domingo, 1 de noviembre de 2009

Leonometría

Un cuadrado tiene cuatro lados y estos son iguales. Sus vértices crean ángulos de noventa grados; estoy casi seguro que por eso se llaman rectángulos, porque están creados por rectas que confluyen en un punto formando la terminación de su denominación, aunque no me hagáis mucho caso, que desde que era pequeñito he odiado las matemáticas o lo que el demonio quiera que sea esto.
A estas alturas, o bajuras que soy un niño, de la vida, uno se pone a pensar y cree que se debe a que hablar de cosas que no se pueden ver, palpar o sentir no son importantes para la vida. Y ahí la pregunta sin fin: qué es necesario para vivir.

A es un cuadrado. Podríamos haberle puesto Unnombrepropiocualquiera, pero como hablamos de estas cosas de la geometría o trigonometría o yo qué sé y qué me importa, le damos un valor alfabético tal que A y tan contentos él, yo y tú o yo tú y él, el borrico tirandico del carrico.
A se siente solo, está solo en una hoja en blanco. Está quieto, no se mueve. Intenta ir a un lado pero no pasa nada; intenta ir hacia el otro y otra vez no pasa nada, o sí pasa nada, porque si pasara algo pasaría algo, y no nada. Así que pasa nada, o nada pasa que es lo mismo que decir que pasa algo que es nada.
A es un cuadrado inútil, en teoría, puesto que A piensa y, como veréis, tiene poderes increíbles.


De tanto intento descontento por alcanzar un leve movimiento, viva la rima consonante del momento, A se resquebraja con tal precisión que se parte en dos, y no de risa, aunque tampoco de dolor; pero no se parte como cuando rompemos un huevo para deleitarnos con las puntillas de su fritura y la cremosidad de su eclíptica y oculta luna, no; ni como en el nombre del espíritu santo y el hijo y el padre y lo que venga o que se vaya en la iglesia con la hostia a manos del cura o sacerdote o gorrinote o chanchote, tampoco; más bien es como cuando un cuadrado se parte en dos desde un vértice cualquiera hasta el que le conduce su diagonal.


A ya no está solo, ya no se siente solo en una hoja en blanco. Es más; estoy capacitado para afirmar que A no existe, que ha desaparecido y, en su lugar, dos triángulos rectángulos han aparecido. Ya decía yo que aquel cuadrado tenía poderes extraordinarios.
B y C están solos, solos pero acompañados el uno por el otro y la casa sin barrer, en la misma hoja en blanco. Son dos triángulos rectángulos, de esos que tienen catetos e hipotenusas y un ángulo de noventa grados, de ahí el nombre. Están quietos y no se mueven, lo que indica que, casi con total seguridad, son tan inútiles como A. Pero piensan y, además, hablan.

--B.
--Dime C.
--Tú... ¿crees?
--Buff. ¿En qué?
--Que si crees... que pasará algo.
--Y yo qué sé. Yo no sé nada.¿Tú qué crees?
--Buff. No sé. Aquí nunca ha pasado nada, ¿no?
--No lo sé
--Pues eso.
-- ¿Te imaginas que antes que nosotros hubo aquí algo y no tengamos constancia?
--Pues nunca lo había pensado, pero no creo, habría algo que nos lo haría ver, ¿no?
-- No lo sé.
-- Pues eso.

No sería aconsejable afirmar a la ligera la incapacidad de B y C para llevar a cabo un diálogo con lindezas y exquisiteces propias de sibaritas de la retórica. Acaban de nacer y ya saben hablar; es más: acaban de nacer y ya se preguntan si están solos en el mundo.


Cojamos la hoja con A y B, que siguen discutiendo acerca de su soledad o no.
La hoja es un rectángulo; un rectángulo es un cuadrado al que le han dado un golpe en cualquiera de sus lados y ha quedado chato. El interior del cuadrado ocupa un espacio; ese espacio no desaparece con el impacto, lo que hace que, la figura que antes era igual por su cuatro lados, sea ahora igual sólo por dos lados; como tiene cuatro lados, tendremos un cuadrado chato con cuatro lados pero sólo igualdad en dos de ellos, redundo, pero jamás redondo, que ya estaríamos hablando de otra harina y otro costal.

Como son cuatro lados, el de arriba y el de abajo tendrán la misma dimensión y el de la izquierda y la derecha ídem de lo mismo. Ya os he dicho que no iba mucho a clase de numeritos y figuritas y, cuando iba, me dedicaba a jugar con las palabras en clave matemática.


De la nada, un círculo tal que D, que es una redonda, como una rueda, como el sol o la luna o un anillo, con su diámetro y su radio sin música y su trescatorcedieciséis a cuestas, aparece por el vértice superior derecho del cuadrado chato. Sigue avanzando avanzando gracias a la pendiente que existe en la estructura sobre la que se ha apoyado la hoja en blanco primigenia, o sea, la mía, hasta que choca contra B o C, ahora no sé distinguirlos.

-- Pues yo creo, C, yo sí creo, y si no ya me dirás tú qué demonio es esto que me ha golpeado.
-- Pues sí B, yo también creo, pero creo porque te prometo que no sé qué demonios es un demonio, así que no me preguntes por eso que te dio un golpeo. Vamos a investigar.
--Eso.


B y C observan el círculo.


--C.
--Dime, B.
--Me.
-- No estoy para jueguecitos ahora, B.
--Qué soso eres. Nada, que observando no he visto nada extraordinario en esto, pero noto algo por la parte que me toca, como una presión extraña.
--A ver. Intenta moverte, pero para atrás, que si lo haces para un lado podemos perder al demonio y, quizá, sea nuestro remedio contra la soledad.

B se mueve. A diferencia de A parece que B, al menos, posee la capacidad del desplazamiento. Seguro que ha sido por la mutación que ha sufrido el cuadrado; ya sabemos que las mutaciones son siempre mejoras, aunque luego se les dé mal uso.

--¡¡Se ha movido, C!!. ¡¡Se ha movido!!
--¡¡Bien!! pero no nos emocionemos. Relajáte boludo. Esta es nuestra oportunidad para ver qué hay más allá de este blanco que tenemos bajo nosotros. Sube sobre el demonio.


B, con la torpeza propia de un neocircense sobre un monociclo, consigue subir al círculo. Pero la pendiente hace de las suyas.


--¡¡Salta del demonio, B, pero hacia atrás!! --Dice C acongojado, siendo delicado con el lenguaje.--Salta que me subo y me voy contigo.


C Se dirige hacia donde están B y D.


--Bien, B. Ahora tenemos que subirnos los dos al demonio y, después, dejarnos guiar por la pendiente adonde quiera que nos lleve. Sin embargo, para ello tendremos que unirnos. ¿Estás dispuesto a sacrificar tu vida para bien y para mal por mí?
--¿Cómo?
--En el demonio solo hay sitio para uno, Así que tendremos que ser uno para poder irnos, de ahí el unirnos.
--Bueno, vale, ¿hasta que la muerte nos separe?
--Eso.
--Pues venga.

B y C se unen, en matrimonio o no, eso da igual ahora mismo, y desaparecen. Desaparecen pero aparece A, o un sucedáneo de A al que llamaremos A', que se sube a D, se deja llevar por el demonio y, mientras sonríe gracias al placer provocado por la libertad que le regala la caída una vez deja la hoja en blanco, desciende por el vacío y sigue cayendo y cayendo y cayendo hacia el infinito y más allá, y se va descomponiendo en millones de figuras geométricas de color negro y recomponiéndose en A, B, C, D y A' y en otras miles de millones de infinitas formas y caen y caen y caen y adiós y desaparecen de mi vista o de mi cabeza o no sé ya si yo soy A, B, C, D, A prima o un primo cayendo vete a saber por dónde y hacia dónde.