sábado, 7 de noviembre de 2009

Análisis de un dibujo: el suicida arrepentido

La habitación del deseo espera simplemente que tus nudillos golpeen levemente la puerta que separa la realidad de la ficción. Piensas y dejas entrever en tu mente una cama, una silla, y un espejo que refleja una ventana que da a una puerta en la que cuelga un cartelito que reza "La habitación del deseo". Si abrieses la puerta que refleja ese espejo, podrías encontrar burbujas que penden bajo una gravedad inventada para un cuento, pues esa tercera puerta esconde las ideas que tú, querida, vieja e incansable memoria, has ido resguardando de mis dedos y mi bolígrafo para aparecer en algún momento sin pedirlo o, quién sabe, quizás para desaparecer eternamente.

Te fijarías en una burbuja y verías una puerta de la que pende un cartelito que reza la habitación del deseo. Desearías tocarla con la punta de tu dedo corazón para hacer el contacto más sincero, pero seguramente tendrías miedo a la explosión de ese recuerdo y desestimarías la idea, como has hecho casi siempre en tu vida para que nadie sufriera por tu culpa. Te acercarías más y más hasta verte reflejada en la pelotita ingrávida, decubrirías que tu rostro envejece en cada recuerdo que olvidas, en cada promesa que incumples, en cada deseo obviado a cambio de una comodidad camuflada bajo lo que realmente te has convertido: otra ambición.


La habitación del deseo se esconde en unos papelitos que guardaste ayer en el cajón de tu mesita de noche. Si tuvieras valor y dejaras a un lado los prejuicios insustanciales que te han acompañado a lo largo de tu existencia te desprenderías de todo lo que has conseguido, huirías de la miseria que te ha acompañado hasta este momento y te subirías al primer tren con destino a cualquier lugar, lejos de este mundo conocido. Irías desechando momentos catalogados de inolvidables para asumir que quien no te escoge pierde, que quien no te abraza se desalma, que quien no te mira olvida. Entonces te convertirías en otro recuerdo que lentamente se desvanece en el interior de una burbujita que pende en otra habitación , en otra puerta que esconde recuerdos.


El cartel que reza en la puerta de tu habitación del deseo tiene, a modo indicativo de tu persona, que eres la que posee tales recuerdos, una hoja de agenda con un dibujo hecho a bolígrafo una mañana insomne de primavera mientras te dirigías a un final alevosamente preparado. En él, un ojo de pupila oscura e iris espiral con punta de flecha te observaba atentamente, mientras tú dejabas que tu mano te guiara a través de los recuerdos. Garabateaste en la retina tres estrellas y una luna, porque siempre te ha gustado estar más allí arriba que aquí abajo, y una especie de mar bravío como alegoría del alma que te atrapa. Siete pestañas superiores y otras siete inferiores cobijaban más deseos. En el lugar reservado para la unión de los dos párpados dos formas que penden: una marioneta a la derecha, símbolo de lo que has sido hasta ahora, y un ahorcado a la izquierda, en el lugar reservado para la expulsión de tus lágrimas, personificación de un deseo que, cual bucle existencial, deviene de vez en cuando ante el hastío de una vida reposada y carente de anhelos.

Sobre el ahorcado dos pestañas; sobre estas pestañas una nube premonitoria de lluvias torrenciales. A continuación, una pestaña-hacha que apunta a la más alta, como queriendo derribarla en el siguiente movimiento de párpados; tras las tres siguientes flechas oculares, oculto y expectante, el cerebro, refugio de todo lo acontecido más una cometa, en la que siempre has querido convertirte para mirar desde otro punto de vista tus miserias, y un árbol seco que podríamos llamar sauce, al otro extremo de las glándulas lacrimógenas.

En el párpado inferior, continuando la labor del ahorcado, dos estrellas, un deseo de cielo nocturno que pretendes que sean dos corazones, y dos raíces que al final se unen, y un camino formado por una larga serie de puntos suspensivos. Y al final una flor extraña que, como tu vida, da lugar a otro ojo que espera la llegada de más recuerdos, de más anhelos, de más vida porque, aunque muchas veces pienses en morir, lo haces porque, a pesar de todo, aún respiras.