martes, 20 de octubre de 2009

Saga o El lesbianismo de la erre

Dicen que la infancia puede ser una época traumática y condicionar el resto de tu vida. Yo tuve buena suerte, y recuerdo con una sonrisa mi único defecto destacable en esa diminuta etapa: el lesbianismo de la erre.

Cuando la decimonovena letra del abecedario se unía con una de su misma condición sonora, una erre se convertía en un eje tímido en mi boca; una carretilla en una cajetilla torpe; una rata en una gata agresiva. Hasta entonces, no había tenido problemas para comunicarme con los demás, pues casi todos hablábamos fatal a esas edades.
Tenía un amigo que las pronunciaba todas mal y de esa manera él no tenia boca, tenía zapato y una lengua de trapo. Otro, no se llevaba bien con la ese, y transformaba al sueco en zueco. Por suerte, creo, ellos nunca se enteraron. Otro más, tenía el mismo defecto pero al revés: transformaba la ce en ese o, lo que es lo mismo, a los zuecos en suecos.

Recuerdo una vez, en clase, que el profesor de geografía nos estaba hablando de los queches, unos barcos que usan en los mares del norte, y le preguntó al de la ce el gentilicio de Suecia, supongo que por la proximidad y para ver nuestra cultura a esas alturas de la vida. Como no acertó y debió pensarse que se estaba mofando de él, a juzgar por las risas de todos nosotros, o que necesitaba trabajo extra, le hizo copiar la palabra “suecos” cien veces. Ese día, empecé a intuir que el sistema educativo de mi país no funcionaba muy bien, algo que corroboró, unos días más tarde, el profesor de lengua, cuando le preguntó al de la ese como se llamaban los zapatos de madera que se usan en Holanda. Éste no le hizo copiar cien veces los tristes zuecos, sino que lo dejó sin patio o, lo que era lo mismo con el profe de lengua, copiando un trocito de El Quijote. El chico de la ese no es un gran aficionado a la lectura y, el de la ce, dice que nunca irá a Suecia. Pero creo que el más divertido era yo a la hora de preguntar algo en clase de matemáticas y convertir al profe en Don Jamón. Yo me ruborizaba, normal a esas edades, pero el profe tenía tablas, supongo que por ser de matemáticas, y no me dijo nunca nada. Se me daba bien, en esos lejanos tiempos, esa asignatura.
Superado el trance ocasional en clase, nos dejaron de hacer gracia los defectos lingüísticos de los demás, y pasamos de mofarnos de lo mal que hablábamos a hacerlo por nuestras anomalías físicas. Entonces, mis padres tuvieron la entrañable idea de cambiar de piso. Yo estaba contento, entusiasmado y eufóguico, hasta que la cruda realidad me transportó, de nuevo, al lesbianismo de la erre.

Mi primer contacto social con los niños de aquella zona de la ciudad fue desalentadora a la vez que instructiva y, cada vez estoy más seguro, el momento que más ha marcado mi personalidad. Ocurrió que, mientras estábamos jugando un partido de fútbol, en una solana despiadada al lado de una obra, una rata apareció encima de una carretilla de esas con las que se cogen los escombros, y dije exaltado:
-¡¡¡Que en la cajetilla hay una gata!!!
Todos me miraron con una cara rara, por aquel entonces caga jaga para mí, y es que en aquellos tiempos mi arte paranoico aún no se había difundido por todo el mundo, así que repetí con una añadidura:
-¡¡¡Que en la cajetilla hay una gata, que no me salen las ejes!!!
El partido se volvió a parar para todos menos para mí, pues yo debí pagar, porque cuando la erre no sonaba fuerte sonaba timida, y se mutaba en ge en mi boca, consonante que, más tarde, aprendería que misteriosa y delicadamente se podía transformar en un punto, convirtiendo asimismo a las chicas tímidas en torbellinos.
Me dijeron que si no tenia ganas de jugar que me fuera con las niñas a darle de comer al muñeco. Ahí supe que, a pesar de venir del barrio más conflictivo de toda la ciudad, mis nuevos amigos no iban a regalarme nada. Eso hizo que saltaran las alarmas en mi cuerpo, y en un acto promovido por la testosterona, si es que a esas edades se puede tener de eso, me propuse pensar antes de hablar.
Teníamos un vecino que se llamaba como el profe de mates, pero no podía desafiar a mis nuevos amigos, así que, como en aquel barrio también estaban en la fase fisico-despectiva, yo le llamaba conejo, una palabra que se me daba mejor que a todos los demás. Fue el niño que más faltas me ha hecho jugando a fútbol en toda mi vida. Lo recuerdo con nostalgia; somos así las personas cuando los años nos desvuelven recuerdos.
Fue de esa manera que me convertí en una persona callada y pensativa y, con los años, dirían las madres, muy observadora, tímida y bohemia. Nada más lejos de la realidad: el hecho de tener que pensar en lo que iba a decir era un lastre enorme para un chico de esa edad.

Con el paso de los días, me fui dando cuenta de que mi actitud no me ayudaba a ser una persona muy querida en el parque en el que jugábamos a fútbol, así que me armé de valor y fui a hablar seriamente con mi madre, decubriendo que, lo que para mí era un enorme escollo, para ella era una nimiedad divertida y sin importancia.
Así, estuve peleando internamente con el lesbianismo y todas sus consecuencias varios años, hasta que, un día, mi profesora de lengua se puso enferma. Aquel día jamás se me olvidará.
La sustituta era la chica mas bonita que había visto en mi vida, con su pelo negjo y jizado, su cuejpo delicado y delgado, sus pechos, ya nos fijábamos en esas cosas, supongo que por la genética masculina, esbeltos y sigilosos, sus manos agasajadoras...qué momento... Saga... Jamás se me olvidarán su nombre y la primera vez que lo pronuncié.
Recuerdo que, para calificarla, intentaba utilizar palabras con ge y jota, que eran mis favoritas. De pequeños hacemos cosas que, de mayores, nos hacen envidiar a los enanos que vemos pululando por la vida.

Llevaba ya varios días con nosotros, y yo no había abierto la boca en su clase, preocupado por no quedar mal ante mi Laura petrarquiana, mi Beatriz dantesca, mi Dulcinea cervantina. Nos había mandado buscar en el diccionario cinco palabras y, ese día, parecía como si nadie tuviera ganas de decir que lo había hecho. Ella se exaltó, y a mí no me gustaba ver a mi princesa enfadada, así que le dije: “Yo lo he hecho, Saga...”, y toda mi clase, al unísono, se volvió a reír por un defecto lingüístico en mi habla. Yo la migué, me juboguicé y agaché la cabeza, algo que se me daba muy bien, y ella me regaló una sonrisa que aún recuerdo cuando algo me sale mal delante de mucha gente.
Me preguntó que cuáles eran, y yo, con mi timidez temprana, se las dije. Al acabar la clase me llamó, y me pidió que me esperara. Pensé, iluso de mí, que se había enamorado, y no me salía el habla, aunque era algo en lo que yo ya tenía mucha práctica. Para mi desilusión, me dijo que si cada día me quedaba cinco minutos después de clase, llegaría un día en que podria decir la erre como todos los demás. Le dije que hablaría con mi madje y me fui cogiendo y jojo, que para mí era lo mismo que salir dispagado y cologado. Al llegar a casa, se lo dije entusiasmado a mi madre, y ella me dio permiso.

Las clases consistian en estirar la lengua de delante hacia atrás. Yo me pasaba los cinco minutos moviendo lo que mi compañero tiene de trapo, intentando, como ella me decía, tocarme la campanilla con la punta de la lengua. Años más tarde, compararía ese símil con el hecho de transformar las erres en ges y las ges en puntos.
Fueron dos semanas inolvidables para mí pues, además de tocar la campanilla, me animaba a leer en voz alta a su lado y a solas. Fue Saga quien me aficionó a la lectura, pasamos ratos memorables junto al Gato con botas, Hansel y Gretel y Caperucita Roja, aunque, a ésta última, yo la odiara en la intimidad.

Por esa época, mis bambas se habían joto de jugar a fútbol con el conejo y los demás, y mi madre me llevó a la tienda para que me comprara unas nuevas, con las que, seguramente, saltaría y correría más que nadie. Pasamos por un puente subterráneo y, ante mi, se cruzó un ratón. Alarmado y estupefacto, le dije a mi madre: “¡¡¡Mamaaaaaaaaaaa, un ratóoooooooooooooooon!!!”, y me quedé en silencio unos segundos. Incrédulo, le pregunté a mi madre si me habia oído, y ella me dijo: “Venga venga, que tenemos prisa, y además, un ratón no es peligroso, lo malo son las ratas”.
A esa edad, yo ya empezaba a pasar de mi madre porque me daba cuenta de que su mundo y el mío no iban muy a la par que digamos, así que empecé a saltar de alegría y supongo que, mi madre, pensaría que tenía un hijo con amigos imaginarios. Llegamos a la tienda y, orgulloso de mi perfección, le dije a mi madre que queria unas Reebok. Ella me dijo: “ Tú unas Europaz, como tus hermanos”, pensé la palabra y salté de alegría mientras gritaba: “ ¡¡¡Bien bien, unas Europaz!!! ¡¡¡Euro!!! ¡¡¡Euro!!! ¡¡¡Euro!!! ¡¡¡Europaaaaaz!!!”. Mi madre pagó, se diculpó por tener un hijo alegre y, al llegar al parque para jugar con mis superbambasnuevasquesaltanycorrenmásquelastuyas llamé al conejo, por primera vez, por su nombre y, desde entonces, es mi mejor amigo.
En ese momento, mi vida pasó a ser lo normal que puede ser la vida a esas edades, menos con Sara, que fue Saga hasta el último minuto de su última clase de sustituta.