lunes, 23 de noviembre de 2009

El prisionero


Situado en el centro inexacto de cuatro paredes descomunalmente altas un ser humano abocado a la miseria extiende sus sangrientas manos al cielo clamando libertad. Las uñas que antaño utilizaba para despellejar jóvenes ahora no son sólo carne viva y grumos de sangre, son el signo de la derrota del mal. Su cabello, antaño dorado y extremadamente largo, no es más que una maraña de olores e insectos de toda suerte, trampa humana que nuestro observado  utiliza para sobrevivir. Su cuerpo es del mismo grosor que el hilo del que pende su vida. Sus carnes oscuras por la constante ola de calor que azota en estos tiempos el planeta. Sus pies gastados y cansados.

Las cuatro paredes son negras y descomunalmente altas; el tamaño del recinto no es superior a diez metros cuadrados. En una de sus esquinas se amontona una gran cantidad de excrementos e insectos vivos y muertos que son hijos de la suciedad del ser humano. La cautividad ha convertido a nuestro hombre en un parricida, como la libertad y una mente extraña lo transformó en un asesino.

El prisionero se dirige hacia la esquina en la que suele orinar y cubre el suelo con un manto de dorado líquido. Se rasca el cuero cabelludo con la palma de su mano derecha y se arrodilla hasta que su cara se sitúa a dos milímetros aproximadamente del piso y, con la lengua, lame el líquido del que se sustenta.

Los ojos del asesino no expresan nada. Casi con total seguridad cambiaría su bebida de hoy por la sangre de aquellos que un día murieron porque este ser se cruzó en sus vidas.
El ser humano se dirige hacia la esquina donde los insectos se pelean por las defecaciones de la persona que no expresa nada con la mirada. Los insectos se nos presentan caníbales, debido quizás a los genes transmitidos por su padre el prisionero. Con un movimiento rápido de cabeza los pelos del hombre cortan el viento: siete moscardones se enredan en su cabello y agonizan. Con esmero y ansia el prisionero desenreda  sus creaciones y las engulle. Son el único alimento que puede permitirse entre aquellas paredes. Mira el suelo y divisa a dos metros de él tres cucarachas. Parece que hoy está teniendo buena suerte.

Con el estómago lleno camina hacia una de las esquinas que utiliza para dormir. Esta vez el sol le obliga a refugiarse en la que queda a la derecha de la orina. El prisionero mira el líquido un momento y camina hacia él, se detiene, dobla sus rodillas y, situando su lengua a dos milímetros aproximadamente del suelo, la impregna de aquel líquido que creó él mismo. Autosuficiente. Se levanta y se dirige a la esquina de la sombra, se tumba e intenta dormir. Un ruido llama su atención. Un ruido que llega desde atrás. Se gira y observa con estupor cómo un diminuto agujerito en la pared se va haciendo cada vez más grande. Cuando el tamaño del agujero es casi como el de sus dedo índice derecho introduce éste por aquél y deja de crecer. Lo saca del orificio y nada ocurre. Lo vuelve a mirar por si fuera producto de su imaginación y ve que sigue allí, que algo ha provocado un pequeño desprendimiento de roca. Intenta otra vez con el dedo índice de la mano derecha hacer más grande el agujero pero la pared es demasiado dura. Decide dormir.

Cuando despierta, el sol se ha escondido y la única luz que ilumina su estancia es la de la luna y las estrellas. Se levanta, orina en la esquina pertinente y defeca en la estipulada, agita su melena al viento y saborea tres moscas pequeñas y un puñado de hormigas que recoge mojando la punta del dedo pulgar derecho. Al ir a beber recuerda el agujero y descubre que su tamaño ha crecido. Busca en el interior de su cárcel al causante de aquel orificio y descubre cómo una rata de unos dos palmos está devorando sus defecaciones con insectos incluidos. Se sienta en la esquina que había usado de cama y la observa detenidamente. Después de ensimismarse durante unas dos horas el prisionero decide engordar al animal y comérselo. Pero una luz le vino a la mente en forma de gran idea: domesticará a la rata y la obligará a hacer el agujero cada vez más grande, hasta conseguir que su cuerpo pueda pasar por él.

Ha pasado un mes desde que los prisioneros son dos. La rata mide tres palmos más y el ser humano pesa diez kilos menos, pues se ha alimentado de de una mosca y una cucaracha cad día. La rata comió todo lo que quiso y, además, las ansias del asesino por salir de aquel infierno hicieron que cada día le diera de comer a su compañera una pequeña parte de su cuerpo, a cambio de que hiciera el agujero de entrada de la rata y de salida de los dos un poco más grande.
Ahora se podía ver a través de él lo que afuera se les presentaría: arena fina. El asesino de vírgenes piensa que está en medio de un desierto y cree que lo mejor sería alimentar mucho más a la rata y, a lomos del roedor, atravesar la extensión abominable que le rodeaba.
Dos meses más tarde el asesino tiene dos pies sin dedos, dos manos sin dedos índices ni corazón, una cabeza sin orejas y diez kilos menos. El ser humano se ha alimentado de los excrementos de la rata y de su orina. La rata mide casi un metro de altura y el agujero es lo suficientemente grande como para que por él salgan los dos.

Los dos están fuera y atraviesan una décima parte del desierto bajo un sol aterrador. La rata tiene hambre y el antiguo prisionero no tiene nada que ofrecerle. Le da de comer su mano izquierda y le deja que chupe la herida hasta que el líquido carmesí deja de brotar. Le dice que pare pero la rata tiene más hambre. Entonces le da de comer su pie izquierdo, pues piensa que es el precio de la libertad y no le importa. La rata se come el pie izquierdo y muerde con fuerza hasta la rodilla del hombre que grita y pide que pare. La rata continúa y el siguiente mordisco le llega hasta la ingle izquierda. El ser humano suplica con las pocas fuerzas que le quedan que se detenga pero el animal se come de un mordisco la pierna derecha, y cuando acaba se come su brazo derecho, y luego el izquierdo, y cuando acaba se come la cabeza del hombre que hace unos minutos ha muerto suplicando clemencia .

sábado, 21 de noviembre de 2009

S.T.

Se sumió en el único placer que le devolvía a la vida, imaginó que su alma se introducía en un enorme bolígrafo negro y se diluía con la tinta negra para, lentamente, resbalar por el cilíndrico lecho que le cobijaba hasta caer y plasmarse en una hoja en blanco.
En ese momento, en el preciso instante en que su nueva condición debía tomar la determinación de si convertirse en dibujo o cuento, decidió recrearse con su destino. Escribió un melancólico adjetivo, dibujó un ojo rodeado de lágrimas, plasmó la palabra tristeza y garabateó una sonrisa, para terminar danzando por el papel, dejando sus huellas impresas formando la palabra soledad. Se detuvo. Se detuvo y lloró hasta que sus lágrimas borraron todo lo que había pensado hasta ese momento.
Esta vez disfrazó su alma de aceite para separarse de la tinta y volver a su forma originaria. Imaginó que se convertía en óleo fucsia para aposentarse en un lienzo de fondo gris oscuro. Escogió lanzarse desde la parte superior del marco, dejando al libre albedrío los trazos del pincel originario, viniéndole a la mente un tobogán acuático, esos toboganes acuáticos desde los que años atrás solía sonreír junto a eso-es-otra-historia. Y allí se encontraba él, sonriendo aceitosamente desde su púlpito de majestuosos zigzagueos y devaneos artísticos, hasta que el final del lienzo le devolvió a la cruda realidad.
Justo a un palmo del suelo, el chico de óleo violeta se inspiró para salvar su condición de ser onírico, convirtiéndose en un silbido con el que alzar el vuelo y acabar sentado en un violín, extrañamente perdido y olvidado. Oteó el horizonte y descubrió una flauta travesera. Estudió el viento y sonó para acercarse al instrumento, que en ese momento era tocado por una musa antigua pero nunca olvidada. Una vez allí, esperó a que la chica cogiera aire. Al estar dentro de élla, imaginó que sería delicioso convertirse en glóbulo rojo para oxigenar su sangre, pero desestimó esa idea, al igual que la del enfisema pulmonar. Pensó tanto que se convirtió en una línea del pentagrama que estaba recreando la musa, y poco a poco fue desapareciendo en un Mi que sonó tristísimo. Al abrir los ojos, empezó a morir nuevamente con la rutina diaria, a contar las horas que le quedaban para volver a jugar a disfrazarse posiblemente en agua salada de algún mar lejano, en la hoja de un árbol que lentamente cae desde alguna llorosa rama huérfana, en el pétalo de alguna flor extraña, en un beso, un abrazo, una caricia.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Un trocito de parque

Le escuché en silencio porque escupir aquella frase parecía costarle demasiado, como si el hecho de tan sólo pensarla le transportara a un lugar en el que las ataduras te desgarran la piel y las palabras el gaznate. Los fonemas eran mosquitos en su cuello y cada golpe de voz, cada hilito de aire un picotazo, un dolorcito, un pinchacito que bailaba al son de su tos.

Esperar a que acabara la frase era una idea un tanto absurda, cómica, más que cómica tragicómica, esperpéntica, delirante, para él asfixiante, un horror tenerlo así delante, un horror ruborizado, extasiado, así que palmaditas en la espalda, mejórese usted y que tenga suerte con la próxima, yo no le hago sufrir más, el finiquito, gracias y adiós, que se acerca el octavo y aquí el calor, ya sabe.

En el parque las mariposas delante de los niños a modo de manual de instrucciones. “Nosotras volamos, vosotros nos perseguís y palmaditas en la espalda nos observa, como siempre”. Conozco tan bien el juego que a veces sólo vivo aburrimientos. Ahora el grandullón llega y ya está, taxidermia en unas horas. La corteza del pino rugosa y dura, el césped seco, la tierra casi húmeda, falda levemente mojada en treinta minutos aproximadamente y mi ya antiguo jefe llamando por teléfono con un vaso de agua al lado por si los mosquitos de nuevo.

En un banco un hombre y su barba de tres meses van en busca de un trallazo que no ha logrado su objetivo. Corre con chabacanadas en la boca, manga larga y es verano: un héroe moderno. Recoge la esfera de cuero y dispara. Los taxidermistas le observan. Los futboleros le observan. Yo sigo la trayectoria del balón: un gran disparo, lástima del árbol, cambio de sentido, pasa cerca de tu cabeza Robinsón urbano, de nuevo un rebote en otro árbol y tú que no te das cuenta, demasiado veloz el cambio, te va a dar-te va a dar-a que te da-te dio. Una gran carambola, sí señor. Los taxidermistas no se ríen, los futboleros sonríen, yo me parto. Qué diablos, si la barba del moderno Robinson se jacta de su puntería y va de nuevo en busca de la pelota perdida. La coge con ambas manos, mueve sus pies hasta que le llevan al campo de fútbol sala y la entrega como el cartero con el Correo Real. Se sienta en su banco y habla consigo mismo en voz alta.

Una señora y un refresco enlatado en la mano derecha pasan a engrosar el número de habitantes del parque . Un taxidermista le pregunta la hora. Son las nueve menos cuarto. Claro, dice Robinsón. Pregúntale cualquier otra cosa y seguro que no lo sabe. La hora... la hora... qué pregunta. Que me responda por qué nadie me da trabajo. Se levanta y dos pinos a diez metros el uno del otro. Se convierte en un péndulo que va y viene de un árbol a otro, en un oscilante Robinsón sin techo ni trabajo.

Abro la mochila. Redescubro en París a la Maga desde un césped sabadellense mientras seguramente otro vaso de agua en la oficina. En el bar del parque todas las mesas ocupadas. Tres abuelas, dos abuelos y cinco sillas sin dueño. Sí, las pueden coger. Sacan unos refrescos de sus bolsos y qué aire más bueno y qué sombrita. Me sumerjo en mi airecito y mi sombra y la falda ya está húmeda.

La pelota. La cojo con las manos. ¡Con los pies! ¡Con los pies! me dicen los taxidermistas entre risas. Pues con los pies. Le doy cinco toques con el pie derecho, dos con la rodilla izquierda, lo elevo sobre mi cabeza, desciende, chuto con la diestra y gol dice uno de ellos. Pues gol. Sonrío y de nuevo la Maga en París con Horacio hablando de Rocamadour.

Alguien tose y no es mi jefe. La señora reloj, que se le atraganta el humo del cigarro. Son casi las diez. Qué tarde, gracias, se me escapa el tren. El tiempo pasa volando en Francia. Cojo el libro y la mochila, se lo doy al hombre de la barba que lo mira y lo mete en su casa porque es un caracol y camino hacia la estación porque esta noche con los amigos en Barcelona.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Paf-in-Poy y el misterio del tiempo y el espacio

Una mancha extraña en el mantel de tela que se encontró bajo el Árbol Solitario del Bosque del Árbol Solitario puede ser un mantel que se dirigirá próximamente a la lavadora, pero también puede ser el relieve de un país olvidado y pobre que pide en silencio agua, o el perímetro de otro país económicamente poderoso expandiéndose a lo largo y ancho del trozo de tela, acaparando la atención de todas las tramas, dejándose succionar premeditadamente y con alevosía por todos y cada uno de los hilos que la conforman. Pero en este caso no es eso, en este caso su imaginación no ha tenido tiempo de dejarse llevar por los pensamientos que atesora porque no tiene ganas de pensar. Lo único cierto es que, al caer unas gotas del vino que le regaló ya no recuerda quién sobre el mantel, han aparecido, como por arte de magia y sin ninguna pretensión embaucadora, un mapa que no sabe qué significa y una máquina extraña que reza "Máquina del tiempo y el espacio", un mapa y una máquina que no voy a describiros porque todos hemos visto, leído o soñado con algún mapa y alguna máquina así en nuestra vida, y si no es así deberíais replantearos vuestra forma de actuar en esta vida, porque podríais acabar como una mancha en un mantel que lo único que pretende es acaparar la atención del todo sin detenerse en los detalles y, algo igual de funesto, una máquina inservible por ineptitud.

El chico está triste y no le da mucha importancia al mapa y a la máquina, y es curioso, porque si algo le pedía a la vida últimamente eran fuegos artificiales que le alejaran de la rutina mundana y patética en la que se veía sumergido desde, bueno, desde siempre para ser sincero, porque su vida ha sido muy triste, vacía, una mierda, para ser otra vez sincero, escatológico y cercano a nuestra habitual forma de hablar (los formalismos matan).
En un principio, mi labor simplemente debía ser la de transcribir lo que sucediera con el trocito de vida de este pobre chico ensimismado y amargado de, pero una cláusula en mi contrato me obliga a actuar en favor de los sucesos, sí, porque yo ya sé de antemano qué sucede en todo esto que intento explicaros, porque esto de los tiempos y los espacios es algo que, bueno, es algo con lo que nos han estado engañando desde que el hombre inventó la primera forma de medir el tiempo y el espacio. Por suerte, hechalaleyhechalatrampa, y más en el país de pícaros que ubicamos al protagonista de hoy.
Explicarlo es muy largo, así que quedaros con esto: un metro en realidad no es un metro, es una forma de medir algo que realmente no existe, y un segundo no es un segundo en realidad, es otra forma de medir algo que no existe en la realidad. Son, como ya he dicho alguna vez, inventos del hombre para el hombre, porque somos una especie que tiene que tenerlo todo etiquetado para que vivir parezca mas fácil o yo que sé, hay tantas cosas se me escapan. Y hablando de escapismos; otra cláusula de mi contrato me obliga a atar el cuento, a que quede redondo. Pues bien, si me hacéis el favor tenéis dos opciones, o bien coger una cuerda, hilo o similar y hacer un nudo en él de tal manera que el cuento quede atado para gloria de mi jefe y mi bienestar laboral, o coger unas tijeras y recortar circunferencias con el papel que estáis leyendo, para lo mismo que hace nada os he contado. Pero no nos desviemos del tema ya desde un principio, porque nos podemos volver locos y la extensión, la maldita extensión.

Paf-in-Poy, que así se llama el chico porque así lo han querido las teclas (sí, las teclas, porque esto de poner un nombre a alguien es tan sencillo como atizar un número de teclas indeterminado y luego ir eliminando las que no suenan muy bien hasta formar un nombre decente. Quizás a la mayoría de vosotros no os guste mucho el que le ha tocado al protagonista de la historia de hoy, pero a mí si y, claro, siento ser un tirano y todo eso pero soy el que lo cuenta y, claro otra vez, así se va a quedar. Se puede cambiar, claro que se puede cambiar, pero para eso deberéis encontrar, mejor dicho, para eso deberíais ser los protagonistas de mis cuentos y, perdonad mi prepotencia si acaso identificáis así mi forma de narrar, pero es muy difícil que tú, que estás leyendo esto, formes parte de este cuento, más que nada porque en el momento en que lo estás leyendo esto ya ha sucedido y ha sido escrito. Hay formas de poder entrar en el cuento una vez acabado, claro que las hay, siempre las ha habido, pero descubrirlas no depende de vosotros; podría decir, y así quedo bien, que dependéis de una botella de vino regalada, un mantel encontrado y la torpeza necesaria para que una gota de ese vino caiga sobre el mantel y, magiapotagia, aparezca un mapa con numeritos danzarines y dibujos móviles y una máquina extraña).

Paf-in-Poy está durmiendo ahora mismo, duerme y sueña. Sueña que en un acantilado no hay nada que lo detenga en su inevitable caída. Cae y cae y el suelo es el fin de todo. Pero la puerta de la cabaña en la que vive (la real, no la onírica(recordemos que baja por un acantilado)) está abierta, y un golpe de aire levanta el mantel de la mesa y le cubre la cara con la suficiente mala leche como para despertarlo. De súbito, Paf-in-Poy se reincorpora y descubre el mantel con el mapa, fijándose en que un número cambia de color, el numero ocho. Al lado del número ocho un árbol enorme: el Árbol Solitario del Bosque del Árbol Solitario. Paf-in-Poy es un chico bastante pasivo (podríamos llamarle autista pero como siempre ha estado solo pues como que no pega ese adjetivo en él, así que diremos que es apático), no tiene interés por nada, nada le apetece, nada le alegra, y por eso, en su rostro sólo se aprecia la vida cuando come, bosteza, ronca y esos movimentos automáticos o semiautomáticos que el cuerpo necesita para no desfallecer. Y no me preguntéis por qué está solo a su edad, porque no hay nada más triste que tener todo atado en un cuento para que parezca redondo y, además, ya me he encargado yo de explicaros como se ata un cuento y cómo hacerlo redondo.
Paf-in-Poy está solo porque no hay nadie más con él, el resto inventadlo vosotros mismos que, además de ser una actividad enormemente gratificante, seguro que, si lo hubiese contado, al mirar la extensión del cuento al que os estáis enfrentando os habríais echado para atrás dado su tamaño. Es lo que tiene no conocer el secreto del tiempo y el espacio, que dejamos de hacer cosas porque parecen pérdidas irrecuperables. Vosotros os lo perdéis. Ya me daréis después las gracias que la sorpresa está en el final.
El numerito ocho, que es el primero que parpadea, señala el Árbol Solitario del Bosque del Árbol Solitario. Paf-in-Poy lo mira, lo reconoce y lanza el mantel al suelo. Pero claro, otro golpe de aire evita que caiga y lo deposita de nuevo entre sus brazos. Después de resoplar lo lanza de nuevo y, claro por enésima vez, de nuevo un golpe de aire conduce el mapa al lugar que debe estar, su regazo. Quedan seis repeticiones de este acto así que, a la octava vez, Paf-in-Poy, en un acto de inteligencia suprema, intuye que debe hacerle caso al mapa y dirigirse hacia aquel lugar.

El bosque está a tres tragos de vino, y hacia allí se dirige. Al llegar (como veis voy rápido para que más gente lea esto, porque contar una historia que después se queda en un cajón olvidada por la humanidad no tiene mucha gracia (o sí, pensad en la de historias que se pedieron en el incendio de Alejandría y aquí estamos, vivitos y coleando)), pues bien, al llegar, lo primero que ve en el suelo bajo el, a partir de ahora, AS del BAS (para los lentos Árbol Solitario del Bosque del Árbol Solitario), es un mantel idéntico, clavadito, igualito al que lleva en su mano derecha, pero sin numeritos, ni arbolitos ni manchitas. No lo coge, porque no es nada materialista y sólo coge del suelo lo que necesita y, en estos momentos, un mantel no le saca de sus miserias. Al extender el suyo de nuevo para observarlo mejor ve que aparece sobre la esquina superior derecha del mapa algo que interpreta como un pajarraco que vuela y que parece ser se dirige hacia el AS del BAS. Otea el horizonte y descubre que algo así como un águila se acerca, alcanza el árbol y deposita sus garras sobre una rama . En una acción afrontada con la misma inteligencia suprema que antes Paf-in-Poy tira el mantel, perdón, el mapa al suelo, porque piensa que ya no le hace falta ya que el águila es la siguiente historia que acometer. Por suerte el animalito sabe hablar.

-No pienses Paf-in-Poy, tú no pienses, mira el mapa y ya está, es todo así de sencillo.

Paf-in-poy es un chico tan anormal que no siente espasmos por su cuerpo cuando descubre que el animal habla (por suerte para vosotros, todo sea dicho), así que recoge el mapa, lo mira y ve que sobre el árbol hay un pajarraco dibujado y que un número, el dieciocho, empieza a cambiar de color. El águila no está acostumbrada a perder el tiempo y, con un movimiento rápido de sus enormes garras, lo agarra (nunca mejor dicho) de los hombros y lo aposenta cómodamente sobre su lomo, entre sus alas. Con dieciocho enérgicos movimientos de éstas llega al Lago Solitario que situaremos entre los rios Kad y Uw€d, (es lo que tiene escoger los nombres como antes he explicado, que aparecen simbolitos extraños), y allí, sí, chicos, allí se encuentra el castillo que no podía faltar en una historia como ésta. Pero no es un castillo en realidad. El mago que habita en él, el Mago de la Capa Brillante, le ha puesto ese nombre porque es un poco presuntuoso, es de los que quieren aparentar más de lo que son, y de ahí llamar castillo a un molino cutre y viejo. Pues bien, cuando está a punto de descender, el águila se queda inmóvil en el aire, y cuando digo inmóvil me refiero a que le he dado al pause al águila, pero no he sido yo, ha sido el mago, como descubriréis a continuacion.

-Hola Paf-in-Poy- y mueve su varita, bueno, el palillo que antes ha usado para sacarse el trocito de bistec de ternera de entre los dientes y que en este momento sirve para detener al águila y convertirla en una estatua en el aire.
En ese mismo instante las alas del águila se convirtieron en una escalera multicolor excepcional. Por ellas descendió el perturbado por los acontencimientos Paf-in-Poy sin mediar palabra alguna con su anfitrión. Cuando tocó tierra firme, el palillo se volvió a mover y el águila, a la que llamaré Oun-le-Wud, se fue. Al mirar el mapa (se ve que le estaba cogiendo el gustillo a eso de mirar el mapa), Paf-in-Poy advirtió que el águila se posaba en la misma rama del mismo AS del BAS que antes, pero percatose que sobre el castillo aparecía un uno que parpadeaba locamente, cada vez mas rápido, mas rápid, mas rapi, mas rap, mas ra, mas r, más, ma, m.( fin de la paranoia).

-O te das prisa o el mapa se borrará y deberás repetirlo todo otra vez. !!!Entra en el castillo, insensato¡¡¡.- Dijo el mago con una voz solemne.

Y así hizo. Una vez dentro del molino, Paf-in-Poy se emocionó al descubrir que en realidad el molino no era un molino, sino un castillo sacado de un cuento de hadas, reluciente y brillante, pero con sólo una estancia elíptica, muchas ventanas de colores y una vaca en medio, justo en el centro de la sala.
-Bien Paf-in-Poy, yo me voy a dormir que me ha entrado un sueño irresistible, nos vemos después de la siesta. Tu habitación está arriba.
Arriba, piensa el joven apático, cómo que arriba si arriba no hay mas que telarañas, relucientes, cierto, pero telarañas...

Para abreviar, que si no nos dan las uvas, os explicaré fugazmente que, para descubrir su habitación en la estancia superior, Paf-in-Poy tuvo que hacerse un café con leche ayudado por el molinillo que estaba en la mesa de la cocina y que, al girar su manivela, las ventanas se convirtieron en puertas. Pero claro, ahora había que llegar a la suya, a la que tenía el cartelito con su nombre.
A Paf-in-Poy no le gusta el café, asi que buscó la leche durante no sé cuánto tiempo, (el tiempo que tardó en beberse seis cafés solos, (sí, de esos q no le gustan)),fijaos si estuvo tiempo buscando la leche que la luna ya habia aparecido, lo que significa que el sol se había escondido y, finalmente, con el acto de inteligencia suprema que, esperemos, patente Paf-in-Poy, descubrió que la vaca da leche si tiras de sus ubres. Y eso es lo que hizo, y cuando lo hizo aparecieron unas escaleras similares a las que había usado para bajar del águila que conducían a su habitación. Una vez dentro de su habitación el problema que tuvo Paf-in-Poy fue dormirse con tanta cafeína en el cuerpo. Estuvo mirando el mapa y vio que sobre el molino había aparecido una vaca y que a lo lejos, en una isla remota, un cero parpadeaba. Y os debo decir que el cero es el último número de esta historia (por suerte para todos). Cuando vio el cero, la luz empezaba a entrar por la ventana y el sueño en Paf-in-Poy, (tanto café le habia dejado insomne y en vela durante toda la noche). Pues bien, cuando estaba a punto de dormirse la voz del mago de la capa brillante resonó en toda la estancia.

-Paf-in-Poy, ya es hora de partir, partir, partir, ir, ir, ir.

Para ser breves no contaré las vueltas que dio en la cama ni las veces que maldijo al mago orondo del lago, así que diré que dio un respingo y, de inmediato, apareció en la sala central desde la que vio que, de nuevo, no había habitaciones en el molino.
-Bien Paf-in-Poy, como sabrás próximamente, somos unos currantes que depedemos de un narrador, y si no lo sabes ya lo sabes, así que debo ir rápido para contarte lo siguiente que debes hacer, que ya se está poniendo nervioso y ronda en su cabecita el matarnos. Hombre, matarnos es mejor que decir que todo es un sueño, todo sea dicho, todo es cuestión de estatus, pero no quiero ahora mismo que acaben conmigo porque ayer conocí a una brujita preciosa que creo que tiene pretensiones amorosas conmigo. (En estos momentos podría cargarme al mago parlanchín, pero el amor me puede).

-Mira, para ser breves: con esta varita multicolor te enviaré a La Cueva del Oso Mimoso, él te dará La Máquina del Tiempo y el Espacio y volverás al lugar y al instante en el que empieza esta historia porque, no sé si te acuerdas, cuando parpadeó el numero cero tantas veces (que no era un cero, que era un uno chavalines) en realidad todo terminó, moriste, pero yo soy mago y he estado haciendo esto porque tú no debes morir nunca y porque me ha dicho el jefe que así lo diga, así que con esa máquina podrás recomponer cualquier aspecto de tu vida y hacerla un poco más interesante. El único inconveniente es que estarás atado a este cuento de por vida, pero lo bueno es que siempre podrás buscar aventuras no vividas por culpa de los miedos y la pereza y nunca recordarás lo que has vivido, para darle mas emoción y así no jugar con ventaja. Eso sí, tienes que estar atento a las señales que te ofrece el destino.

Y eso es lo que hizo Paf-in-Poy, que en estos momentos dejaré durmiendo en su cama, con un mantel manchado, una botella de vino regalada por un oso mimoso y una máquina que aún no ha hecho funcionar. Y yo, yo, yo sólo puedo prometeros contaros en un futuro este mismo cuento pero en condiciones pues (que no lo he dicho) yo ya encontré hace tiempo mi máquina del tiempo y el espacio, y es que todos tenemos una esperándonos en algún lugar. Sólo hay que tener los ojos bien abiertos y creer en los mapas mágicos y esas cosas.

Ya para acabar, también me comentaron mis superiores que una historia debe tener pies y cabeza; pues ya sabéis qué debéis hacer: coger un papelito y un lápiz y dibujar unos pies y una cabeza y, después, insertarlo en el lugar que más (o menos) os guste de este cuento. Así de sencillo.

jueves, 12 de noviembre de 2009

HILOS

Llevaba mucho tiempo dándole vueltas al enigma y por fin, a su manera, lo había solucionado. No comprendía por qué, a lo largo de su vida, al pasar por el lado de alguien, al intecambiar alguna mirada o al sentir la presencia de un desconocido a su espalda, algo así como una suerte de descarga eléctrica se repartía por todos los rincones de su esquelético cuerpo.

Fue en el comedor de su piso; había decidido redecorar el techo de su multicolor habitación con nubes; para llevar a cabo la misión personal del momento, tuvo que comprar discos desmaquilladores y buscar durante demasiado tiempo por cajones, armarios y estanterías unas tijeras, hilo blanco y celo.

El celo lo encontró en una cajita que se ríe siempre de sus eternos despistes desde la estantería en la que, desordenadamente, habita un contubernio formado por Egidio el granjero, Roverandom, el chico Ostra, Taliesin, Merlín, un manual de bricolaje y un tal Lucas. A los demás los obviamos, pues, parece que, en ese momento, estaban echándose una siesta. Muchas veces pensó en vender su alma al diablo y que, a cambio, éste le concediera el honor de descifrar el lenguaje insonoro que usaban entre ellos, pero prefirió vender los dedos de sus manos. Su alma valía demasiado para ser poseída por un simple y pobre diablo.

Descubrió que las tijeras que usaría más tarde estaban en el lavabo, en la reunión acicaladora de espuma de afeitar, pasta y cepillo de dientes, cremas y potingues raros para su delicada cara, desodorante y algún perfume que habría usado quién sabe si tres veces en un año, pues le mareaba el olor artificial. Quizás por eso los dos botes, guiados por el rencor, eran los encargados de avisar, entre jocosas carcajadas, de la llegada del eterno desaliñado. Por suerte para ellos vendió sus dedos al diablo.

El hilo blanco lo encontró en la cómoda roja, después de abrir siete cajones en los que descansaban medicinas, algunas de ellas caducadas, una Polaroid, varias barajas españolas y una del Uno, alambres, cuentas para fabricar pendientes y collares, las medallas que ganó en su niñez gracias al ajedrez, el salto de altura, el fútbol sala y el baloncesto, las carteras de su adolescencia y una inútil colección de cinco pins que no sabía de dónde habían salido. Nadie decía nada,todo estaba en el más absoluto silencio: la persona que los había colocado allí para su casi seguro eterno descanso era demasiado importante como para, a estas alturas de la vida, reírse de él. Su alma valía demasiado.


La creación de una nube con discos desmaquilladores es bien sencilla, pero hay que leer detenidamente las instrucciones y prestar mucha, pero que mucha atención, a cada uno de los pasos.

Primero creamos dos discos separando uno por la mitad; observaremos que la parte central es algodonada como las nubes. Cogeremos una y castigamos a la parte algodonada cara a la mesa. A continuación, colocamos dos más formando una especie de triángulo y, a continuación, hacemos el triángulo un poquito más grande colocando tres medios discos.
El siguiente paso es el mismo pero a la inversa, obviando el paso de los tres discos centrales, haciendo el tríángulo cada vez más pequeño. Al acabar la nube, uniremos todas las partes con trozos de celo. A él le han bastado dos en forma de cruz. Podríamos decir que una nube de discos desmaquilladores son dos triángulos iguales unidos por una base central compartida de tres discos.
Acto seguido, se coge el rollo de celo otra vez y hacemos lo que en el colegio nos enseñaron que era una planta de cruz latina. Para ello usaremos dos tiras: una grande de la que uniremos un extremo pegajoso con uno no pegajoso y una más pequeñita repitiendo la misma operación, de tal manera que nos queden dos especie de elipses. Crearemos la cruz y la situamos encima de la media nube como si la bautizáramos en el nombre del espíritu santo y esas cosas y las aplastamos con delicadeza o no, eso depende del humor que tengamos en el momento de la creación, como siempre.
Después debemos crear la otra media nube y colocarla (recordemos: esta vez la parte algodonada hacia fuera) sobre la otra media nube. Y ya la tenemos. Chula, ¿eh? Si no se entiende al releerlo es aconsejable que fabriquéis la nube realmente, no imaginariamente. En ocasiones, confiamos demasiado en el poder de nuestro pensamiento.

Hemos dicho que el destino de la nube era ser colgada en la habitación del parchís, como la llamaban sus amigos, y para poder ser colgada necesitaba hilo. Y fue en ese momento que le sobrevino a la mente la idea de la teoría de los hilos empáticos.
Una idea es com un rayo: estás haciendo cualquier cosa insignificante y !Zas!, una especie de haz de luz que te ilumina se inserta quién sabe por dónde en tu cabecita y hace que en tus labios aparezca una sonrisa.

La teoría, como siempre, es un poco complicada de explicar porque es una idea que crea muchas ideas, y si bien una palabra es una idea, no siempre una idea es una palabra, ni tan siquiera muchas palabras. Por esta razón pondremos todo el empeño en hacer que podamos comprenderlo y porque alguna vez el chico-desaliñado-que-vendió-sus-dedos-al-diablo-porque-consideró-
su-alma-demasiado-valiosa había comentando en voz alta a quién sabe quién o qué que,algunos días atrás, ni él mismo la comprendía. Así que manos a la obra : fuerza de voluntad e inteligencia para todos. Si alguien no está dispuesto a continuar que se marche sin reparos, que nadie se va a enterar. Eso sí: la vocecita que corroe la mente es muy jodida a veces y puede volverse contra ti repitiéndote hasta la locura que qué demonios querrá explicarnos la teoría de los hilos empáticos.


LA TEORÍA DE LOS HILOS EMPÁTICOS.


La teoría de los hilos empáticos podríamos dividirla en tres partes:

-Nacimiento

-Crecimiento

-Transformación

NACIMIENTO

Al nacer, el ser humano está unido al mundo por una cantidad de hilos invisibles que depende de la gente que va a cruzarse en toda su vida. Podríamos decir que nacemos unidos a la gente que vamos a conocer en toda nuestra existencia a base de hilos. Cada hilo se dirige desde ti hacia esa otra persona que en un futuro va a cruzarse en tu camino. El hilo es invisible, repito, que ya veo a más de uno buscándolo.


CRECIMIENTO

El crecimiento de este hilo depende de la interacción que tengas con el habitante del otro extremo. Una sonrisa, una mirada, un beso, una palabra, un gesto, una bofetada, una patada, una mala nota, un mal consejo, un buen consejo, todo lo que podéis llegar a imaginar que puede existir en una relación entre dos personas hace crecer o decrecer el hilo que las une. Cuando un hilo crece y crece y nunca decrece decimos que la conexión entre almas es perfecta. Pero eso está por ver si realmente existe. Eso sería lo que se denomina Utopía de la teoría de los hilos empáticos. Normalmente las relaciones se basan en continuos cambios de grosor del hilo, pero siempre aparece alguien que te hace creer en la utópica conexión, y eso es lo bueno de la vida: la esperanza en algo mejor que consiga llenar el vacío que reinaba en ti hasta la llegada de un hilo existente pero desconocido. Y es que aquí viene, quizás, la parte más importante de la teoría: para que se inicie la conexión entre las dos almas propietarias del hilo invisible empático una mano invisible, llamémosla dios, destino, coincidencia, como queráis, eso es lo de menos, deberá dar un tirón al hilo para que las dos almas se den cuenta de que hay algo más que una simple mirada, una sencilla palabra o un insignificante gesto.
Y es entonces cuando notamos esa especie de descarga eléctrica en nuestro cuerpo, cuando nos tiran del hilo, cuando se crea una conexión empática entre dos seres. A partir de ahí, las circunstancias harán el resto y el hilo crecerá o decrecerá, pero nunca desparecerá.


TRANSFORMACIÓN

La transformación es la fase final, lo que ocurre al morir, en qué devienen las almas y los hilos, pero, esa parte, no puede explicarse ya que nadie ha venido de donde quiera que vayamos, si es que vamos a algún lugar, para explicarnos el desenlace. Quizás existen conexiones que ya se vivieron en otra vida y se repiten, de distinta manera o no, en ésta, pero eso es otra teoría y tampoco es plan de agobiar al personal con las paranoias del chico de las nubes.

Quizás todo hubiese sido más sencillo y más corto si la idea se le hubiese ocurrido al advertir que, antes de nacer, un hilo o cordón nos une a la primera persona que interactúa con nosotros durante, normalmente, nueve meses. Pero fue creando nubes como se le ocurrió. Así que nada, a seguir descubriendo y engordando hilos a base de descargas eléctricas empáticas.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Un cuento breve

Un gatito frotaba su lomo con unas piernas como queriendo decirle algo al caballero andante de rostro gélido y meditabundo. Éste no hizo más que agachar su larguirucho cuello y proferir una palabra:

-!!Catapulta!!

El interior del castillo lo obviaremos, al igual que a las doncellas, cocineros, sirvientes y demás personajes. Nos centraremos en el ejército y no en todos sus caballeros, pues si bien esa idea por sí sola daría para mil libros, el reloj de arena y el formato del pergamino no dan para mucho. Así que intentaremos ser lo más breves y concisos que podamos.

-!!!!!!He dicho catapulta!!!!!!

En estas apareció un armario tres por tres andante, de esos con brazos como piernas, piernas como chimeneas, chimeneas como troncos milenarios y... vaya, el típico fortachón del típico cuento.

Cogió al gato por la cola y movió su brazo al estilo molinillo de café. Diez segundos después no había brazo, sino un círculo en movimiento que dispersaba toda la hojarasca por allí congregada. El ejército restante asíase de cualquier elemento que encontraba a su alrededor para no verse engullido por el torbellino que el grandullón había creado. Y el caballero andante de rostro gélido y meditabundo, anclado al suelo gracias a una espada que a duras penas podía manejar, dijo:

-!!!!Ahora!!!!

El armario ropero empezó a correr a discreción hacia el río, el río de poco caudal que usan las sirvientas para limpiar los calzoncillos mugrientos de sus maridos, el rio de corriente casi inexistente en el que los hijos de las sirvientas se bañan cada mañana de verano esperando que la princesa y el príncipe de turno se enamore de uno de ellos, el río que sale en todos los cuentos y que, por suerte, aún no han decidido colocarle el canon de “Único río con derecho a aparecer en cuentos”. Cuando estuvo a escaso medio metro del margen, el..., bueno, para abreviar diremos que el caballero de rostro gélido y meditabundo es el rey, el rey dijo:

-!!!Lánzalo pardiez!!!

Y lo lanzó. Sí. Lo lanzó. Lo cierto es que Catapulta lanzó al gato, de eso no hay duda. Y tampoco podemos dudar de que el gato describió el camino que el rey había imaginado en su mente. No hay nada que reprocharle al grandullón de brazo circular. Tan solo un pequeño detalle: la dirección. En lugar de soltar la cola del gato cuando el animalito se encontraba en la parte superior del círculo, lo soltó cuando estaba en la parte inferior, y el gato iba marcha atrás, con el rabo entre las patas traseras, las orejitas formando dos tupés sobre su cabecita y lo que más odian los gatos, sintiendo como el aire le acariciaba a contrapelo, lo que provocó en la boca del felino un gesto que podríamos denominar como draculino. Una foto de premio, vamos, si no fuera porque no existían todavía las cámaras fotográficas y el pintor real estaba en las mazmorras jugando al tres en raya con un ogro malvado.

El gato fue a parar al rostro de una bella dama que se encontraba encerrada en la torre más alta del castillo. Dicen que su delito era tener alitosis, y al proferir el pertinente grito de terror al ver que el gato había ido a clavar sus largas uñas en su bello rostro, el gato se desmayó y cayó al suelo. Pero cayó con las patas, como todo buen gato cae siempre. Y el rey dijo.

-!!!Brujas!!!

Y allí aparecieron Verrugas, la bruja con más verrugas por centímetro cuadrado en la cara, Croadora, la bruja con voz de rana, pero no Empanada, la bruja que, a pesar de ser la más vieja del lugar, aún no se había sacado el carné de escoba y llegaba tarde siempre a todos los sitios.

-!!!A la hoguera con él!!!

Las brujas crearon por arte de magia oscura no escrita ni descrita en ningún cuento una hoguera de esas que se usan para quemar a la gente que, o bien no hace su trabajo, o el trabajo que hacen no es del agrado del rey ni de la iglesia de todos los santos habidos y por haber.

-!!!Llegas tarde!!!!

Empanada dijo que la culpa era de del transporte público y el rey hizo llamar al consejero real que se dedicaba a esos asuntos, que también fue quemado. Cogió al gato por la cola, apartó la cara lo más que pudo del felino debido al olor a dama con alitosis que aún desprendía su pelaje y dijo:

-!!!Arquero!!!

El arquero llegó después de bajarse de un árbol al que había ido a parar por culpa del torbellino que había creado Catapultadescansenpaz. Su rostro rollizo por el temor que le embargaba, su brazo alargado para tomar posesión del gato y una pregunta, pobre ignorante, que salió de su boca de pitiminí.

-Señor, ¿por qué quiere deshacerse del gato?

El rey dijo:

-!!!Brujas!!!

Y el final ya lo sabéis.

Entonces pensó y decidió llamar al poeta que en esos momentos estaba durmiendo con una bella dama en el granero que a la vez servía de gallinero que a la vez servía de casa de citas sin concierto ni beneficio ajeno.

-!!!Poeta!!!

La dama despertó al poeta y y éste apareció desnudo ante la multitud. El rey, ojiplático y perplejo, apartó la vista del aparato reproductor del joven inventor de versos y dirigió su mirada un poco más abajo de su ombligo.
De la terraza del castillo salió una voz como de reina:

-!!!Deja de mirarte el ombligo, pardiez!!!

Y el rey dijo:

-!!!Estoy mirándome por debajo del ombligo, pardiez!!!

Se acaba el pergamino. El rey le dijo al poeta:

-Quiero que me escribas un final indigno para este gato. Ha osado pasar por debajo de mis piernas y todo ser viviente sabe que ese gesto es un desprecio a la autoridad real femenina. Espabila, que el reloj de arena toca su fin.


El poeta cogió la pluma de cuervo, el pergamino casi acabado y escribió:

El gato murió.”

Le pasó el final de cuento al rey y este se dirigió al cementerio de animales. Buscó y buscó y no parará hasta encontrarlo.

Ahora, en el castillo de la torre con dama de alitosis etcétera, reinan el poeta y la chica del granero. Todo el mundo tiene un nombre digno y esas cosas que os podéis imaginar que dicen todos los cuentos. No existe el tiempo y los pergaminos son los caminos que cada caminante escribe con sus pasos. YungatolesvisitaunavezalañoparatraerlenoticiasalaantiguareinasobreelparaderodesumaridoFin.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Análisis de un dibujo: el suicida arrepentido

La habitación del deseo espera simplemente que tus nudillos golpeen levemente la puerta que separa la realidad de la ficción. Piensas y dejas entrever en tu mente una cama, una silla, y un espejo que refleja una ventana que da a una puerta en la que cuelga un cartelito que reza "La habitación del deseo". Si abrieses la puerta que refleja ese espejo, podrías encontrar burbujas que penden bajo una gravedad inventada para un cuento, pues esa tercera puerta esconde las ideas que tú, querida, vieja e incansable memoria, has ido resguardando de mis dedos y mi bolígrafo para aparecer en algún momento sin pedirlo o, quién sabe, quizás para desaparecer eternamente.

Te fijarías en una burbuja y verías una puerta de la que pende un cartelito que reza la habitación del deseo. Desearías tocarla con la punta de tu dedo corazón para hacer el contacto más sincero, pero seguramente tendrías miedo a la explosión de ese recuerdo y desestimarías la idea, como has hecho casi siempre en tu vida para que nadie sufriera por tu culpa. Te acercarías más y más hasta verte reflejada en la pelotita ingrávida, decubrirías que tu rostro envejece en cada recuerdo que olvidas, en cada promesa que incumples, en cada deseo obviado a cambio de una comodidad camuflada bajo lo que realmente te has convertido: otra ambición.


La habitación del deseo se esconde en unos papelitos que guardaste ayer en el cajón de tu mesita de noche. Si tuvieras valor y dejaras a un lado los prejuicios insustanciales que te han acompañado a lo largo de tu existencia te desprenderías de todo lo que has conseguido, huirías de la miseria que te ha acompañado hasta este momento y te subirías al primer tren con destino a cualquier lugar, lejos de este mundo conocido. Irías desechando momentos catalogados de inolvidables para asumir que quien no te escoge pierde, que quien no te abraza se desalma, que quien no te mira olvida. Entonces te convertirías en otro recuerdo que lentamente se desvanece en el interior de una burbujita que pende en otra habitación , en otra puerta que esconde recuerdos.


El cartel que reza en la puerta de tu habitación del deseo tiene, a modo indicativo de tu persona, que eres la que posee tales recuerdos, una hoja de agenda con un dibujo hecho a bolígrafo una mañana insomne de primavera mientras te dirigías a un final alevosamente preparado. En él, un ojo de pupila oscura e iris espiral con punta de flecha te observaba atentamente, mientras tú dejabas que tu mano te guiara a través de los recuerdos. Garabateaste en la retina tres estrellas y una luna, porque siempre te ha gustado estar más allí arriba que aquí abajo, y una especie de mar bravío como alegoría del alma que te atrapa. Siete pestañas superiores y otras siete inferiores cobijaban más deseos. En el lugar reservado para la unión de los dos párpados dos formas que penden: una marioneta a la derecha, símbolo de lo que has sido hasta ahora, y un ahorcado a la izquierda, en el lugar reservado para la expulsión de tus lágrimas, personificación de un deseo que, cual bucle existencial, deviene de vez en cuando ante el hastío de una vida reposada y carente de anhelos.

Sobre el ahorcado dos pestañas; sobre estas pestañas una nube premonitoria de lluvias torrenciales. A continuación, una pestaña-hacha que apunta a la más alta, como queriendo derribarla en el siguiente movimiento de párpados; tras las tres siguientes flechas oculares, oculto y expectante, el cerebro, refugio de todo lo acontecido más una cometa, en la que siempre has querido convertirte para mirar desde otro punto de vista tus miserias, y un árbol seco que podríamos llamar sauce, al otro extremo de las glándulas lacrimógenas.

En el párpado inferior, continuando la labor del ahorcado, dos estrellas, un deseo de cielo nocturno que pretendes que sean dos corazones, y dos raíces que al final se unen, y un camino formado por una larga serie de puntos suspensivos. Y al final una flor extraña que, como tu vida, da lugar a otro ojo que espera la llegada de más recuerdos, de más anhelos, de más vida porque, aunque muchas veces pienses en morir, lo haces porque, a pesar de todo, aún respiras.