domingo, 18 de octubre de 2009

Sobre áboles, nubes y soles

Me dijiste: "Los árboles son vividores pretéritos en otoño que en primavera camuflan su pasado con hojas verdes y, sin son presumidos, con flores de cualquier color". Que pases el tiempo podándolos ha llegado a crear en tu mente un delicado entramado de ramas y letras que definen vagamente la sensibilidad que atesoras en ella.

El día que llegaste a esa conclusión era de un frío terrible, uno de esos días invernales de bufanda y gorro de punto, guantes de lana, chaqueta hasta el cuello y pantalones de pana. Te paraste frente al árbol que tapaba la visión de la montaña y decidiste que ya era hora de cambiar tu punto de vista. Agarraste unas tijeras y, ni corto ni perezoso, cortaste que te cortaste hasta que cortaste casi todas las ramas. Al acabar tu obra magna, observaste que el tronco de tu entrometido vegetal era una enorme I, una I de madera que ocultaba anillos en su interior. Lo que se presumía como futura copa engalanada de hojas y flores era ahora dos ramas pequeñas, tristes y eufemísticas de lo que podía llegar a ser si, con suerte, crecían y transformaban la i latina en i griega.

La suerte llegó y la i latina mayúscula creció al son del buen tiempo hasta convertirse en i griega; cuando el entramado de ramas, hojas y flores ocultó cualquier atisbo de letra en el olivo lo viste y, con gran entusiasmo, lo viviste. La realidad te mostró que no era sólo una i griega lo que se formaba en el árbol, sino que ésta podía transformarse también en una uve y una i latina mayúsculas. Entonces, tú me decías que era más lógico que un árbol diera uves e íes latinas que sólo íes griegas, y más en ese, no obstante, te estaba recordando que cuando no existían flores y hojas, tras él, viste la montaña.

Te dije: " Las nubes son montones de oes superpuestas que moldeo cada día para que a tus árboles no les falte agua".
Estar todo el día creando nubes con vapor de agua puede llegar a resultar un acto altruista, pero ese término no existe en este mundo. Al crear nubes yo me sentía realizada, y el hecho de regalárselas al cielo sin pedir nada a cambio era sólo una manera de quitármelas de encima para poder seguir esculpiendo. El proceso era sencillo: calentar el agua del río que crecía en la montaña donde vivo con una fuente térmica; el resto, un acto de la naturaleza más que humano. Las oes las formaba sobre el agua y sólo tenía que mover mis manos alrededor del vapor para que no subieran; de esa manera, los circulos se iban uniendo y cuando yo creía que la nube era suficientemente grande, la dejaba volar .Después llegó el día que ya conoces, el día que yo dejé de regalar circulitos, el día que dejaste de tener agua con la que tus árboles pudieran convertir su i latina en i griega o, desde que me viste, en íes y uves.

Me dijo: " La única o que existe en este mundo es el sol, que hace que se evapore el agua con la que tú creas nubes y él riega sus árboles. Además, si te fijas bien, los rayos de este astro son las únicas íes latinas dignas de ser consideradas, y se convierten en íes griegas cuando dos de estos rayos reflectan en el agua que usas para crear nubes".

Un día, mientras yo moldeaba y tú podabas, ella apareció sobre el cielo. Con cara de pocos amigos fue introduciendo cada una de las nubes que yo dejaba ir en una bolsa que llevaba bajo el brazo derecho. Desde ese día, tus árboles dejaron de extender letras por sus ramas. Imaginaste que el problema venía de esa montaña que, con la llegada del buen tiempo, era ocultada por las nuevas ramas ya que, de un día para otro, su cielo apareció, extrañamente, mas radiante que nunca. Y hacia allí te encaminaste.
Durante tu venida, la ladrona de nubes reía a carcajadas ante mis sollozos, y le supliqué un remedio. Ella me dijo que, si de letras se componían mis nubes, con letras podríamos solucionar el problema. Yo no comprendí muy bien el plural de su frase y, en esas, llegaste.

Nos dijimos: " Nuestras creaciones corren el riesgo de desaparecer de este mundo si no encontramos el remedio. Tenemos árboles y nubes o, lo que es lo mismo, uves, ies y oes. Si conjugamos estas letras podemos obtener "”voy”, “vio”, “y vi”, “y vio"".
Dijimos todas las palabras posibles en voz alta, pero nada nuevo ocurrió bajo el sol. Mientras buscábamos palabras nuevas, la ladrona de nubes reía y reía y, al anochecer, nos quedamos dormidos acompañados por los balbuceos soñolientos de los soñadores.

Al despertar, ella seguía custodiando el cielo y me comentaste que hablé en sueños. Me pediste que creara una nube pero que no la soltara, que la condujera hacia el lugar donde tú tenías el árbol. Y así hice. El primer intento no resultó pues, al llegar a medio camino, las cuatro oes con las que habia formado la nube se desvanecieron. Entonces creé otra enorme nube con un montón de oes y llegamos a tu árbol.
Una vez allí, me pediste que colocara una o sobre él. Para ello, tuve que subirme al tronco mientras tú aguantabas la nube evitando así que se elevara y pudiera cogerla élla, que nos habia acompañado por el cielo sostenida por una cometa de hojas de eucalipto. Cuando la pudimos poner en el árbol, nada ocurrió. Sin embargo, vimos que las ramas ocultaban otra letra, una letra que, hasta entonces, había pasado inadvertida: la ele. De esa manera, teniamos la ele, las íes, la uve y la o de mi nube.
Depués de pasar por combinaciones como "lo vio", "vilo", "y lo vi" y otras tantas sin sentido ni resultado alguno, como por arte de birlibirloque nos miramos, sonreímos, y dijimos al unísono : “voló, olivo, ovillo y llovió"
El olivo lo teníamos; para conseguir un ovillo sólo tuvimos que ir a tu casa para coger los restos que quedaron de tu bufanda y tus guantes. Pero lo demás no sabíamos cómo enlazarlo para conseguir la solución del enigma. Después de escuchar las carcajadas inmisericordes de la ladrona de nubes, llegamos a la utópica conclusión que debíamos hacer algo para que la nube y el olivo volaran porque, de esa manera, llovería.
Una nube vuela, de eso no hay duda, pero teníamos que conseguir que el árbol tambien lo hiciera. Nos dijimos que la única posibilidad que teniamos para que los dos pudieran enlairarse a la vez era atar la nube y el árbol con un ovillo.
Tú cogiste el ovillo y te subiste al olivo, florecido ya por esa época. Cuando estuviste arriba solté la nube y lentamente fue subiendo; al llegar a tu altura, la agarraste, la anudaste a la copa del árbol y, poco a poco, se fue desarraigando del suelo. Yo me di prisa para no quedarme en tierra y, con los apuros propios de una novata escaladora, conseguí encaramarme a la misma copa en la que tú te encontrabas. Volamos y volamos hasta que, finalmente, aterrizamos en un lugar inhóspito.

Nos dijisteis: ”La ladrona de nubes le teme a la oscuridad. Si queréis que deje de robaroslas tenéis que enseñarle que la oscuridad no es tan mala como ella cree”.
Ser un ente gaseoso os desproveía del miedo propio de los sólidos como nosotros. Vosotros sólo le temíais al silencio, pues el sonido era lo único que os determinaba como seres vivos. Con un movimiento rápido de vuestro cuerpo conseguíais nombrar todas las cosas y construíais frases dignas del mejor poeta muerto; por eso, cuando os contamos nuestro problema, disteis al momento con la solución.
Nos regalasteis uno de los candiles que usabais el tercer día del cuarto mes para conmemorar la llegada de las luces primaverales. Nos contasteis que ése era el único día del año que podiais ver vuestra forma; para ello, sólo teníais que pasar vuestro gas por la llama q os ofrecía el objeto y, durante un eterno milisegundo, el cuerpo se hacía en vosotros.

Nos dijeron: “La ladrona de nubes le teme a la oscuridad. Si queréis que deje de robaroslas tenéis que enseñarle que la oscuridad no es tan mala como ella cree”.
Al aterrizar en el lugar en que tu olivo había crecido, la nube que yo había creado se esfumó con el primer rayo de sol que incidió sobre ella, y la ladrona bajó de su cometa.
El día lo gobernaba un radiante sol y ella se mostró preocupada ante nuestra reaparición, pero se quedó pensativa ante el candil. Tú le dijiste que no debía preocuparse en los días que las nubes oscurecieran el cielo de nuestra tierra, que para que todo fluya deben coexistir los antagonismos en perfecta armonía. Ella te miró y, después de varios temblores de voz, dijo que no te entendía.
Yo cogí el objeto que nos habían regalado los seres gaseosos y le dije que es ley de vida que la luz y la oscuridad convivan en nuestro mundo, pero que con ese candil podría rescatar, siempre que quisiera, un poquito de la luz del sol en la oscuridad.
Para demostrárselo, creé una nube con la ayuda del calor de su sol, la dejé volar y el cielo se oscureció, empezó a llover y tu árbol se empapó de agua. Entonces, la ladrona de nubes vio que en la zona en que el candil expandía su luz la oscuridad no hacía acto de presencia y, desde entonces, reina la paz entre nosotros, yo sigo creando nubes, tú sigues podando tus árboles y ella disfruta tanto de la luz del sol como de la oscuridad pues, con un candil, siempre que quiere el sol puede sentir.