuando se cansó de pasear se sentó en el lugar que queráis, no importa, supongamos que en un tronco hueco a la sombra de un alcornoque. Allí estuvo otros mil trescientos cuentos más hasta que se cansó de estar sentado porque, cáspitas de nuevo, todo cansa, y se puso en pie. Al ponerse en pie dijo:

-

Y empezó a caminar otra vez. Pasaron cinco mil cuentos más y se cansó de nuevo; entonces decidió tumbarse a la sombra de un pino. Pasaron dos cuentos más y una piña le cayó en la cabeza.

-

Dijo el personaje de cuento que no sabe que es personaje de cuento y, al momento, de la piña salió un gusano amarillo fosforito con los ojos verdes tonalidad rana dardo del amazonas.

-¡¡Hola Cabeza de Chorlito!!

Dijo el gusano.

-

Dijo Cabeza de Chorlito.

-¡¡Vaya!!¡¡Parece que no te han enseñado a hablar!! ¡¡La profecía!!!-Dijo el gusano con la mandíbula, los ojos y la lengua desorbitados y esas cosas de histéricos.

De un salto salió huyendo, no sin antes mover sus diminutos pies ochocientas veces sobre el mismo punto, en un intento de coger el máximo de carrerilla posible.
Lo bueno que tiene escribir cuentos es que puedes dar marcha atrás cuando quieras, y eso es lo que hizo el gusano, o yo mejor dicho, que soy el que tiene el control de todo, aunque el que se mueva sea él.

-¡¡Vaya!!¡¡Parece que no te han enseñado a hablar!! ¡¡La profecía!!¡¡¡ Eres El Enviado!!!


-

Dijo Cabeza de Chorlito.

-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Cuentacuentos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
-¡¡¡¡Cuen-ta-cueeeeeeeeeeeeeeeeen-toooooooooooooooooooooooos!!!!
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡ Que te hablo a ti !!!!!!!!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ Al que está escribiendo esto, demonios!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
-¿A mí?
-¡¡¡¡Sí membrillo sí, a ti!!!!
-Esto me está afectando demasiado.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Mem------bri------lloooooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
-Dime... dime... pesadilla de gusano.

El gusano me dijo que las piñas dan piñones, y que en el bosque de los personajes de cuento que no saben que están esperando a ser los personajes de un cuento cada piñón representa una letra o un signo. Tenía que hacer lo que fuera para que Cabeza de Chorlito se comiera todos aquellos piñones porque si no jamás aprendería a hablar. Al decirme esto, el gusano, al que llamaremos Paralelepípedo porque es un nombre que siempre he querido ponerle a un personaje de cuento, puso pies en polvo rosa, porque siempre quise, desde pequeñito, poner a alguien en polvo rosa. Luego mi abuelo me enseñaría que no se dice en polvo rosa, sino en polvorosa, pero esa es otra historia que será contada en otro cuento.

Cabeza de Chorlito desmenuzó la piña piñón a piñón y rompió los piñones a piñón, porque tampoco es plan de que se pase todo el día rompiendo frutos secos caídos de un árbol, más que nada y menos que todo porque no es algo muy divertido.
Una vez tuvo todos los piñones abiertos, acción que llevó a cabo gracias a una piedra que creé especialmente para ese momento y que en otro cuento usaré para fabricar un péndulo mágico que teletransporte hacia la luna a un protagonista que ahora debe estar deambulando por el país de los personajes de cuento y que aún no conozco para (esperad un momento, que cojo aire) sacar de sus miserias a tres personajillos que tengo allí un poco olvidados.

-Membrillo, creo que se te está yendo de las manos el cuento.
-Lo sé, lo sé. ¿Por dónde íbamos?
-Tienes a Cabeza de Chorlito con los piñones en sus manos y no sabe qué hacer. ¡Ah! Y es El Enviado de algo.
-Vale, vale. Gracias.

En ese momento apareció un oso hormiguero y, vaya por dios, se comió al gusano. Sí sí, ya sé que los osos hormigueros comen hormigas, pero seguro que algún gusano de vez en cuando se interpone entre su trompa y las hormigas, y si eso nunca sucede, en este cuento sí.

Cabeza de Chorlito fue comiéndose, en un principio, uno a uno los piñones, pero me cansé de esperar tanto tiempo y, al llegar al cuarto, se metió los restantes del tirón en la boca. Como buen maestro bocazas que tuvo en Paralelepípedo, ni se ahogó ni nada por el estilo, sólo que tardó un poco más en tener la boca libre para poder articular su primera palabra. Y así fue cómo conseguí que mi protagonista poseyera las letras y los signos.

-¡¡Me cago!!

Son cosas de todo iniciado en el arte de hablar. Cabeza de Chorlito no quiso decir eso, pero su estómago no había digerido correctamente todavía el sonido de la eme y de la ce, así que aproveché ese tiempo que le faltaba para acabar la digestión en liarme uno de esos cigarrillos de tabaco que permiten que pueda fumarme unos tres paquetes por el precio de uno y que, según dicen, son menos malos, o más buenos, que los que van en cajetillas.
Lo malo que tienen estos cigarros son los prejuicios de la gente, que te ven por la calle liándote uno de ellos y se creen que eres un drogadicto, y da igual que tengas la bolsita expuesta en tu rodilla a modo de cartelito que diga “no es un porro, es simplemente tabaco de liar”. Sólo algún que otro viejito se acerca y te dice:

-¿Aún se vende picadura?
-Sí señor, aún se vende.

Lástima que luego escuchara cómo le decía a su mujer:

-¿Has visto? Ese chico se fuma los porros con picadura.
-¿Veneno de avispa?- Creo que dijo la vieja.
-No ,mujer, degeneras. Picadura de tabaco.
-¿Pero el tabaco no es una planta?¿¿Entonces es un animal que pica??
-Mujer, la hoja picada, la hoja picada.
-¡¡Ahhh!!¡¡¡Vale!!! Esta juventud no sabe qué hacer para no trabajar.

-!!Qué mago!!-Consiguió decir por fin C.C. ( las abreviaturas ayudan cuando uno quiere acabar el cuento pero no llega el fin o, mejor dicho, no quiere ponerle aún el puto, perdón, las prisas, punto final porque parece como que el cuento queda cojo, sin saber de qué es El Enviado Cabeza de Chorlito ni para qué ha nacido en el bosque de los personajes de cuento).

FIN.

-Oye.-Dijo el gusano
-Oye.-Dijo el gusano otra vez.
-¡Eh!¡Tú!. Ahí arriba.-Dijo el gusano por tercera vez.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Mem-briiiiiiiiiiiiiii-llooooooooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!-Gritó el gusano.
-¡¡Coño!! Esto... ¡¡¡Cáspitas!!! ¿Pero tú no estabas muerto? Te recuerdo que te he matado, que un oso hormiguero te ha absorbido.
-Sí, claro, pero tú no sabes que mi carne es asquerosa y que produce alergia en ese oso hormiguero. Sólo tienes que ver cómo se le ha inflamado la trompa. Jajajaja. Ah, y ya puestos, te diré que has aumentado en uno tu querida colección de palíndromos.
-¡¡Recórcholis!! Pues es verdad. Y bien, ¿qué quieres? Y sí, apunto oso.
-Tío... no puedes acabar así un cuento, es un final patético. Tú te crees que sí, que eres el jefe y aquí se hace lo que a ti te da la gana, pero piensa un poquito en los demás, anda, no me vayas de egoísta por la vida, aunque escribas sólo para divertirte.
-Vamos a ver Paralelepípedo, escúchame un momento que veo que aquí hay un conflicto de egos enorme. Para empezar, te diré que te he matado, que has muerto, caput, adiós, bye bye, ok?
-Sí, lo que...
-Que te calles, pesado. Espera, que voy a hacer una cosita.
-Ok.

En ese momento, decidí ponerle a nuestro Paralelepípedo querido una cremallera en la boca, cerrársela, coger un candado, abrirlo, meterlo por el agujerito de la piececita de la cremallera que no sé cómo se llama y cerrarlo. Os preguntaréis:
-Muy bien, cerrarlo, pero habrá que pasar el candado por otro agujero para que surta el efecto deseado, ¿no?
-Eso eso.
-Mira que eres pesado, Paralelepípedo... Y a vosotros, malpensados, mirad lo que hice antes de cerrar el candado.

Entonces cogí al gusano de los cojo... cojo... cojo al gusano y le hago un nudo.
-Has cambiado el tiempo verbal, cuentacuentos de pacotilla. Además, yo no tengo cojo-de-esos-que-dices-tú, tururú.
-Da igual. Mira. Te hago un nudo y paso el candado por entre el nudo y el chisme ese de la cremallera, lo cierro y ya, a partir de ahora, no puedes hablar.
-Te estás desviando del cuento, torpedo...
-¡¡¡¡¡¡¡Pero cómo demonios puedes hablar!!!!!!!
-Telepatía mendrugo, y te recuerdo que si yo hablo es porque el cuentacuentos quiere, que conste, ¿o es que has perdido el control, juglar de pacotilla?

Lo siento, ya no puedo más, así que acabaré con todo esto de una forma rápida.
Cabeza de Chorlito consiguió encontrar el antídoto para salvar a la princesa de su enfermedad, que consistía en escuchar eternamente la voz de Paralelepípedo, pero no sé cómo se las arregló para hacer que ese endemoniado bichejo se introdujera en mi cabeza para desaparecer de la de su querida princesa.
Ahora el que vive jodido con el gusanito soy yo, así que os pido que, por favor, me suministréis el antídoto lo antes posible, porque esto es insufrible.
Y algunos vivieron felices y pescaron con lombrices hasta acariciarse las varices.

-¡¡De las narices!!

jueves, 15 de octubre de 2009

Aventura de una ballena

Todas aquellas palabras que en su época fueron escritas permanecen en algún lugar, me decía mi madre cuando me relataba un cuento antes de irme a dormir. Desde su muerte, todo ha ido cambiando para mal, y la vida en el mar ya no es lo que era. Antes, vivía rodeada de maravillosos seres acuáticos que alegraban la vista y, de vez en cuando, para qué negarlo, el estómago. Pero ahora todo es distinto, pues debo ir con cuidado con lo que me llevo a la boca, ya que no es nada extraordinario, en estos tiempos, zamparme seres rarísimos, como por ejemplo unos de un material fino que, aunque es cierto que se aplastan con facilidad, cortan y me arañan la lengua.
El fondo marino ya no es verde vegetal o blanco coralino; además, cada vez quedan menos peces con los que charlar, unos por miedo a ser engullidos y otros por misteriosas desapariciones. De vez en cuando, como en este preciso instante, se introducen en mí unos seres inanimados que maltratan mis cavidades estomacales, aunque el tiempo me ha enseñado a convivir con ellos.

Hace muchos años, y os pido perdón con antelación si mi verborrea llega a ser agotadora, uno de estos extraños parásitos me hizo padecer una situación..., bueno, mejor os cuento y opináis vosotros mismos.
Mientras conversaba con mi amiga Tortuga Trotamundos, que acababa de llegar del Valle del Agua Multicolor con noticias frescas sobre la Guerra Oceánica que allí se libraba, algo extraño se me introdujo en el estómago y noté, al cabo de poco tiempo, un pinchazo leve en el corazón. Fue muy tímido, casi inapreciable pues apenas lo notaba, pero de vez en cuando sentía como si algo descendiera por él y se introdujera en lo más profundo de mi corazón. Notaba un cosquilleo placentero, placentero pero molesto, en realidad más molesto que placentero, para qué negarlo, tan molesto que creí que el fin de mi vida había llegado. Pero no fallecí, parecía como si el destino de ese ser, que se había aposentado en mí con artimañas poco venerables, era vagar por el mundo a costa de mi cuerpo.

En un primer instante hice caso omiso al leve y extraño pinchazo, porque hablar con Tortuga Trotamundos no era algo que solía ocurrir cada día en el fondo marino. Estuvimos conversando durante tres días seguidos, comiendo plancton, bebiendo licor de seres unicelulares que tanto nos hacía sonreír, durmiendo en las conocidísimas camas coralinas, hasta que llegó el día de partida de mi gran amiga.
Después de su irremediable marcha, empecé a dar saltos y saltos y más saltos, tantos que aún hoy los doy para celebrar aquellas memorables tertulias. Sentía como si tuviera algo en mi interior que no dejaba de hacerme cosquillas. Como aquí, el Reino de la Ballena Huin, el único habitante es la ballena Huin, o sea, yo, emprendí un viaje en busca del antídoto que me librara de aquel pinzamiento, un viaje que aún hoy recuerdo al notar que algo del exterior se introduce en mis entrañas.
Todo empezó, como bien os he dicho anteriormente, al marcharse Tortuga Trotamundos del reino que me fue adjudicado cuando mi madre, la ballena Suin, murió. Suin era una ballena muy vieja y empezaba a contar relatos agobiantes, inverosímiles y repetitivos sobre las legendarias batallas contra seres del ultrafondo marino, signo de muerte cercana para las ballenas, pues se te acaban secando las neuronas y plaf, adiós animal mítico.

Pues bien, al partir mi vieja amiga hacia el Valle del Agua Multicolor, un pinchazo me recordó que, tres días antes, un ser extraño entró a formar parte de mí sin mi consentimiento. Lo peculiar no fue el hecho, sino las consecuencias que provocaron en mi mente. Yo sabía que aquello no podía matarme pues, aunque un poco vieja, seguía siendo fuerte y poderosa, pero no soporto, y creo que jamás podré soportar, las cosquillas.
Empecé a saltar y saltar, y a darme golpes y más golpes contra la montaña coralina que, por aquel entonces, era mi morada. Cuando desapareció el cosquilleo, descubrí que, con él, también se había esfumado gran parte de mi reino, que yacía en ruinas en el fondo del mar. Ante esa catastrófica situación, decidí ir en busca de mi amiga Tortuga Trotamundos. Desgraciadamente, por aquellos tiempos yo nunca antes había visitado el Valle del Agua Multicolor, pero conociendo a mi amiga y con la inestimable ayuda de mi intuición, estaba segurísima de que no me pasaría nada que no estuviese en el guión previamente analizado con meticulosidad: si la tortuga se fue en dirección sur, mi camino era el sur.

Yo tenía ciento treinta y cuatro años marinos, y ésa fue la primera ocasión que tuve para conocer el exterior de mi reino, y todo gracias a una desgracia inoportuna e inesperada. No conocía a nadie, pero mi capacidad para resolver los problemas con la única ayuda de los elementos que me rodeaban me ayudaría a salir intacta, airosa e invicta de aquel largo aletear, estaba convencida.
El principio de lo que debía ser el sur estaba mucho más sucio que mis tierras y mis aguas, y si yo habitaba sola, ese territorio por el que pululaba cual elemento migratorio parecía también desolado.
Todo era negro; la ausencia de seres debía estar provocada por esa negritud siniestra y acongojante, por ese silencio tétrico y fúnebre que turbaba mi bienestar. La oscuridad era absoluta, no podía ver nada, aunque quizás fuera que, en realidad, no había nada, nada de nada. No recordaba ni tan siquiera cómo había llegado hasta allí, así que dejé de nadar y permanecí inmóvil, condenada por un trance jamás vivido por mí. En aquella terrible soledad recordé el lugar del que procedía, fue como una luz que me atravesó las neuronas, y pensé que cómo podía ser que aquella oscuridad sensorial tan potente no hubiese ganado terreno en mi reino.
A veces todo es cuestión de tiempo, y mientras pensaba en esa curiosa circunstancia, apareció ante mí, como un jinete apocalíptico que viene a mostrar el fin del mundo, una luz cegadora que invadió mi ser. Era brillante, muy, pero que muy brillante; parecía la esencia del sol concentrada en un diminuto personaje amorfo de aparencia simpática y de anhelo salvador.
-No te conozco- me dijo el bichejo extraño.
Yo me estremecí ante sus primeras palabras, supongo que por la novedad del ser que ante mí se dibujó y por su estúpida aclaración.
-Yo tampoco tengo el placer de conocer a semejante apariencia- le respondí trémula e irreconocible pero con el porte que deben mostrar las reinas en sus palabras.
-Mi deber y obligación es proteger la oscuridad que reina en esta tierra y este agua, que están irremediablamente destinadas a formar el reino más precioso una vez ocurra lo que durante neones de años llevo esperando- dijo ante mi estupefacción.
-Bien, pues yo soy la vecina de al lado- le dije con seguridad.
-Eso es imposible, mentirosa-me dijo la amorfa luz.- La Ballena Suin murió sin descendencia y nadie se ha aproximado a su reino por respeto a su ser eterno y sus tierras.
-Pues no sé qué quieres que te diga, ser ingenuo e incrédulo. Escéptico de nacimiento pareces, pues usas palabras que desafían a mi dinastía. Si observaras más y mejor, apreciarías en mi cuello el collar de una saga eterna, inmutable y única, una saga que jamás desaparecerá, la Saga de las Ballenas del Mar de Coral.
-Perdone, Su Majestad...
-Y además, debo decirte que sí he recibido visitas, pues conozco lo acontecido en el mundo oceánico gracias a la Tortuga Trotamundos.
-¿La Tortuga Trotamundos? ¡Pero si murió hace siglos!- Dijo riéndose de mí.
-Sí, la Tortuga Trotamundos he dicho, y si no te lo crees mira este objeto que me regaló.
Saqué de mi buche, con la ayuda de un delicado eructo, un trozo del caparazón de la Tortuga Trotamundos que me regaló justo antes de partir.
-Perdone de nuevo, Su Majestad, pero creíamos...
-Creíamos, creíamos, siempre creer sin intentar, al menos, discutir nada. Pero no pasa nada, tranquilo. Tengo una curiosidad: ¿Qué dices que serán estas tierras después de que ocurra aquello que dices debe ocurrir no a mucho tiempo de hoy?
-De momento, oh Majestad, están únicamente destinadas a ser vigiladas por mí, pues existen muchos seres acuáticos que quieren conquistarlas dada su virginidad, material abstracto muy preciado en estos tiempos, ya que jamás ser alguno ha habitado en éllas desde su ancestral creación. ¿Y tú? ¿Como que has tardado tanto en salir de tu reino?- me preguntó el pequeño luminoso.
-Bueno, verás. Se me clavó algo en el corazón y me puse muy nerviosa, tanto que salté y salté hasta que mi reino quedó en ruinas.
-¡Pero qué dices! ¡El Reino de las Ballenas del Mar de Coral en ruinas, destruido por un ser invisible¡
-No, creo que no es invisible a tus ojos. Mira en mi corazón, ahí debe haber algo extraño, algo que no me pertenece.
La pequeña lucecita se introdujo en mí y, al llegar al corazón, miró con detenimiento y dedicación el curioso objeto y exclamó:
-¡Pero qué diente de agua es esto que ven mis ojos! ¡Jamás he visto semejante recta monocromática! Siento decirte esto, hija de la gran Suin...
-Huin.
-¿...Huin? Si era Suin la antig...
-Sí, pero yo soy Huin.
-De acuerdo, Huin. Siento decirte esto, pero yo no puedo ayudarte porque, según cuentan, el que me creó murió antes de darme forma y carezco de apéndices; soy un ser de la estirpe de los casi inútiles, pues sólo puedo vigilar y avisar. Vengo a ser algo así como la esencia de los no seres, algo que ni yo mismo entiendo.
-Bueno, pues me sentiré complacida si me dices cómo puedo salir de esta negritud apocalíptica y dónde se encuentra el sur.
-Vas bien, gran Huin; sólo debes seguir recto y preguntarle al Guardián de las Ostras Sagradas por el desvío correcto.
-Ohhhhh. Muchas gracias....
-Uhd.
-Pues muchísimas gracias, Uhd. ¡Hasta la vuelta!
-¡Espero que sea pronto y que te puedas desprender de tus cosquillas!
-Eso espero yo también, eso espero.

Y así fue como me despedí de Udh y él de mí. Seguí, como bien me había indicado El Guardián de la Tierra Virgen, todo recto. A medida que avanzaba, la oscuridad se hacía menos intensa, la iluminación crecía y el paisaje, que empezó de un negro confuso, se convirtió en un azul espléndido decorado por vegetales de todo tipo y peces muchas veces inexplicables, unos con aletas descomunales y otros, quizás mas curiosos que estos, carentes de ellas. Logré, por fin, divisar a tres atunes de mí aproximadamente a un personaje con cara de pocos amigos.

-Hola. Buenos días- le dije, como el ser educado que soy.
-Mira, ballena ingenua-me dijo-. Para empezar, los rayos de sol ya no avanzan por estas tierras desde hace un buen rato, lo que significa que no es de día, sino más bien de noche; continuando con las aclaraciones, si crees que son grandes días estar sentado toda una vida al calor de algo que ni tan solo aprecias es que eres tonta, personalidad de un ser no grato en mis dominios. A ver, quién eres, qué quieres, por qué estás aquí, cómo has llegado y cuándo llegará el glorioso momento de tu partida.
-Mira, maleducado. Soy la Ballena Huin...
-Encima mentirosa.
-... quiero que me digas dónde está el camino que conduce al sur...
-Ingenua.
-...estoy aquí porque me han dicho que el Guardián de las Ostras Sagradas...
-Ese soy yo.
-....pues bien, me han dicho que !tú¡ me ayudarías; he llegado aquí siguiendo el sur desde mi casa y con la inestimable ayuda del Guardián de la Tierra Virgen, y me iré inmediatamente después de que me digas qué dichoso desvío debo coger.
-¿Por qué quieres llegar al sur?
-¡¿Es que todos me vais a preguntar lo mismo?! Hace tres días se me clavó algo en el corazón, destruí mi casa intentando librarme de ello y necesito la ayuda de mi amiga Tortuga Trotamundos, mi amiga del sur, el único ser suficientemente dotado de inteligencia y medios corporales para extraer dicho sufrimiento.
-¿Y por qué crees que yo puedo ayudarte?
-Verás...¡si pusieras más atención! Tú no puedes ayudarme, sólo puede mi amiga la tortuga. Tú sólo debes indicarme el desvío correcto que conduce al sur y, como ya te he dicho antes, Udh me dijo que te lo preguntara a ti...
-¡Ese maldito Udh! ¡Cuándo dejará de meterme en sus asuntos!
-Si no le importa- le dije ya bastante cansada- darse un poco más de prisa... Es que me pica... no podré aguantar mucho... y eso puede ser muy perjudicial para estas tierras...señor...
-Mi nombre no te importa, ballena tonta. Sigue recto y, en la puerta dorada, te buscas la vida.
Impresentable, ¿verdad?. Pues veréis: me marché de allí sin despedirme, para hacerle notar que yo también podía ser maleducada y, justo cuando iba a llegar a la puerta dorada, me llamó.
-¡Ballena tonta!
-¡¡¡Huin!!!- le dije yo a viva voz.
-¡¡¡Ten esto, ballena tonta!!! ¡¡¡Sin este objeto jamás podrás llegar al sur!!!

En el fondo, no en el marino, aunque también, El Guardián de las Ostras sagradas era un buenazo, si bien es cierto que demasiado solitario y gruñón.
Lo que el Guardián de las Ostras Sagradas me alcanzó fue, según me comentó él mismo, un preciado objeto perteneciente a los habitantes de La Tierra de las Palabras. Lo deposité en el interior de mi boca y, después de despedirme com la reina que soy, me dirigí hacia la puerta dorada.
Una vez allí, cual fue mi sorpresa al descubrir que no se podía abrir. Entonces pensé que las palabras del guardián de las Ostras Sagradas se referían a que debía usar el objeto que me había dado para poder abrirla. Así que saqué el libro que me había dado y busqué en su interior una fórmula mágica o algo por el estilo.
La sorpresa no fue ni mayúscula ni minúscula, y es que lo más sorprendente de todo fue que el libro estaba en blanco. Miré alrededor en busca de ayuda y parecía que, de nuevo, volvía a estar sola en un nuevo mundo inexplorado. Había dos puertas: una diminuta y plateada con forma de eme mayúscula que, según una inscripción, conducía a La Tierra de las Palabras, y otra muy grande, enorme, descomunal, y cuyo letrero anunciaba lo que detrás de su magnificencia nos encontraríamos: Aguas de la Muerte Eterna. Me puse muy nerviosa, el corazón me latía a una velocidad de vértigo, lo que provocó que el libro se cayera al fondo marino abriéndose por la mitad exacta. No sé si fue por ese motivo, pero la puerta que conducía a las Aguas de la Muerte Eterna desapareció y se abrió la de la Tierra de las palabras. A veces, la solución es tan sencilla que perdemos mucho tiempo intentando adivinar complicados rompecabezas.
Ahora puedo decir que pertenezco al selecto club de los visitantes de esa tierra tan exótica. No os puedo contar gran cosa sobre élla, pues así me lo pidieron, pero sí que os diré como agradeciemiento a vuestra atención que, allí, las casas tienen forma de libros abiertos y de sus chimeneas emanan, sin parar, palabras que construyen cuentos. Me contaron que si alguna vez aquellas chimeneas dejaban de contar cuentos, los niños de la Tierra de las Palabras dejarían de crecer, y que eso comportaría la destrucción de un lugar que alimentaba la imaginación de todos los habitantes del mar.

Yo me encontraba asustadísima por la posibilidad de que algún día pudiera ocurrir esa desgracia, pero mi congoja creció cuando divisé que, de la chimenea del Palacio de la Tierra de las Palabras, un cuento relataba que el Gran Rey de las Palabras estaba convalesciente desde hacía tres días por culpa de una grave enfermedad y que, como siempre había ocurrido con sus antecesores, al tercer día la Puerta de la Muerte Eterna se abriría para él y como éste, dada su juventud, no dejaba descendencia, todas las chimeneas dejarían de regalar cuentos, con todo lo que eso significaba para el mundo marino.

Pero había una pequeña esperanza, una diminuta esperanza con la que concluía el cuento:
“Sólo un ser puede salvar al Rey de la Tierra de las Palabras, y ese ser viene de lejos; su reino está en ruinas y su corazón lleno de tinta”
Yo me reconocí en las dos primeras frases, pero en la tercera me di cuenta de que no podría hacer nada. Como soy una ballena optimista por naturaleza, pensé que dos frases de tres era una buena estadística y me presenté ante el rey, no sólo para que me ayudara a desprenderme de mis picores guiándome hacia el sur, sino para ver si podía servir de ayuda.
Los guardianes de palacio se estremecieron al verme y, después de saludarme con vehemencia, las puertas se abrieron. Pensé que todo aquello resultaba un tanto extraño; llegué a la conclusión de que la guardia real eran seres muy preparados y, por ese motivo, reconocieron el Collar de la Dinastía de las Ballenas del Mar de Coral y, así, entré sin problemas ni pregunta alguna.
Al llegar a la estancia real, que en realidad era la única estancia, el rey, sudando lágrimas y llorando sangre, me dijo con un leve hilito de voz:

-El libro, el libro, cuéntame lo que cuenta, cuéntame el cuento.
-Sus páginas blancas son, Mi Majestad- le dije yo con seguridad y un poco extrañada.
-No. Te equivocas. Tú eres la elegida. He leído tu cuento infinidad de veces en la chimenea de Tortuga Guerrera.
-Oh mi rey, lamento decirle que es mi alma noble y mi reino en ruinas se halla, pero mi corazón no está de tinta relleno.
-El cuento Huin, cuéntame el cuento.
Tras estas palabras el rey desfalleció, y yo estuve a punto de acompañarle en su desvanecimiento al escuchar mi nombre, pues nunca lo había pronunciado en su reino. Creí que el fin del Reino de las Palabras había llegado y me quedé sin aliento. Pero aún había tiempo, según el médico real, pues aquello sólo había sido un desmayo.

¿Qué cuento debía contarle? ¡Si yo no sabía contar cuentos y, además, el libro estaba vacío!
Mi inteligencia, en ese momento, me dejó de lado; mi mente se quedó en blanco, como el libro, y volví a sentirme sola de nuevo en un lugar desconocido por mí. Pero, como ya os he dicho, en las situaciones límite suelen ocurrir cosas maravillosas y, aquel momento, fue el más glorioso de mi existencia, unos segundos repletos de sensaciones que, seguramente, jamás se repetirán en mi corazón.
Lentamente, se fueron dibujando en mi mente palabras. Cuando las pensaba, salían por mis ojos y se introducían en el libro, y al leerlas en voz alta, se creaban copias que salían del libro para introducirse por los oídos del rey. Fue un espectáculo en toda regla, maravilloso e inolvidable y, lo mejor de todo, es que no acababa todo ahí. Cuando las palabras se introducían en el rey, éste las pronunciaba en voz alta y ascendían por la chimenea de palacio con una sincronía y una coreografía dignas de los mejores delfines. De esa manera, todos los habitantes del lugar conocieron la buena nueva.
No recuerdo lo que duró el baile de palabras; sólo sé que, al llenarse el libro de éstas, el rey despertó y el cielo, que antes era oscuro y triste se transformó en lo que, desde aquel día, se conoce como El Cielo de las Palabras de Huin. El rey me dio las gracias efusivamente, y la reina, y sus hermanos, y todos los habitantes de aquella espléndia tierra. Me invitó a que me quedara a cenar y a disfrutar de la fiesta en honor a su nueva vida, pero no pude. El dolor en mi corazón era insoportable y necesitaba encontrar a Tortuga Trotamundos. El monarca me dio las gracias de nuevo, me regaló el libro y, después de indicarme el camino hacia el sur, me despedí de ellos con una sonrisa enorme.

Al salir de aquellos inolvidables parajes los pinchazos desaparecieron. Pero lejos de sorprenderme por eso, otro acontecimiento novedoso se presentaba ante mí, pues me econtraba de nuevo ante la Gran Puerta Dorada aunque un poco modificada, ya que ahora, en élla, había una inscripción:
“Sólo el Salvador podrá pasar por esta puerta.”

En la puerta no había pomo y, en lugar de ello, observé una rendija del tamaño de un libro. Gracias a mi gran inteligencia deduje que debía introducir el libro. Y eso fue lo que hice y, al hacerlo, la puerta se abrió desgraciadamente para todos los que desean conocer el cuento que salvó al rey, pues en mi mente no se quedó grabado, supongo que por el trance en el que estaba sumida al pronunciarlo. Aún así, si queréis conocerlo, sólo tenéis que visitar la Tierra de las Palabras y, seguramente, allí lo encontraréis brotando de alguna chimenea. Y lo mejor de todo es que no sólo podréis encontrar mi cuento, lo mejor de todo es que allí podréis leer todas aquellas palabras que en su época fueron escritas.
Como decía, al introducir el libro en la puerta ésta se abrió y desapareció con cuento incluido. Ante mí pude ver a un ser de aspecto divertido. Mi madre, la Ballena Suin, me había hablado de ellos cuando me relataba los cuentos que no se han olvidado gracias a la memoria de los ancestros y los libros. Jamás pensé que aquella belleza que creí invenciones marítimas pudieran existir en realidad.
Era una diminuta piedra dorada de pequeños ojos azules, sonrisa amable y que desprendía un polvillo al batir sus alitas de sal multicolor. Mi madre decía que gracias a sus alas el mar era salado y por eso cambiaba de color.
-¡Oh ballena Huin, qué agradecidos te estamos todos!. Sin el poder de tu imaginación mis alitas se habrían quedado sin sal y sin color, el Valle Multicolor estaría en ruinas y las Fuerzas Oscuras se habrían apoderado del fondo marino. Has sido nuestra salvación.
-Bueno, no creo que merezca tal honor. En realidad no recuerdo nada del cuento, así que no creo que fuera yo quien lo inventara.
-No seas modesta, Huin.Ese cuento lleva en ti desde que naciste, y desde que naciste tengo el deber de concederte un deseo en el momento que salvaras todo nuestro mar.
Un deseo. Para ser sinceros, un deseo es un gran regalo, pues todos tenemos muchos deseos que posiblemente jamás se lleguen a cumplir; pero en aquel momento yo deseaba con todas mis fuerzas sobre todo una cosa, una cosa por la que había arriesgado mi vida.
-Un deseo es un gran regalo- le dije-, pero mi mente está llena de ellos y no sé cuál me conviene más. Mi reino está en ruinas...
Ante estas palabras, El Hada del Valle Multicolor, que así se llamaba, dijo ante mi asombro:
-Ballena Huin. El Mar de Coral es hoy el lugar más bello del ultrafondo marino; en la Tierra de las Palabras no dejan de expulsar cuentos sobre ti, y supongo que te habrán contado que esos cuentos se hacen realidad. No debes preocuparte por tu reino, pues ha dejado de ser lo que fue.
-¡Oh Hada del Valle Multicolor! ¡Qué dichosa soy!

En ese instante, mi corazón volvió a encogerse de dolor. Creía que iba a destruir el Reino del Hada del Valle Multicolor, así que le pedí que, como deseo, me concediera el poder ver a mi amiga Tortuga Guerrera.
Jamás, y cuando digo jamás me refiero a hasta ahora, he sentido tanto dolor como cuando el Hada me dijo que mi amiga había muerto mientras se dirigía a dar noticias sobre la guerra a casa del Rey de las Palabras. El dolor cesó de golpe, y apareció ante mí el espectro de mi amiga, de mi vieja y querida amiga.
-No llores Huin. A veces tiene que morir alguien para que muchos sobrevivan. Mi vida debía acabar haciendo lo que más deseaba: avisando a la gente de los sucesos malignos que suceden en nuestras tierras para que no se vuelvan a repetir. Ahora debo pedirte algo, debo pedirte que me reemplaces en mi trabajo.
-Será un honor para mí, Mi querida Tortuga Trotamundos, será un honor.
Y ésa fue la última vez que oí a mi amiga y la última vez que sentí un pinchazo en mi corazón pues, acto seguido, le dije a la Gran Hada que enviara lo más lejos posible de nuestro mundo a ese ser que me hacía cosquillas con su tinta negra.
Y creo que así lo hizo, pues hace mucho tiempo de esta historia y mucho tiempo que no me pica el corazón.