domingo, 15 de noviembre de 2009

Un trocito de parque

Le escuché en silencio porque escupir aquella frase parecía costarle demasiado, como si el hecho de tan sólo pensarla le transportara a un lugar en el que las ataduras te desgarran la piel y las palabras el gaznate. Los fonemas eran mosquitos en su cuello y cada golpe de voz, cada hilito de aire un picotazo, un dolorcito, un pinchacito que bailaba al son de su tos.

Esperar a que acabara la frase era una idea un tanto absurda, cómica, más que cómica tragicómica, esperpéntica, delirante, para él asfixiante, un horror tenerlo así delante, un horror ruborizado, extasiado, así que palmaditas en la espalda, mejórese usted y que tenga suerte con la próxima, yo no le hago sufrir más, el finiquito, gracias y adiós, que se acerca el octavo y aquí el calor, ya sabe.

En el parque las mariposas delante de los niños a modo de manual de instrucciones. “Nosotras volamos, vosotros nos perseguís y palmaditas en la espalda nos observa, como siempre”. Conozco tan bien el juego que a veces sólo vivo aburrimientos. Ahora el grandullón llega y ya está, taxidermia en unas horas. La corteza del pino rugosa y dura, el césped seco, la tierra casi húmeda, falda levemente mojada en treinta minutos aproximadamente y mi ya antiguo jefe llamando por teléfono con un vaso de agua al lado por si los mosquitos de nuevo.

En un banco un hombre y su barba de tres meses van en busca de un trallazo que no ha logrado su objetivo. Corre con chabacanadas en la boca, manga larga y es verano: un héroe moderno. Recoge la esfera de cuero y dispara. Los taxidermistas le observan. Los futboleros le observan. Yo sigo la trayectoria del balón: un gran disparo, lástima del árbol, cambio de sentido, pasa cerca de tu cabeza Robinsón urbano, de nuevo un rebote en otro árbol y tú que no te das cuenta, demasiado veloz el cambio, te va a dar-te va a dar-a que te da-te dio. Una gran carambola, sí señor. Los taxidermistas no se ríen, los futboleros sonríen, yo me parto. Qué diablos, si la barba del moderno Robinson se jacta de su puntería y va de nuevo en busca de la pelota perdida. La coge con ambas manos, mueve sus pies hasta que le llevan al campo de fútbol sala y la entrega como el cartero con el Correo Real. Se sienta en su banco y habla consigo mismo en voz alta.

Una señora y un refresco enlatado en la mano derecha pasan a engrosar el número de habitantes del parque . Un taxidermista le pregunta la hora. Son las nueve menos cuarto. Claro, dice Robinsón. Pregúntale cualquier otra cosa y seguro que no lo sabe. La hora... la hora... qué pregunta. Que me responda por qué nadie me da trabajo. Se levanta y dos pinos a diez metros el uno del otro. Se convierte en un péndulo que va y viene de un árbol a otro, en un oscilante Robinsón sin techo ni trabajo.

Abro la mochila. Redescubro en París a la Maga desde un césped sabadellense mientras seguramente otro vaso de agua en la oficina. En el bar del parque todas las mesas ocupadas. Tres abuelas, dos abuelos y cinco sillas sin dueño. Sí, las pueden coger. Sacan unos refrescos de sus bolsos y qué aire más bueno y qué sombrita. Me sumerjo en mi airecito y mi sombra y la falda ya está húmeda.

La pelota. La cojo con las manos. ¡Con los pies! ¡Con los pies! me dicen los taxidermistas entre risas. Pues con los pies. Le doy cinco toques con el pie derecho, dos con la rodilla izquierda, lo elevo sobre mi cabeza, desciende, chuto con la diestra y gol dice uno de ellos. Pues gol. Sonrío y de nuevo la Maga en París con Horacio hablando de Rocamadour.

Alguien tose y no es mi jefe. La señora reloj, que se le atraganta el humo del cigarro. Son casi las diez. Qué tarde, gracias, se me escapa el tren. El tiempo pasa volando en Francia. Cojo el libro y la mochila, se lo doy al hombre de la barba que lo mira y lo mete en su casa porque es un caracol y camino hacia la estación porque esta noche con los amigos en Barcelona.