jueves, 29 de octubre de 2009

La noche de los libros quemados


El tintineo de las gotas de lluvia en las ventanas del salón relajábanla de tal manera que se evadía a mundos jamás antes pensados, a mundos jamás antes soñados. Decidió proseguir con aquella lectura gratamente encontrada en un banco hacía casi un año. Mientras leía, desmenuzaba y memorizaba cada una de sus frases en una cabecita de labios delicados y apetecibles y hermoso mentón.

Cientos de calabazas con rostro humano y sonrisa zigzagueante flanqueaban el camino serpenteante mientras temblaban de miedo al ver semejante belleza acercándose a ellos, aún distante. Dos hablaban.

-No será...
-No. Ni tan siquiera es. Posiblemente fuera en algún tiempo, pero no, no será ni, en estos momentos, puede decirse que es.

Era la noche de los libros quemados. La puerta de entrada al recinto en el que se daría lugar el festín estaba resguardada por la imagen de dos cuervos.

-Nunca más.- Decía uno mirando al otro.
-Nada más.- Decía el otro mirando al uno.

En el interior, una mesa enorme repleta de exquisitos manjares daría la bienvenida a los afortunados: ayer, recibieron la invitación para la fiesta anual.

Fuera del castillo, desde la puerta, o hasta la puerta, depende de si se viene o si se va, un camino que serpentea y en el que se divisa una chica. En el borde del camino, cientos de calabazas con rostro humano y sonrisa zigzagueante. Y dos susurran:

-No será...

-No. Ni tan siquiera es. Posiblemente fuera en algún tiempo, pero no, no será ni, en estos momentos, puede decirse que es.

La chica avanza con un libro entre las manos. Pesa. Su rostro es bello, no puede ser de otra manera, y su caminar es lento y también pesado. Llega a la puerta y se encuentra con la imagen de dos cuervos :

-Nunca más.- Dice uno.

-Nada más.- Dice el otro.

La chica deposita el libro en una mesita que se encuentra flanqueando el lado derecho de la gran puerta dorada. Desaparecen. La chica dice:

-¡Oh!

Y se tapa los labios delicados y apetecibles con la mano derecha.

Se abre la puerta. La chica dice:

-¡Ah!

Y se acaricia el hermoso mentón con la mano que antes tapaba sus labios.

Al entrar, un estruendo celestial ilumina todos los rincones de aquella lúgubre estancia. Empieza a llover.
En el interior, una enorme mesa repleta de exquisitos manjares da la bienvenida a los afortunados. Ayer, recibieron la invitación para la fiesta anual.
La chica avanza y se dirige a la hoguera que acabará con el libro que la tuvo entretenida durante el último año.
Y piensa.

-No puedo permitir que el libro se queme.

Observa a todos los afortunados: ayer, ellos también recibieron la invitación. Todos piensan lo mismo:

-No puedo permitir que el libro se queme.

Las gotas de lluvia tintinean en los ventanales de la mansión

Un rayo zigzagueante atraviesa, serpentenate, la estancia.
Aún así ,todos parecen sonrientes, ocultando la congoja que les invade.
¡Silencio! Prestad atención. Parece que llega el anfitrión. Es el señor de la casa. Un respeto. Se dispone a hablar.

-Bienvenidos, seres afortunados. Como cada año, este día que termina os ha elegido para gloria de los venideros. De vosotros depende el futuro de nuestro mundo. Y de vuestros libros...

De la boca de todos los allí presentes:

-¡Oh!

-...Pero no os asustéis: la eternidad os aguarda...

De la boca de todos los allí presentes:

-¡Ah!

-...Y ahora, la ceremonia.

La ceremonia fue como todas las ceremonias: música, baile, risas, palmas, sonrisas, palmas, cansancio, palmas, bostezos, palmas, bostezos, bostezos, bostezos. Por fin, el fin.
De nuevo el anfitrión:

-Demos un fuerte aplauso a músicos y bailarines... Y que empiece el juego. Las instrucciones están en el sobre que está dentro del sobre que recibisteis ayer y que reza: "No abrir"

Todos, en ese momento, con un nerviosismo desesperante, lo abrieron.


1.-Sitúate en cualquier lugar cerca de la hoguera. Siente el calor de sus brasas.

2.- Piensa en el título del libro que has decidido quemar.

3.-Escoge una frase.

4.-Repítela hasta la saciedad.

A la tercera repetición, todos los allí presentes se convirtieron en calabazas.

El anfitrión colocó su oído sobre la boca zigzagueante de cada una de ellas y escogío a dos. Se dirigió a la puerta de su mansión.

-"Que los cuervos calabazas sean y que estas calabazas en cuervos se conviertan.”
Nuestra lectora, que seguía desmenuzando en su cabecita de labios delicados y apetecibles y hermoso mentón el contenido de aquel libro profirió un tímido “¡Oh!”, y advirtió que la tapita de su buzón se cerraba violentamente.

-¡Ah!


martes, 27 de octubre de 2009

Brainstorm o la hiperbólica creación de un cuento

"Érase una vez" es la típica, tópica y hasta depresiva fórmula utilizada para empezar un cuento. Hasta ahí, bien, ¿no? Pero falta algo. ¿Alguien me lo puede decir? Muy bien. Falta "infantil", "cuento infantil". La utilización de esta frase, que suena a desgastada por el tiempo, roza la historia literaria, el asentamiento cultural, y a mí, particularmente, no me agrada recurrir al pasado remoto ni al sedentarismo creativo para hilvanar un cuento, ni tan siquiera "infantil". No esperéis aquí eso. No esperéis nada lógico y formal ni al fin ni al cabo, pues mi forma de escribir y de pensar ni es lógica ni formal, y menos si llueve desde esta cabeza.
. Bueno. Tal vez empezar un cuento con un "" sea demasiado rotundo, aunque quién sabe el verdadero significado de la rotundidad en tal caso, en el caso que nos ocupa mejor, o mejor aún, el que debiera ocuparnos en estos momentos. Quién puede saber sobre tantas cosas, quién quiere saber sobre tantas cosas. Un "Quizás mejor" o mejor un "Quizás", quién sabe, quien quiere saber tantas cosas que se repiten con otros nombres y otras formas. Después de todo nada es lo que creemos o lo que queremos que sea realmente: basta con echar la vista atrás sin mover el cuello (para no correr el riesgo de convertirnos en estatuas de sal) con la aspiración de quedarnos pensativos, meditabundos, para divagar en pretéritas ocurrencias o situaciones.
Quién sabe qué fue, qué pudo haber sido, quién quiere saber si fue una vez, quién quiere darse cuenta, averiguar, malinterpretar, justificar acciones ajenas o actuaciones propias y rondar la mediocridad de uno mismo a través de un lenguaje igualmente mediocre que se ha aprendido quién sabe con cuántos libros, con cuántos monólogos (o monólocos, como yo los llamo disparatándolos) con amigos imaginarios; con cuantas conversaciones con amigos reales (igual de fantásticos si cabe, pero estos últimos con los dedos de las manos) en el tiempo que ocupamos este espacio que, gentilmente, posiblemente, nos ha sido otorgado, con una materia de cuerpo que puedes inventarte y una mente divertida (no soy yo quien lo afirma, no me acuséis de vanidad sin conocerme, si acaso permitid que os conceda la libre acusación cuando sea yo quien lo diga.). Quién sabe si fue una vez. Quién quiere saber esas cosas.

El mensaje oculto en el el humo del cigarrillo que observo ahora mismo y que me puede matar si no requiero la ayuda de un farmacéutico o un médico, como me indica la cajetilla, estorba si interpretamos el hecho de que me lo fumo con gran pasión y devoción mientras leo las frases protectoras de los que deberían preocuparse más por el estado de mi alma que de entorpecer tanto mis minutitos de paz ahumada.

Vivir es morir, Perogrullo. Morir haciendo lo que quieres es morir viviendo. Yo no pretendo una vida que esquive la muerte: he de morir, y lo asumo.
El humo del cigarrillo se va enlairando y lentamente desvaneciendo, como recuerdos de antaño que quién quiere acordarse ahora de ellos, para qué interrumpir este preciado momento de tranquilidad solitaria con momentos vividos si puedo evadirme a lugares creados sólo para mí, egoísta despreciable enamorado de la locura.
Posiblemente nadie entienda qué es una paradoja si escribimos una paradoja; tal vez debiéramos enviarla al que diseñó el mensaje de la cajetilla para que la interprete por los demás y, de esa manera, quien quiera entenderla y hacerle caso que lo haga, que viva su utopía de vida eterna de comida masticada y digerida.
De todas maneras de qué sirve empezar con un "
", con un "No", con un "Érase una vez", con una palabra cualquiera si hoy parece que al vecino de al lado le ha dado por llamarme ocho veces en dos horas. Que sí, que ya sé que ayer te dije que pasaras hoy a pagarme el recibo trimestral de la comunidad, pero si a mí no me abren a la primera no vuelvo hasta el día siguiente. ¿Que me ha visto entrar por la puerta hace dos horas? Puedo estar duchándome, puedo estar sesteando, fíjate que hasta podría estar escribiendo pensamientos torrenciales aparecidos al azar,o en la cama, por decir algún lugar apetecible, con una maravilla de chica.
Falta psicología de escalera en este mundo. Si en el tiempo que tardo en escribir esta lluvia de ideas no vuelve, cuando vuelva, que lo hará, estoy seguro (este tío es inacansable, inagotable, cansino y agotador), le abriré la puerta. Espero que no sea ahora que los niños del segundo revolotean como avispas de arriba a abajo por la escalera supongo que por la primavera, creando una asimilable banda sonora de gritos, risas, pasos, golpes y balbuceos indescriptibles, encriptados por una lejanía de puerta cerrada y paredes de hormigón estucadas de un blanco deprimente. Ahora entiendo por qué existen los colores.
Yo pensaba que los colores existían porque un dia el arco iris salió generoso y empezó a repartir a diestro y siniestro toda su gama ecológicamente cromática.
. ((( Por suerte estoy demasiado metido en el arco iris, subiéndolo y bajándolo como un niño o un oso amoroso (cualquier cosa que suba y baje de fácil asimilación me vale) como para volver la vista al principio de esto que pretende ser un cuento, copiarlo y, alegremente y sin pensar en el tiempo de la gente que lee esto, decir que es un "dejà vu"). ¿Para qué copiar lo que ya he escrito? ¿Decir que es un "dejà vu" ? Tonterías. En los "dejà vu" ( por cierto, ¿por qué no usar una palabra en castellano? Luego nos quejamos de las extinciones. Por eso en el título aparece un anglicismo "Made in U.S.A.", para que nos quejemos, que es gratis) yo me quedo estático, pensando en cuándo va a acabar, analizándolo, metiéndome dentro de él, deseando que nunca acabe y disfrutando de mi anomalía mental). Sigamos).

Sí. Un día el cielo se alió con un río "que van a dar a la mar que es el morir” y se formó una nube de la que empezó a llover porque en el cielo no hay semáforos, y, si los hay, las nubes tienen el mismo derecho a confundirse que los de aquí abajo. En éstas estaba la nube tan tranquila pensando en vete tú a saber qué cuando otra, que venía en sentido contrario, obvió el círculito rojo y chocó contra la que, sin saberlo, estaba predestinada a ser su aliada de lluvias celestiales. Bueno, a decir verdad aún no se sabe quién se lo saltó, aún siguen echándose las culpas la una a la otra a base de golpes y golpes lluviosos en otra parte del mundo, porque las nubes no se mueren, se mueven, una modificación de consonante y la eternidad. Cuando se alejaron lo suficiente como para que en aquel lugar que me estoy inventando pero que en otro plano ya existe porque lo he creado yo que soy un dios (porque todos somos dioses si queremos, lo sabéis, ¿no?). Pues eso, cuando se alejaron lo suficiente como para que en aquel lugar que me estoy inventando pero que en otro plano existe porque lo he creado yo cesara (aquí se acaba el "dejà vu" que no es tal porque a mí las tonterías no me gustan) de llover, apareció el arco iris.
No. La gente no salió a saludarlo, ni a darle la bienvenida, ni tan siquiera a decirle que hacía mucho tiempo que no sabían de él. La gente
, inmiscuida en su mundo mediocre y miserable, siguió comprando, delante del televisor o peleándose y, bueno, esas cosas que hace la gente hoy en dia. Por eso, cuando deja de llover y sale el sol, el arco iris le pone cara de tristeza al cielo: que sí, que el arco iris es muy bonito y todo eso, pero es la boca del cielo que anuncia la infelicidad que reina en estos tiempos. Y es que desde su trono celeste lo ve todo. Quizás sea ese dios del que tanto nos hablan, cada vez menos, es cierto, y por eso hay gente que lo ve y otra que no. No sé.
No sé. Nada odio más que me digan un no sé. Invéntatelo si no sabes. Imagínate la respuesta pero no me digas un no sé. Odio los noseabundos. Quizás la palabra nauseabundo venga de ahi y no de náusea, o quizás náusea la inventara un hombre harto de los no sé.
Inventar palabras es un juego maravilloso. Yo ya he contribuido con mi palabrita para crear un mundo más sostenible. Sí, que nos dicen que hay que plantar un árbol en la vida, perfecto, me parece lo más bonito que puede hacer alguien que seguramente gaste más de diez árboles en su vida, sólo debe nueve, muy bien, pero ¿y las palabras? ¿Cuántas van cansadas por el mundo por el uso? ¿Cuántas van solitarias por el desuso? A mí me apenan las dos, aunque a la gente parece que últimamente le ha dado por apadrinar sólo las que están en desuso. Lo que habría que hacer es crear más y no diferenciar, siempre con lo mismo. En las palabras también existe selección natural. Es natural, ¿no?
Naturalmente. El vecino de al lado. Lo sabía. He abierto la puerta. Me da pena el hombre. No, no es compasión, son nueve interrupciones en dos horas. Tampoco es plan de hacerle perder el tiempo al pobre señor que bastante tiene con su tartamudez. El hombre se ha acostumbrado a su característica especial y vive con élla, ya lo sabe, muchos años con élla, es una marca , qué va a hacer, pues llevarlo lo mejor que pueda. Por eso yo le ayudo y como se me da bien eso de intuir pues intuyo.
Hoy me ha dicho que cambie el nombre del recibo. Por suerte no se ha atascado mucho. Que ponga otro, que ese es el de su sobrino y ya no vive con ellos. Lo he hecho, claro: el presidente de una escalera es un esclavo atado a una cadena comunitaria.
La del bajos aún me debe tres recibos. Qué bajo ha caído. Lo peor de todo es que en enero yo debería de haber dejado mi cargo pero claro, la vecina solidaria a quien le debe gustar que yo sea el presidente no ha pagado y aquí sigo, aguantando vecinos llamando a mi puerta una media de cinco veces diarias para pagarme porque no puedo aprobar el balance de cuentas anual. Qué bajo he caído. Por suerte casi nunca estoy para ellos y no abro porque me agobian, y es que no puedo permitir que (perdón, llaman al timbre) sean ellos los que pongan el punto final de mis lluviosos cuentos.


sábado, 24 de octubre de 2009

Algo así

Esos recuerdos de los que me hablabas no son más que sueños que algún día se asomaron a tu dormida cabecita para ofrecerte lo que podría convertirse en una vida llena de teórica felicidad, estado que, algún tiempo después, asumiste, no sin duras y dolorosas caídas, que no era más que una pretensión espiritual inalcanzable, un invento más del ser humano para tener algo en lo que creer, algo a lo que sujetarnos.

A lo largo de nuestra existencia, tendemos a transformar recuerdos en algo así como expresiones oníricas escondidas entre una suerte de humo grisáceo, casi opaco, que sólo deja entrever similitudes entre lo que es, lo que aparenta ser, lo que debería ser y lo que a ti te gustaría que fuera, quién sabe si para olvidar algo demasiado hermoso, algo que no creemos ni queremos merecer.
De la misma manera, a lo largo de nuestra existencia, ejercemos una especie de desvío sobre algún sueño proyectándolo hacia el lugar en el que cohabitan los recuerdos reales, quién sabe si para apoyarnos en deseos que esperamos que lleguen en cualquier momento

Una mañana cualquiera pero festiva decidí coger la bicicleta y vagar sin rumbo fijo por el mercado medieval que, un fin de semana cualquiera pero festivo, se instaló, como por arte de magia, en el centro de mi gris y triste ciudad.
Un sinfín de paradas me ofrecÍan desde los más variopintos embutidos hasta escudos de madera con el símbolo de algún dragón, vencido, seguramente, por las ansias de gloria de un caballero desaliñado y soltero. Mi atención no se desvió hacia los olores a brasa quemada ni a los de algún incienso que pretendiera reproducir el ambiente perfumado de aquellos antiguos escenarios. Mi atención de desvió, como algunos sueños transformados en recuerdos, o quién sabe si al revés, más allá, a lo lejos, hacia el interior de una carpa en la que, a aquellas tempranas horas del día, una función de marionetas captaba la atención de algunos niños, algunos abuelos y bastantes padres con rostros resignados.

Entre los aromas de la barbacoa medieval que a unos metros de allí se disponia a tostar la carne del dragón vencido del escudo, una princesa y un caballero de armadura desvencijada dialogaban sobre el amor y la posibilidad de la existencia de éste entre ellos, siempre y cuando el valeroso hombre de hojalata oxidada la liberara de las garras del ahora criptozoológico animal que, siempre según la princesa, descansaba sobre miles de monedas doradas. Estuve a punto de decirle al pobre hombre que la carne de dragón hacía varias horas que estaba hecha filetitos en la carpa de al lado, que la princesa ya estaba prometida, que ya tenía caballero de armadura impoluta, pero preferí sacar un cigarrillo, encenderlo y fumármelo observando los diferentes rostros que por allí pululaban.

Con el tiempo, uno llega a la conclusión de que la observación del mundo que te rodea es más un acto de reconocimiento de uno mismo en los demás que de aprendizaje sobre la vida y sus misterios.
Ver a un niño que sonríe cuando una princesa le da una colleja al caballero que debería poseer la admiración y la lástima de todo el público es reconocerte en él y asimilar que el caballero es el payaso del que, muchos años atrás, viste una torpe función en el patio de arena del colegio, durante algún fin de curso, onírico ya a estas alturas de la vida.
Con el tiempo, uno llega a la conclusión de que la observación de los ensimismados abuelos, impertérritos ante la misma colleja, puede llegar a ofrecerte la idea de que la vida, posiblemente, valga la pena para llegar a una edad en la que una colleja es una colleja y no para tener la posibilidad de matar a un dragón, debido quizás a demasiados recuerdos moldeados por los acontecimientos de una existencia dura y sentida.
Con el tiempo, uno llega a la conclusión de que la observación de los padres se puede resumir en varias consultas al reloj, en varias miradas masculinas hacia una joven y bien proporcionada chica que pasaba por allí como ofreciendo gratuitamente su cuerpo al mundo de los ojos y en algunos lamentos femeninos a la vez que se tocaban la prominente barriga que antaño, problablemente, se paseaba por la misma calle y con la misma pretensión embaucadora que la de la joven.

Lancé la colilla de mi acabado cigarro y, sorteando cual caballero medieval las paradas y a sus feriantes a lomos de mi bicicleta, puse rumbo fijo hacia el parque en el que suelo refugiarme para leer en los días de sol y melancolía.
Podría reducir el trayecto a la observación del paseo en bicicleta de un padre y su hijo y a la pretensión del hombre en enseñarle al niño qué es la vida ayudado, sobre todo, por un algo que yo jamás antes había visto, y que unía la bici del padre y del hijo convirtiendo dos bicis de dos y cuatro ruedas respectivamente en una de cinco. Debería averiguar cómo se llama ese algo, porque las descripciones no son lo mío. En cambio, su conversación podría ser algo así:

"Mira, Cualquiernombreesbueno. Llega un momento en que la vida deja de pertenecerte, en que creas unos lazos de unión con otro ser humano del que nace algo parecido a ti y al que te debes en cuerpo y alma. Es precioso, te lo puedo asegurar, pero dejas de ser verdaderamente dueño de tus actos. Créeme cuando te digo que eres lo mejor que me ha ocurrido en la vida, que tu madre y tú sois lo mejor que me ha ocurrido en la vida, pero ya no me siento individuo, siento que soy algo así como un algo que necesitas para crecer y convertirte en algo parecido a mí. Siento como si fuéramos dos bicicletas que se convierten en una para poder seguir rodando por la vida. ¿Tu madre? Tu madre lo es todo hijo, sin élla no habría padre ni hijo, créeme. Nunca dejes de sentir admiración por ella. Yo nunca lo he hecho, a pesar de las riñas que hayamos podido tener, a pesar de algunos recuerdos que prefiero creer que fueron inquietudes oníricas, a pesar de habernos distanciado hace ya algunos años."

Al llegar al parque coloqué el sillín de la bicicleta a modo de reposacabezas, me tumbé en el césped, cerré los ojos y pasé la palma de mi mano derecha sobre él, como acariciándolo, dejándome llevar por el delicado cosquilleo que diminutas lanzas vegetales me regalaban en ese momento. Abrí los ojos, despertando así del orgasmo onírico que Gaia me había estado guardando desde quién sabe cuanto tiempo y divisé a un hombre que disfrutaba haciendo navegar un barco teledirigido sobre el lago artificial.
Imaginé que la jubilación y la posible muerte de su mujer, hacía no muchos años, provocaron en el joven anciano la necesidad de canalizar toda su energía hacia algún sueño irrealizado, como ser el capitán de algún barco.
Imaginé que la jubilación y la posible muerte de su mujer hacía no muchos años provocaron en el joven anciano la necesidad de canalizar los recuerdos de casi toda una vida dedicada a faenar en mar abierto hacia un barco de juguete, quizá para sentirse de nuevo aquel niño que no quería creerse las palabras que un día su padre, durante un paseo, le profirió acerca de la tarea de ser padre y sus consecuencias.

Abrí la mochila y saqué uno de los libros que estaba leyendo; pasada una hora de ensimismamiento entre letras ajenas, cogí un bolígrafo y apunté algo parecido al primer párrafo de esto que ahora pretendo que algún día leas. Y digo pretendo que algún día leas porque yo ya he llegado al punto en el que no sé si existes, existirás o exististe, porque yo ya he llegado al punto en el que no sé si fuiste, eres o serás algo así como un sueño.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Lucas el Pelucas

Si bien es cierto que Lucas el Pelucas estaba hecho pedazos, no menos cierto era que peor hubiera sido estar hecho polvo o mistos, lo primero porque cómo desplazarse en los días sin viento, y lo segundo porque cómo ser de madera o cera y fósforo si no puedes arder.
Lucas el Pelucas había crecido en un ambiente hostil para la realización de su sueño, que era nada menos y nada más que ser hoguera. Residía desde su nacimiento en el norte del norte, un lugar en el que si hace algo es frío, mucho frío, tanto frío que al encender fuego éste se congela, permaneciendo la llama como una escultura. Hay en su ciudad un parque, el parque de las llamas; para entrar en él tienes que llamar a una puerta de hielo y, si el azar se confabula con tu estrella, dicen que puedes disfrutar de la visión de miles de llamas quietas que esperan que, algún dia, deje de hacer frío y puedan crepitar y dar calor a la gente cuyo azar se ha confabulado con su estrella.

Su infancia pasó como la de todo norteño: Lucas llorando, Lucas riendo, Lucas creciendo, Lucas gateando, Lucas creciendo, Lucas caminando, Lucas creciendo cada vez más y Lucas pidiendo cosas hasta convertirse en lo que hoy es, un chico hecho pedazos porque no puede realizar su sueño.
Lucas el Pelucas empezó a saber que algo no iba bien cuando un día, al salir de la escuela, no advirtió que llovían chuzos de punta. Uno de ellos, un chuzo paliducho que daba más pena que el propio Lucas, le dio de refilón en la oreja derecha y, como no podia ser de otra forma, ésta se desgajó.
Absorto y sangrante, el pobre chaval fue corriendo a casa con la oreja derecha en la mano izquierda pero sin el corazón en un puño, y al llegar su madre le dijo:

-¡Lucas!
Y él dijo:
-¡Mi oreja derecha!
Y ella
-¡Enhiélala en el jardin!
Y Lucas la enhieló en el jardín.

Lucas el Pelucas sin oreja derecha empezó a ser el hazmerreír de la clase pero todo, como bien sabemos todos, puede ir a peor. Dos días después de su primer accidente con las fuerzas de la naturaleza, comenzó a caer una lluvia copiosa, tan copiosa que imitó a la de los chuzos de punta, sesgándole la oreja izquierda, pero además de copiosa era envidiosa, y no tuvo la brillante y bondadosa idea de enviar a una diosa, no, sino que le envió otro chuzo y sólo para hacerle mas daño que el otro, pero este tan grande y fortote que le partió la nariz al pobre Lucas el pelucas sin orejas y, ahora, sin nariz.

Lucas el Pelucas sin orejas ni nariz fue corriendo otra vez a su casa y su madre:
-¡Lucas!
Y él:
-¡Mi oreja izquierda y mi nariz!
Y la madre:
-¡Pues ya sabes adónde tienes que ir!
Y lucas fue.

Pero las desgracias ya no es que puedan ir a peor, no, además, nunca vienen solas, y al dia siguiente, en clase, una chica nueva, Loli la Panoli, ocupó el pupitre contiguo al de Lucas el pelucas sin orejas ni nariz, provocando la parálisis en todos los miembros del pobre chaval.

Si bien es cierto que Lucas el pelucas estaba hecho pedazos, no menos cierto era que Loli la panoli estaba hecha un pincel, aunque peor hubiese sido estar hecha una princesita o una mujercita, lo primero porque cómo pretender que lucas sin orejas ni nariz fuera un príncipe, y lo segundo porque cómo querer crecer.
Loli la panoli había nacido y crecido en el sur del sur, en un ambiente selecto, entre mayores distinguidos y pulcros, rodeada de artistas de la Avant-Garde, forofos del Pop-Art y otros nombres aún más raros. Sus padres organizaban, cada dieciséis horas, reuniones a las que asistían los más selectos miembros de la cultura popular sureña, hasta que un día, un sol de injusticia, le quemó la cara a la pequeña y bella gourmet.
El sueño de Loli la panoli siempre había sido ser un bote de pintura verde, pero desde aquel traumático día todo viró hacia el cubito de hielo por aquí cubito de hielo por allí, así que sus padres no tuvieron más remedio que dejar el sur del sur por el norte del norte, pensando que con el ultrafrío se le quitarían esos sueños locos.

Aquel primer día de clase, y una vez Lucas el pelucas dejó de sentirse estatua, se miraron de reojo tres veces, lo que da un total de seis miradas, y sólo en una de ellas sus ojos coincideron. Dicen que la magia puede llegar en cualquier momento y sin necesidad de varitas ni otros artilugios ostentosos; pues bien, a ellos les pilló en clase de Aitor el profesor, cuyo sueño de niño había sido ser como Bepo el barrendero. En ese momento, Aitor el profesor barrió la clase con una rápida mirada y empezó el temario de la clase de historia sureña. Ese día tocaba Tito Tótamo el hipopótamo.
Siempre según el profesor y su libro de texto, un día, Tito Tótamo fue al hipódromo a ver una carrera de hipocampos, y al ver que su caballito de mar era el vencedor se entusiasmó tanto que le entró hipo. Pero ahí no quedó todo, no, pues al hipo se le unió una fuerte tensión el el muslo derecho delantero y le entró una grave hipotensión, lo que provocó la alarma general y su evacuación en una gigante ambulancia. Estuvo siete dias en una enorme cama de hospital hasta que el doctor se le acercó y, misterioso, le dijo:
-¡Es usted hipocondriaco!
Y Tito Tótamo el hipopótamo:
-¡Por Atreyu! ¿Habráse escuchado semejante insulto?
Y el doctor:
-Quiero decir que usted no tiene nada, ¡así que levántese ipso facto en el acto!.
Y Tito Tótamo el hipopótamo se levantó con tanto ahínco que su hipotálamo chocó contra el techo, perdiendo, como no podía ser de otra forma, la memoria y el hipo.
- Así- prosiguió el profesor- por este personaje que nunca supo que saldría en los libros de historia gracias al hipo, conocemos que un susto nos lo quita. Gracias.
Nadie aplaudió, y Lucas el pelucas y Loli la panoli ni siquiera escucharon la historia que el profesor contó, pero ni falta que les hacía, pues ellos ya tenían en su cabecita una mejor.

Lucas el pelucas sin orejas ni nariz y Loli la panoli con la cara quemada recordaron el sueño antiguo, aquel por el que todos nacemos y por el que, quizás algun día, sentimos el mayor deseo de realizarlo porque en ello nos va la vida. A él le entró, mientras el caballito de mar de Tito Tótamo ganaba la carrera, un ardor entre el corazón, los pulmones y el estómago y en su interior nació una hoguera; mientras Tito Tótamomo discutía con el doctor, ella se quedó helada y su corazón se convirtió en cubito de hielo.
Aquel día fue el primero que dejaron de sentarse y sentirse solos. Ya de noche, bajo un cielo repleto de estrellas, fueron al parque de las llamas, pero no puedo deciros qué les ocurrió allí dentro pues aquella noche, por desgracia para mí, el azar no se confabuló con mi estrella o, quizás, yo aún no creía en el poder de los sueños.

martes, 20 de octubre de 2009

Saga o El lesbianismo de la erre

Dicen que la infancia puede ser una época traumática y condicionar el resto de tu vida. Yo tuve buena suerte, y recuerdo con una sonrisa mi único defecto destacable en esa diminuta etapa: el lesbianismo de la erre.

Cuando la decimonovena letra del abecedario se unía con una de su misma condición sonora, una erre se convertía en un eje tímido en mi boca; una carretilla en una cajetilla torpe; una rata en una gata agresiva. Hasta entonces, no había tenido problemas para comunicarme con los demás, pues casi todos hablábamos fatal a esas edades.
Tenía un amigo que las pronunciaba todas mal y de esa manera él no tenia boca, tenía zapato y una lengua de trapo. Otro, no se llevaba bien con la ese, y transformaba al sueco en zueco. Por suerte, creo, ellos nunca se enteraron. Otro más, tenía el mismo defecto pero al revés: transformaba la ce en ese o, lo que es lo mismo, a los zuecos en suecos.

Recuerdo una vez, en clase, que el profesor de geografía nos estaba hablando de los queches, unos barcos que usan en los mares del norte, y le preguntó al de la ce el gentilicio de Suecia, supongo que por la proximidad y para ver nuestra cultura a esas alturas de la vida. Como no acertó y debió pensarse que se estaba mofando de él, a juzgar por las risas de todos nosotros, o que necesitaba trabajo extra, le hizo copiar la palabra “suecos” cien veces. Ese día, empecé a intuir que el sistema educativo de mi país no funcionaba muy bien, algo que corroboró, unos días más tarde, el profesor de lengua, cuando le preguntó al de la ese como se llamaban los zapatos de madera que se usan en Holanda. Éste no le hizo copiar cien veces los tristes zuecos, sino que lo dejó sin patio o, lo que era lo mismo con el profe de lengua, copiando un trocito de El Quijote. El chico de la ese no es un gran aficionado a la lectura y, el de la ce, dice que nunca irá a Suecia. Pero creo que el más divertido era yo a la hora de preguntar algo en clase de matemáticas y convertir al profe en Don Jamón. Yo me ruborizaba, normal a esas edades, pero el profe tenía tablas, supongo que por ser de matemáticas, y no me dijo nunca nada. Se me daba bien, en esos lejanos tiempos, esa asignatura.
Superado el trance ocasional en clase, nos dejaron de hacer gracia los defectos lingüísticos de los demás, y pasamos de mofarnos de lo mal que hablábamos a hacerlo por nuestras anomalías físicas. Entonces, mis padres tuvieron la entrañable idea de cambiar de piso. Yo estaba contento, entusiasmado y eufóguico, hasta que la cruda realidad me transportó, de nuevo, al lesbianismo de la erre.

Mi primer contacto social con los niños de aquella zona de la ciudad fue desalentadora a la vez que instructiva y, cada vez estoy más seguro, el momento que más ha marcado mi personalidad. Ocurrió que, mientras estábamos jugando un partido de fútbol, en una solana despiadada al lado de una obra, una rata apareció encima de una carretilla de esas con las que se cogen los escombros, y dije exaltado:
-¡¡¡Que en la cajetilla hay una gata!!!
Todos me miraron con una cara rara, por aquel entonces caga jaga para mí, y es que en aquellos tiempos mi arte paranoico aún no se había difundido por todo el mundo, así que repetí con una añadidura:
-¡¡¡Que en la cajetilla hay una gata, que no me salen las ejes!!!
El partido se volvió a parar para todos menos para mí, pues yo debí pagar, porque cuando la erre no sonaba fuerte sonaba timida, y se mutaba en ge en mi boca, consonante que, más tarde, aprendería que misteriosa y delicadamente se podía transformar en un punto, convirtiendo asimismo a las chicas tímidas en torbellinos.
Me dijeron que si no tenia ganas de jugar que me fuera con las niñas a darle de comer al muñeco. Ahí supe que, a pesar de venir del barrio más conflictivo de toda la ciudad, mis nuevos amigos no iban a regalarme nada. Eso hizo que saltaran las alarmas en mi cuerpo, y en un acto promovido por la testosterona, si es que a esas edades se puede tener de eso, me propuse pensar antes de hablar.
Teníamos un vecino que se llamaba como el profe de mates, pero no podía desafiar a mis nuevos amigos, así que, como en aquel barrio también estaban en la fase fisico-despectiva, yo le llamaba conejo, una palabra que se me daba mejor que a todos los demás. Fue el niño que más faltas me ha hecho jugando a fútbol en toda mi vida. Lo recuerdo con nostalgia; somos así las personas cuando los años nos desvuelven recuerdos.
Fue de esa manera que me convertí en una persona callada y pensativa y, con los años, dirían las madres, muy observadora, tímida y bohemia. Nada más lejos de la realidad: el hecho de tener que pensar en lo que iba a decir era un lastre enorme para un chico de esa edad.

Con el paso de los días, me fui dando cuenta de que mi actitud no me ayudaba a ser una persona muy querida en el parque en el que jugábamos a fútbol, así que me armé de valor y fui a hablar seriamente con mi madre, decubriendo que, lo que para mí era un enorme escollo, para ella era una nimiedad divertida y sin importancia.
Así, estuve peleando internamente con el lesbianismo y todas sus consecuencias varios años, hasta que, un día, mi profesora de lengua se puso enferma. Aquel día jamás se me olvidará.
La sustituta era la chica mas bonita que había visto en mi vida, con su pelo negjo y jizado, su cuejpo delicado y delgado, sus pechos, ya nos fijábamos en esas cosas, supongo que por la genética masculina, esbeltos y sigilosos, sus manos agasajadoras...qué momento... Saga... Jamás se me olvidarán su nombre y la primera vez que lo pronuncié.
Recuerdo que, para calificarla, intentaba utilizar palabras con ge y jota, que eran mis favoritas. De pequeños hacemos cosas que, de mayores, nos hacen envidiar a los enanos que vemos pululando por la vida.

Llevaba ya varios días con nosotros, y yo no había abierto la boca en su clase, preocupado por no quedar mal ante mi Laura petrarquiana, mi Beatriz dantesca, mi Dulcinea cervantina. Nos había mandado buscar en el diccionario cinco palabras y, ese día, parecía como si nadie tuviera ganas de decir que lo había hecho. Ella se exaltó, y a mí no me gustaba ver a mi princesa enfadada, así que le dije: “Yo lo he hecho, Saga...”, y toda mi clase, al unísono, se volvió a reír por un defecto lingüístico en mi habla. Yo la migué, me juboguicé y agaché la cabeza, algo que se me daba muy bien, y ella me regaló una sonrisa que aún recuerdo cuando algo me sale mal delante de mucha gente.
Me preguntó que cuáles eran, y yo, con mi timidez temprana, se las dije. Al acabar la clase me llamó, y me pidió que me esperara. Pensé, iluso de mí, que se había enamorado, y no me salía el habla, aunque era algo en lo que yo ya tenía mucha práctica. Para mi desilusión, me dijo que si cada día me quedaba cinco minutos después de clase, llegaría un día en que podria decir la erre como todos los demás. Le dije que hablaría con mi madje y me fui cogiendo y jojo, que para mí era lo mismo que salir dispagado y cologado. Al llegar a casa, se lo dije entusiasmado a mi madre, y ella me dio permiso.

Las clases consistian en estirar la lengua de delante hacia atrás. Yo me pasaba los cinco minutos moviendo lo que mi compañero tiene de trapo, intentando, como ella me decía, tocarme la campanilla con la punta de la lengua. Años más tarde, compararía ese símil con el hecho de transformar las erres en ges y las ges en puntos.
Fueron dos semanas inolvidables para mí pues, además de tocar la campanilla, me animaba a leer en voz alta a su lado y a solas. Fue Saga quien me aficionó a la lectura, pasamos ratos memorables junto al Gato con botas, Hansel y Gretel y Caperucita Roja, aunque, a ésta última, yo la odiara en la intimidad.

Por esa época, mis bambas se habían joto de jugar a fútbol con el conejo y los demás, y mi madre me llevó a la tienda para que me comprara unas nuevas, con las que, seguramente, saltaría y correría más que nadie. Pasamos por un puente subterráneo y, ante mi, se cruzó un ratón. Alarmado y estupefacto, le dije a mi madre: “¡¡¡Mamaaaaaaaaaaa, un ratóoooooooooooooooon!!!”, y me quedé en silencio unos segundos. Incrédulo, le pregunté a mi madre si me habia oído, y ella me dijo: “Venga venga, que tenemos prisa, y además, un ratón no es peligroso, lo malo son las ratas”.
A esa edad, yo ya empezaba a pasar de mi madre porque me daba cuenta de que su mundo y el mío no iban muy a la par que digamos, así que empecé a saltar de alegría y supongo que, mi madre, pensaría que tenía un hijo con amigos imaginarios. Llegamos a la tienda y, orgulloso de mi perfección, le dije a mi madre que queria unas Reebok. Ella me dijo: “ Tú unas Europaz, como tus hermanos”, pensé la palabra y salté de alegría mientras gritaba: “ ¡¡¡Bien bien, unas Europaz!!! ¡¡¡Euro!!! ¡¡¡Euro!!! ¡¡¡Euro!!! ¡¡¡Europaaaaaz!!!”. Mi madre pagó, se diculpó por tener un hijo alegre y, al llegar al parque para jugar con mis superbambasnuevasquesaltanycorrenmásquelastuyas llamé al conejo, por primera vez, por su nombre y, desde entonces, es mi mejor amigo.
En ese momento, mi vida pasó a ser lo normal que puede ser la vida a esas edades, menos con Sara, que fue Saga hasta el último minuto de su última clase de sustituta.

lunes, 19 de octubre de 2009

fRicciones

El silencio de la noche fue el aliado, el aliado de mi cabecita tonta para querer pensarte y no tenerte. Porque a mí lo que me gusta es pensarte, no tenerte todas las noches en las que tus visitas se podrían convertir de nuevo en monótonas experiencias, en rutina quebrantable tan sólo por un alejamiento forzoso, tan sólo por la separación de nuestras vidas.
No creo que desee el ónice que representa para mí tu cuerpo más que imaginándote a mi lado sobre mis piernas sin estar a mi lado sobre mis piernas, mis manos recorriendo tu torso vestido por debajo del vestido que rozo con el opuesto de la palma de mi mano sin tocarte, con la aprobada bendición de la palma de mi mano que se instruye en artes menores, en fricciones placenteras que sólo aparecen si te pienso, si te veo en el aire que se aprieta dulcemente en la oquedad de mi cabeza y tú de cuerpo presente sin estar presente, y yo observando cómo en el aire pululan motas de polvo y a su lado miles de rostros con tu imagen, sólo con tu imagen. Besarte en el concepto con el que te me apareces en la mente sin besarte realmente, sin palparte, sin sentirte más que como recuerdo de un pasado que debemos abandonar si verdaderamente queremos que esto avance, que nuestra alma avance, que el sentimiento escupa sus demonios a los fuegos infernales que producen en mi vago intelecto, en mi débil fortaleza que es cavilarte.
Quiero estar contigo recorriéndome tu lengua los labios, trazándome tu lengua en mis labios una horizontal labial perfecta desde su humedad de sueños solitarios, desde su humedad de razonamientos un tanto extraños, otro tanto un tanto mudos y voltear tu lengua con la mía, y voltearte con mis brazos irreales, con mis brazos pensados para de nuevo tu lengua sobre mis labios, tu lengua junto a mi lengua, mis labios junto a tus labios que tímidamente mojan ahora mis párpados, encerrándolos brevemente como prisioneros por besos robados que huyen temblorosos, temerosos, pavorosos de tu encuentro para que los busques en mi mente y suspires por ellos, para que nuestras cabezas y nuestros cuellos no sean más que tentetiesos activados por los besos que nos damos, que nos damos en mi mente, por los besos que no nos damos en la atmósfera que es la vida que se palpa y que se siente, en la atmósfera que es la vida que no se percibe más que en mi materia gris doliente. Pasar entonces a las mejillas suavemente recreando tantos besos ya perdidos, tantos besos desgastados por las horas, por el frío, tantas palabras que dijste a mis oídos para después besarme y decirme que ahora son siete, que hay dos más y ya son siete. Apretarte con mis manos la cintura, las caderas, y moverte suavemente nuevamente y como siempre desde entonces en mi mente, y sentirte etéreamente, como quiero, como pienso, como siente este cuerpo y esta cabeza que debe, que debe y que quiere tenerte no más que como deseo momentáneo de cuerpo y caricias falsas de viento y aliento, de un sofá y una cama y una mesa que se tambalean en la noche aciaga de nuestros antiguos y oscuros ósculos, de nuestros besos, de nuestros pesos equilibrados por la creación de un único cuerpo, siameses, como siempre quisimos, siameses. Pero esta vez sólo en mi mente, porque yo lo que quiero es pensarte, no tenerte.

domingo, 18 de octubre de 2009

Sobre áboles, nubes y soles

Me dijiste: "Los árboles son vividores pretéritos en otoño que en primavera camuflan su pasado con hojas verdes y, sin son presumidos, con flores de cualquier color". Que pases el tiempo podándolos ha llegado a crear en tu mente un delicado entramado de ramas y letras que definen vagamente la sensibilidad que atesoras en ella.

El día que llegaste a esa conclusión era de un frío terrible, uno de esos días invernales de bufanda y gorro de punto, guantes de lana, chaqueta hasta el cuello y pantalones de pana. Te paraste frente al árbol que tapaba la visión de la montaña y decidiste que ya era hora de cambiar tu punto de vista. Agarraste unas tijeras y, ni corto ni perezoso, cortaste que te cortaste hasta que cortaste casi todas las ramas. Al acabar tu obra magna, observaste que el tronco de tu entrometido vegetal era una enorme I, una I de madera que ocultaba anillos en su interior. Lo que se presumía como futura copa engalanada de hojas y flores era ahora dos ramas pequeñas, tristes y eufemísticas de lo que podía llegar a ser si, con suerte, crecían y transformaban la i latina en i griega.

La suerte llegó y la i latina mayúscula creció al son del buen tiempo hasta convertirse en i griega; cuando el entramado de ramas, hojas y flores ocultó cualquier atisbo de letra en el olivo lo viste y, con gran entusiasmo, lo viviste. La realidad te mostró que no era sólo una i griega lo que se formaba en el árbol, sino que ésta podía transformarse también en una uve y una i latina mayúsculas. Entonces, tú me decías que era más lógico que un árbol diera uves e íes latinas que sólo íes griegas, y más en ese, no obstante, te estaba recordando que cuando no existían flores y hojas, tras él, viste la montaña.

Te dije: " Las nubes son montones de oes superpuestas que moldeo cada día para que a tus árboles no les falte agua".
Estar todo el día creando nubes con vapor de agua puede llegar a resultar un acto altruista, pero ese término no existe en este mundo. Al crear nubes yo me sentía realizada, y el hecho de regalárselas al cielo sin pedir nada a cambio era sólo una manera de quitármelas de encima para poder seguir esculpiendo. El proceso era sencillo: calentar el agua del río que crecía en la montaña donde vivo con una fuente térmica; el resto, un acto de la naturaleza más que humano. Las oes las formaba sobre el agua y sólo tenía que mover mis manos alrededor del vapor para que no subieran; de esa manera, los circulos se iban uniendo y cuando yo creía que la nube era suficientemente grande, la dejaba volar .Después llegó el día que ya conoces, el día que yo dejé de regalar circulitos, el día que dejaste de tener agua con la que tus árboles pudieran convertir su i latina en i griega o, desde que me viste, en íes y uves.

Me dijo: " La única o que existe en este mundo es el sol, que hace que se evapore el agua con la que tú creas nubes y él riega sus árboles. Además, si te fijas bien, los rayos de este astro son las únicas íes latinas dignas de ser consideradas, y se convierten en íes griegas cuando dos de estos rayos reflectan en el agua que usas para crear nubes".

Un día, mientras yo moldeaba y tú podabas, ella apareció sobre el cielo. Con cara de pocos amigos fue introduciendo cada una de las nubes que yo dejaba ir en una bolsa que llevaba bajo el brazo derecho. Desde ese día, tus árboles dejaron de extender letras por sus ramas. Imaginaste que el problema venía de esa montaña que, con la llegada del buen tiempo, era ocultada por las nuevas ramas ya que, de un día para otro, su cielo apareció, extrañamente, mas radiante que nunca. Y hacia allí te encaminaste.
Durante tu venida, la ladrona de nubes reía a carcajadas ante mis sollozos, y le supliqué un remedio. Ella me dijo que, si de letras se componían mis nubes, con letras podríamos solucionar el problema. Yo no comprendí muy bien el plural de su frase y, en esas, llegaste.

Nos dijimos: " Nuestras creaciones corren el riesgo de desaparecer de este mundo si no encontramos el remedio. Tenemos árboles y nubes o, lo que es lo mismo, uves, ies y oes. Si conjugamos estas letras podemos obtener "”voy”, “vio”, “y vi”, “y vio"".
Dijimos todas las palabras posibles en voz alta, pero nada nuevo ocurrió bajo el sol. Mientras buscábamos palabras nuevas, la ladrona de nubes reía y reía y, al anochecer, nos quedamos dormidos acompañados por los balbuceos soñolientos de los soñadores.

Al despertar, ella seguía custodiando el cielo y me comentaste que hablé en sueños. Me pediste que creara una nube pero que no la soltara, que la condujera hacia el lugar donde tú tenías el árbol. Y así hice. El primer intento no resultó pues, al llegar a medio camino, las cuatro oes con las que habia formado la nube se desvanecieron. Entonces creé otra enorme nube con un montón de oes y llegamos a tu árbol.
Una vez allí, me pediste que colocara una o sobre él. Para ello, tuve que subirme al tronco mientras tú aguantabas la nube evitando así que se elevara y pudiera cogerla élla, que nos habia acompañado por el cielo sostenida por una cometa de hojas de eucalipto. Cuando la pudimos poner en el árbol, nada ocurrió. Sin embargo, vimos que las ramas ocultaban otra letra, una letra que, hasta entonces, había pasado inadvertida: la ele. De esa manera, teniamos la ele, las íes, la uve y la o de mi nube.
Depués de pasar por combinaciones como "lo vio", "vilo", "y lo vi" y otras tantas sin sentido ni resultado alguno, como por arte de birlibirloque nos miramos, sonreímos, y dijimos al unísono : “voló, olivo, ovillo y llovió"
El olivo lo teníamos; para conseguir un ovillo sólo tuvimos que ir a tu casa para coger los restos que quedaron de tu bufanda y tus guantes. Pero lo demás no sabíamos cómo enlazarlo para conseguir la solución del enigma. Después de escuchar las carcajadas inmisericordes de la ladrona de nubes, llegamos a la utópica conclusión que debíamos hacer algo para que la nube y el olivo volaran porque, de esa manera, llovería.
Una nube vuela, de eso no hay duda, pero teníamos que conseguir que el árbol tambien lo hiciera. Nos dijimos que la única posibilidad que teniamos para que los dos pudieran enlairarse a la vez era atar la nube y el árbol con un ovillo.
Tú cogiste el ovillo y te subiste al olivo, florecido ya por esa época. Cuando estuviste arriba solté la nube y lentamente fue subiendo; al llegar a tu altura, la agarraste, la anudaste a la copa del árbol y, poco a poco, se fue desarraigando del suelo. Yo me di prisa para no quedarme en tierra y, con los apuros propios de una novata escaladora, conseguí encaramarme a la misma copa en la que tú te encontrabas. Volamos y volamos hasta que, finalmente, aterrizamos en un lugar inhóspito.

Nos dijisteis: ”La ladrona de nubes le teme a la oscuridad. Si queréis que deje de robaroslas tenéis que enseñarle que la oscuridad no es tan mala como ella cree”.
Ser un ente gaseoso os desproveía del miedo propio de los sólidos como nosotros. Vosotros sólo le temíais al silencio, pues el sonido era lo único que os determinaba como seres vivos. Con un movimiento rápido de vuestro cuerpo conseguíais nombrar todas las cosas y construíais frases dignas del mejor poeta muerto; por eso, cuando os contamos nuestro problema, disteis al momento con la solución.
Nos regalasteis uno de los candiles que usabais el tercer día del cuarto mes para conmemorar la llegada de las luces primaverales. Nos contasteis que ése era el único día del año que podiais ver vuestra forma; para ello, sólo teníais que pasar vuestro gas por la llama q os ofrecía el objeto y, durante un eterno milisegundo, el cuerpo se hacía en vosotros.

Nos dijeron: “La ladrona de nubes le teme a la oscuridad. Si queréis que deje de robaroslas tenéis que enseñarle que la oscuridad no es tan mala como ella cree”.
Al aterrizar en el lugar en que tu olivo había crecido, la nube que yo había creado se esfumó con el primer rayo de sol que incidió sobre ella, y la ladrona bajó de su cometa.
El día lo gobernaba un radiante sol y ella se mostró preocupada ante nuestra reaparición, pero se quedó pensativa ante el candil. Tú le dijiste que no debía preocuparse en los días que las nubes oscurecieran el cielo de nuestra tierra, que para que todo fluya deben coexistir los antagonismos en perfecta armonía. Ella te miró y, después de varios temblores de voz, dijo que no te entendía.
Yo cogí el objeto que nos habían regalado los seres gaseosos y le dije que es ley de vida que la luz y la oscuridad convivan en nuestro mundo, pero que con ese candil podría rescatar, siempre que quisiera, un poquito de la luz del sol en la oscuridad.
Para demostrárselo, creé una nube con la ayuda del calor de su sol, la dejé volar y el cielo se oscureció, empezó a llover y tu árbol se empapó de agua. Entonces, la ladrona de nubes vio que en la zona en que el candil expandía su luz la oscuridad no hacía acto de presencia y, desde entonces, reina la paz entre nosotros, yo sigo creando nubes, tú sigues podando tus árboles y ella disfruta tanto de la luz del sol como de la oscuridad pues, con un candil, siempre que quiere el sol puede sentir.