viernes, 11 de diciembre de 2009

CUT-UP

En blanco. Cinco minutos en blanco, sin banda sonora ni visual, sin más fotograma que un blanco repetido hasta la saciedad cinco minutos, allá por la mitad y nada más, ni más risas ni más saltos, ni más nota ni más nada; una cinta y a la mitad cinco minutos en blanco. En blanco.
Llegó a casa ayer tarde, sobre las siete, paquete blanco con cinta blanca, etiqueta blanca y dirección negra, la mía, con destinatario blanco y nota que poco aclara.
Lo cierto es que al poner la cinta descubrí que a la mitad de la misma había cinco minutos en blanco pero, ¿y qué? ¿ Tiene algo de especial que haya cinco minutos en blanco?
La cinta, una VHS de sesenta minutos marca Tedeká, empieza con una chica de unos siete años dando saltos sobre una colchoneta y riendo a pulmón abierto. Jijiji, jajaja, jejeje, jiji ji jijiji, y nada más. La chica se lo pasaba bien. De pronto, los cinco minutos en blanco y luego más jajaja jijiji jejeje, jiji, jeje.
Yo, a la chica, no la conozco ni la reconozco; no fue a mi clase de primaria, no jugaba conmigo a fútbol en el parque, no es la hija de algun amigo de papá que recuerde, no sé quién es.

LA NIÑA ES TU MADRE
Ahora sé que la niña de la cinta era mi madre, a la que nunca había visto. Cómo lo adiviné está entre no sé quién es. y Ahora sé que.
Vaya una mierda. Mejor hubiese sido dejarlo en blanco y empezar el día desde la ducha y no desde un relato patético. El párrafo en blanco. ¡¡¡Ooooh, qué decubrimiento campeón, qué gran hallazgo!! Acabas de redescubrir las bases de la literatura de mierda.
Hoy tenía pensado hacer lo de muchos sábados: despertarme tan temprano como pueda ser la hora en que me despierte sin despertador, tan temprano como la gata arañando mi cara y mordiéndome la nariz, sobre las seis y media de la madrugada, porque no es ni de mañana en un sábado. Pensé  la frase y con un café con leche sobrecargado de cafeína soluble me envalentoné con una idea que es una mierda, “un juego dejarlo en blanco, un gran giro que no es giro porque no está y a mí no me gustan los giros”. Sólo le falta ser un sueño para tener los tres tópicos de la literatura de mierda.

M-I-E-R-D-A

Me ducho, me afeito, me visto y me voy. Otro café, éste de los de toda la vida, en la cafetería de la esquina de toda la vida con la camarera del mes de mayo y el tren, pues cambio de ciudad por unas horas.
El tren lo paso entre La rayuela es a la vez juego y puente o pasaje, o mejor dicho es puente o pasaje en tanto juego y los sexos unidos y tibios,los brazos como guías vegetales, las manos acariciando aplicadamente un muslo, un cuello...
Ya estoy en el templo de la cultura aceptada por las masas. Me voy a la sección cine, subsección selección de la empresa. Tengo suerte, o vista, y a la primera Sumérgete en un viaje alucinante. Ya me sumergí en el cine, no me vendas miserias, deja que la película hable por sí sola Jeliza-Rose es una niña que se encuentra en una situación muy poco corriente. ¿Qué la ha traído desde Los Ángeles a una granja lejana? Basta de lecturas, que te vienen los recuerdos de toda la peli y pierdes la gracia de la segunda visión.
Qué bien. Ya podré verla con Lucía. Jeliza-Rose es como Lucía. Lucía es como Jeliza-Rose.
Vamos para arriba vía escaleras mecánicas, de esas que subes y bajas y no te duelen las rodillas, de esas que esperas al final para sacar el pie, como retando a la máquina a que te tire, como retando a la máquina a un juego de inteligencia inútil y sin gracia. Aún así siempre lo haces.

MÚSICA

A D F H K M O P

aquí debería estar pero no. No me lo creo. Preguntaremos.
-No, aún no ha salido.
-Sí sí, lo tenemos allí, si me acompañas te lo enseño. ¿Quieres alguna edición especial?
-No no, la normal, la de toda la vida, la barata, si ya lo tengo en mp3, es por frikismo.
-Pues ahí está.
-Vale gracias.
Joder. Jamás habría pensado que estarían donde siempre me ponen al de los rizos y a esa peña chunga.

16.95
Puta cultura, lo cara que va. ¿Y esto?

Setbox edición especial
62.95

Mejor esperaremos a los Reyes Magos, a ver si se estiran.
Ya llevo mi peli y mi cd. El vinilo otro día. Ahora toca libros.

-Perdona. Para saber si tenéis un libro. Es que aquí no lo veo.
-Cuál es.
-Opium de Jean Cocteau.
Pone cara de que no lo sabe. Tendrá que tirar de base de datos artificial, como me imaginaba. En el apartado de autor pone cocteau. ¿Sabrá que hay más de uno y mayúsculo?
-¿Me has dicho Cocteau?
-Sí.
Escribe Opium en el apartado título. Ha ganado un punto de confianza. Ya tiene un menos dos.
-Pues no sale.
-Vale, gracias.
Lo que yo decía. Pues nada, vamos a gastar testosterona comprando libros.
Arlt. No está. Premio. Primer intento fallido. Divertimento.Tampoco. Segundo intento fallido. Caligrammes. Tampoco. Tercer intento fallido. La tierra baldía. Tampoco. Vaya mierda de templo. Cuatro.
Me voy a Julio, que nunca falla. Han cambiado el orden. Hay menos libros de Julio. Son unos cabrones. A ver éste todavía un Goethe alcanzaba a fundir al filósofo y al poeta, ya querellados en su siglo, por obra de una avasalladora intuición untitiva; hasta Thomas Mann me lo llevo, sin duda. Además, el formato del libro es una pasada, aunque me ralla el tema de que ponga Tomo I, más que nada porque no veo el II por ningún lado. Será una de las paranoias típicas del colega.
Sigo buscando Julio. Nada que no tenga.
Lezama Lima, Paradiso. Lo cojo y releo al azar alguna página, como siempre. Demasiado tocho para la primavera. Paradiso es un libro de invierno, no de sol y flores y alergia. Lo dejo. Sigo buscando.
¡Hombre! Pero qué sorpresa, si lo tienen, aunque yo prefería USA. Aún así este me lo tengo que llevar, que me va bien para el momento místico que se avecina pero, sobre todo, porque el puto libro está plastificado. De ahí los dos pasos, ¿no? Qué bromistas estos editores.
Sigamos, que hoy el cuerpo pide letras.
¡Ohhh! Mi holandés favorito. A ver a ver qué tenemos por aquí Inigo Wintrop no ha tenido hijos porque no se ha amado lo suficiente a sí mismo y, tras el fracaso de su matrimonio y el fracaso de su suicidio bien no necesito nada más. Rebienvenido.
¡Ah! pues sí, mira, que la vida me pide cuentos Los millonarios, ya se sabe, se aburren mucho, especialmente si han heredado su fortuna y jamás han dado golpe. Ese era el caso de Henry Sugar, cuyo máximo entretenimiento consistían en bueno, mejor no sigo, que puedo desmoralizarme y quiero llevarme algo de éste.
Nada nada nada nada nada ¡ui!, ¿y esto? Averaveraver lo grotesco tiene que ver con cómo percibimos la realidad, pero dichas percepciones son en su gran mayoría psicológicas
E.T.A. Hoffman
Poe
Gogol
Galdos
Clarín
Kafka
Faulkner
Nabokov
bien, creo que me convence.
8.55

En estos casos la cultura sale barata.
Me voy ya a pagar que si no me tendré que sacar un riñón y no es plan, que me quedan muchos libros por leer, muchas películas que ver y muchos labios que besar, o besar mucho a unos mismos labios, me da igual.
Pasaremos por la sección de libros de tapa dura, no vaya a ser qué.
Arlt no, Apollinaire tampoco, y paso de seguir buscando que el chico que está haciendo inventario me ralla y yo le rallo a él. Dejaremos que trabaje con tranquilidad. ¿Y si le pregunto? No, no seré malo. Mejor iré a Julio tapa dura.
¡¡¡Pero bueno!!! Qué cabrones En este collage donde se recorre un largo y variado itinerario con la misma liviandad que empleara Phileas Fogg a ver a ver tomo II perfecto. No era un juego más. Me lo apunto para apuntarme un tanto, aunque todos sabemos que todo está inventado.
¿Y esto? Joder, no puede ser, la pasta tío, controlcontrolcontrol Más cosas hay en una bicicleta de las que imagina tu filosofía. Horacio. Información en p. 192 Tomo II qué bueno el maestro, qué bueno, joder, y encima dos tomos a ver Más cosas tiene una bicicleta no este no Veraenee como lo que usted realmente es, o en todo caso aprenda mirando a los que ya son. Para esto de las miradas, consulte p.192, Tomo II. En fin, cómo no cogerlo, cómo no pagar una miseria por tanta Literatura, por tanto juego, por tanto divertimento ajeno que revierte en mí en placer casi orgásmico.
Ahora hay que escoger la cola. Ésta está casi vacía. Sólo una chica. Tres libros. Estar embarazada uiuiuiui, no sé por qué pero me rodean las señales embarazosas.
-¿Estás embarazada?
-Si. De dos meses.
-Yo tengo un niño de tres años. Es una sensación inigualable, la mayor experiencia de mi vida.
-Sí, yo de momento lo llevo bien. Ahora quiero leer todo lo que pueda del embarazo y esa cosas.
-Sí, verás como todo irá bien. De dos meses, ¿no?
-Sí
-Qué bien. Son 34.78
- Ten, gracias.
- De nada y que te vaya todo bien.
-Gracias.
-Adiós
-Hola
-Hola
-¿Lo pongo en una bolsa?
-Vale
-Gracias
-Gracias, hasta luego.

Cojo el tren otra vez. Me siento al lado de las ventanas y abro el cd. No hay ni letras ni agradecimientos.

Silence
Hunter
Nylon Smile
The Rip
Plastic
We Carry On
Deep Water
Machine Gun
Small
Magic Doors
Threads

Genial. Abro la película. Es una edición especial dos discos. Vaya. Un documental. Algún dia con ganas de siesta me lo pongo. La carátula es chula. Me encanta Jeliza-Rose. Y Lucía.

Los libros. Uno a uno voy quitando el precio de atrás y lo engancho en la parte trasera de la contraportada, porque nunca esta de más saber cuánto valió un libro al comprarlo. El primero es el plastificado. Arranco con delicadeza el precio, me lo engancho en la chaqueta verde del buen rollo y Volvió de repente a su cuarto y se tiró en la cama con un pequeño libro de cuero en la mano. La resaca tronaba contra la barrera sabía que no iba a fallarme, tiene buena pinta. Llego a mi parada entre libros y con

if only i could see
return myself to me and recognize
the poison in my heart

Me bajo. Salgo a la calle y veo a una chica. Hace muchos años le dije una cosa en una ciudad lejana. Sólo nos dijimos una cosa, una noche, una frase de niños. Ayer la vi también esperando el tren. Dos veces en dos días, después de más de diez años. Mañana saldré a la calle otra vez, que el destino es así de mago, y leeré libros en mi parque de primavera, porque me temo que las oportunidades, como mucho, se presentan sólo dos veces. Aunque sé dónde vive, pero no es lo mismo.
Ya estoy en casa. Releo el relato que he escrito esta mañana nada más despertarme con un café con leche sobrecargado de cafeína soluble.
Vaya una mierda. Mejor hubiese sido dejarlo en blanco.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El enterrador

El enterrador es un hombre triste y solitario. Hoy, como cada día, le han traído personas que no ha pedido. Su trabajo es muy sencillo: esconder bajo tierra los restos de los que ya no viven; está cansado de tanta muerte, del hedor que desprenden los vivos cuando sin otra alternativa dejan de caminar, del olor de la tierra removida con su eterna pala de agujereador de almas de arena, llena de lágrimas de los que algún día morirán.
El enterrador porta un traje y un sombrero oscuros. Sus manos están gastadas, como los cuerpos presentes en el subsuelo de su querido cementerio. Su rostro es siniestro. Los niños le tienen miedo, los perros le ladran y las palomas se han acostumbrado a utilizar su triste y sucio sombrero a modo de diana escatológica. Si lo veis os preguntaréis por qué no lo limpia. El enterrador es un hombre rodeado de muerte, que no vive y, como tal, no le interesan ni su vida ni su aspecto, y mucho menos lo que pueda pensar de él el mundo que le rodea: sólo tiene ojos para los muertos y oídos para el sonido que le regala el mar que rompe bajo el camposanto.
El enterrador es un hombre solitario y triste y hoy, como cada día, le han traído personas que no ha pedido. Los muertos tocados aún por el aire fueron seres vivos ayer y hoy son historias, historias que él cree conocer. En su lúgubre cementerio están enterrados ilustres cuerpos como los del Gran Mago Malo Vago y la Bruja Fea y Piruja, famosos por sus mágicas fechorías. Pero hoy su rostro ha cambiado; denota un aire como de tristeza alegre: una nueva historia se ha instalado en su mundo de por muerte.
Esta es una historia que ayer era vida y hoy es un recuerdo más para aquellos que pudieron conocerla, el recuerdo de un hombre que, como todos los nacidos, tuvo sentimientos escondidos en las líneas de unas manos que nuestro desconcertado enterrador utiliza para creer que lo que allí se esconde es la realidad de las vidas.
Las manos de este nuevo inquilino reflejan una juventud exterior adivinada por su suavidad y, según el hombre triste y solitario, existen muchas posibilidades de que fuera un escritor. La mano que ayudó al corazón oscuro del enterrador a asentar su hipótesis no fue la izquierda, sino las marcas de tres dedos de su diestra.
Antes de proseguir con la investigación del velador de tumbas debo aclarar que las suposiciones que él imagina nadie se las cree, que los habitantes del pueblo en el que da rienda suelta a su desbordante imaginación no ponen objeción alguna a la locura de este triste hombre. Quizás fue esa mal llamada fama la que le aisló de la sociedad, conduciéndolo irremediablemente a las tinieblas del ostracismo más desgarrador.
Pues bien, el supuesto loco y triste hombre había localizado en estos tres dedos unas protuberancias que se asemejaban a las que poseía un venerado escritor de fama mundial que enterró dos años atrás. Hasta entonces fue lo único que pudo adivinar sobre la identidad del nuevo inquilino que, de boca del cavador de agujeros “daría inteligencia y cultura a un cementerio lleno de mierda humana en descomposición”
Estos apéndices, y en especial el índice, estaban negros. Aquel detalle dejó atónito al recompositor de vidas humanas perdidas, pero recordó que el fabricante de tintas para bolígrafos negros, que murió tres meses antes por intoxicación, estaba repleto de ese líquido que ahora redescubría en el joven escritor.
Las historias del enterrador se creaban por asociación de elementos. Yo creo en ellas, creo que pueden ser factibles, pero eso es un tema que difícilmente podremos averiguar ya que se basa en la intuición de un hombre poco cuerdo para la sociedad establecida en aquellos lares. Yo sé que este loco es muy inteligente y que el sentido común es uno de sus fuertes. Curiosamente, de pequeñito sintió que la vida no era más que un camino hacia la muerte, camino que uno debía recorrer sintiéndose bien con uno mismo. Pensó que para conseguir su meta debía aislarse del mundo, y eso fue lo que hizo. Como la vida no era para él nada más que un camino hacia la muerte y él lo que deseaba era irse de esta miserable existencia consideró que el estar en contacto continuamente con la señora de las almas desvanecidas le ayudaría a vivir bien consigo mismo, y decidió vivir aprendiendo de los muertos
Fue de este modo como encontró la relación entre casi todas las muertes allí presentes, como la de aquel hombre que ahora sabía que era escritor y murió con tinta negra en los dedos de su mano derecha.
Aún pudo averiguar más: la posición de los dedos, los ojos abiertos y sorpresivos, la boca de grito estremecedor y el hallazgo de su cuerpo en el acantilado que daba al mar con el tapón de un bolígrafo negro en la mano izquierda le indujeron a creer que aquel hombre murió al intentar coger algo que se le había caído de su mano derecha. Rápidamente, el enterrador buscó en los bolsillos del difunto un bolígrafo que después de varios minutos de búsqueda poco productiva
no encontró. El ocultador de cadáveres cogió la libreta en la que apuntaba todos sus estudios post mortem y escribió lo siguiente:

“Hoy ha llegado un nuevo amigo, una persona que aunque no me libera de mi autismo me ha hecho pensar sobre mi situación. Tengo demasiados años ya como para querer cambiar mi vida y además creo que no resultaría pues no sé vivir; si he de aprender a ello debería ser alejado de estas pestilentes tierras. Los pocos sentimientos que me llenan me los han proporcionado los habitantes de mi cementerio.
Mi primer amor, aunque suene necrofílico, fue una chica, Eruceth, que murió en oscuras circunstancias según el investigador policial. Yo sé que la mató su marido, que yace junto a ella.
"La felicidad, aunque resulte fuerte para mentes débiles, la conocí cuando llegó a mi casa de muertos el ser que asesinó a mi amada. Sé que si no la hubiera matado jamás la habría conocido, pero quizás si él hubiese muerto antes que ella yo la habría visto en el entierro de su marido, nos enamoraríamos y quién sabe, igual ahora estaría en otro lugar con la chica de mis sueños.
La tristeza me corre por las venas y ese inagotable río se alimenta de muertos. Hoy las venas han reventado. El joven escritor ha invadido con su presencia el poco espacio que quedaba en ellas y no sé qué hacer, si dejar de respirar como él después de llevar su cuerpo junto a lo que él más quería: el mar y aquel extraño bolígrafo negro.”

Lo que hizo el enterrador ya os lo podéis imaginar, pero lo que no os he dicho es que lo hizo para recuperar una vida que ahora ya no se esconde tras un traje completamente negro y un sombrero oscuro, sino tras unos ojos que ansían encontrar el misterioso bolígrafo negro ,aunque para ello tenga que pagar con una vida que para él no vale mucho más que la propia muerte.

lunes, 23 de noviembre de 2009

El prisionero


Situado en el centro inexacto de cuatro paredes descomunalmente altas un ser humano abocado a la miseria extiende sus sangrientas manos al cielo clamando libertad. Las uñas que antaño utilizaba para despellejar jóvenes ahora no son sólo carne viva y grumos de sangre, son el signo de la derrota del mal. Su cabello, antaño dorado y extremadamente largo, no es más que una maraña de olores e insectos de toda suerte, trampa humana que nuestro observado  utiliza para sobrevivir. Su cuerpo es del mismo grosor que el hilo del que pende su vida. Sus carnes oscuras por la constante ola de calor que azota en estos tiempos el planeta. Sus pies gastados y cansados.

Las cuatro paredes son negras y descomunalmente altas; el tamaño del recinto no es superior a diez metros cuadrados. En una de sus esquinas se amontona una gran cantidad de excrementos e insectos vivos y muertos que son hijos de la suciedad del ser humano. La cautividad ha convertido a nuestro hombre en un parricida, como la libertad y una mente extraña lo transformó en un asesino.

El prisionero se dirige hacia la esquina en la que suele orinar y cubre el suelo con un manto de dorado líquido. Se rasca el cuero cabelludo con la palma de su mano derecha y se arrodilla hasta que su cara se sitúa a dos milímetros aproximadamente del piso y, con la lengua, lame el líquido del que se sustenta.

Los ojos del asesino no expresan nada. Casi con total seguridad cambiaría su bebida de hoy por la sangre de aquellos que un día murieron porque este ser se cruzó en sus vidas.
El ser humano se dirige hacia la esquina donde los insectos se pelean por las defecaciones de la persona que no expresa nada con la mirada. Los insectos se nos presentan caníbales, debido quizás a los genes transmitidos por su padre el prisionero. Con un movimiento rápido de cabeza los pelos del hombre cortan el viento: siete moscardones se enredan en su cabello y agonizan. Con esmero y ansia el prisionero desenreda  sus creaciones y las engulle. Son el único alimento que puede permitirse entre aquellas paredes. Mira el suelo y divisa a dos metros de él tres cucarachas. Parece que hoy está teniendo buena suerte.

Con el estómago lleno camina hacia una de las esquinas que utiliza para dormir. Esta vez el sol le obliga a refugiarse en la que queda a la derecha de la orina. El prisionero mira el líquido un momento y camina hacia él, se detiene, dobla sus rodillas y, situando su lengua a dos milímetros aproximadamente del suelo, la impregna de aquel líquido que creó él mismo. Autosuficiente. Se levanta y se dirige a la esquina de la sombra, se tumba e intenta dormir. Un ruido llama su atención. Un ruido que llega desde atrás. Se gira y observa con estupor cómo un diminuto agujerito en la pared se va haciendo cada vez más grande. Cuando el tamaño del agujero es casi como el de sus dedo índice derecho introduce éste por aquél y deja de crecer. Lo saca del orificio y nada ocurre. Lo vuelve a mirar por si fuera producto de su imaginación y ve que sigue allí, que algo ha provocado un pequeño desprendimiento de roca. Intenta otra vez con el dedo índice de la mano derecha hacer más grande el agujero pero la pared es demasiado dura. Decide dormir.

Cuando despierta, el sol se ha escondido y la única luz que ilumina su estancia es la de la luna y las estrellas. Se levanta, orina en la esquina pertinente y defeca en la estipulada, agita su melena al viento y saborea tres moscas pequeñas y un puñado de hormigas que recoge mojando la punta del dedo pulgar derecho. Al ir a beber recuerda el agujero y descubre que su tamaño ha crecido. Busca en el interior de su cárcel al causante de aquel orificio y descubre cómo una rata de unos dos palmos está devorando sus defecaciones con insectos incluidos. Se sienta en la esquina que había usado de cama y la observa detenidamente. Después de ensimismarse durante unas dos horas el prisionero decide engordar al animal y comérselo. Pero una luz le vino a la mente en forma de gran idea: domesticará a la rata y la obligará a hacer el agujero cada vez más grande, hasta conseguir que su cuerpo pueda pasar por él.

Ha pasado un mes desde que los prisioneros son dos. La rata mide tres palmos más y el ser humano pesa diez kilos menos, pues se ha alimentado de de una mosca y una cucaracha cad día. La rata comió todo lo que quiso y, además, las ansias del asesino por salir de aquel infierno hicieron que cada día le diera de comer a su compañera una pequeña parte de su cuerpo, a cambio de que hiciera el agujero de entrada de la rata y de salida de los dos un poco más grande.
Ahora se podía ver a través de él lo que afuera se les presentaría: arena fina. El asesino de vírgenes piensa que está en medio de un desierto y cree que lo mejor sería alimentar mucho más a la rata y, a lomos del roedor, atravesar la extensión abominable que le rodeaba.
Dos meses más tarde el asesino tiene dos pies sin dedos, dos manos sin dedos índices ni corazón, una cabeza sin orejas y diez kilos menos. El ser humano se ha alimentado de los excrementos de la rata y de su orina. La rata mide casi un metro de altura y el agujero es lo suficientemente grande como para que por él salgan los dos.

Los dos están fuera y atraviesan una décima parte del desierto bajo un sol aterrador. La rata tiene hambre y el antiguo prisionero no tiene nada que ofrecerle. Le da de comer su mano izquierda y le deja que chupe la herida hasta que el líquido carmesí deja de brotar. Le dice que pare pero la rata tiene más hambre. Entonces le da de comer su pie izquierdo, pues piensa que es el precio de la libertad y no le importa. La rata se come el pie izquierdo y muerde con fuerza hasta la rodilla del hombre que grita y pide que pare. La rata continúa y el siguiente mordisco le llega hasta la ingle izquierda. El ser humano suplica con las pocas fuerzas que le quedan que se detenga pero el animal se come de un mordisco la pierna derecha, y cuando acaba se come su brazo derecho, y luego el izquierdo, y cuando acaba se come la cabeza del hombre que hace unos minutos ha muerto suplicando clemencia .

sábado, 21 de noviembre de 2009

S.T.

Se sumió en el único placer que le devolvía a la vida, imaginó que su alma se introducía en un enorme bolígrafo negro y se diluía con la tinta negra para, lentamente, resbalar por el cilíndrico lecho que le cobijaba hasta caer y plasmarse en una hoja en blanco.
En ese momento, en el preciso instante en que su nueva condición debía tomar la determinación de si convertirse en dibujo o cuento, decidió recrearse con su destino. Escribió un melancólico adjetivo, dibujó un ojo rodeado de lágrimas, plasmó la palabra tristeza y garabateó una sonrisa, para terminar danzando por el papel, dejando sus huellas impresas formando la palabra soledad. Se detuvo. Se detuvo y lloró hasta que sus lágrimas borraron todo lo que había pensado hasta ese momento.
Esta vez disfrazó su alma de aceite para separarse de la tinta y volver a su forma originaria. Imaginó que se convertía en óleo fucsia para aposentarse en un lienzo de fondo gris oscuro. Escogió lanzarse desde la parte superior del marco, dejando al libre albedrío los trazos del pincel originario, viniéndole a la mente un tobogán acuático, esos toboganes acuáticos desde los que años atrás solía sonreír junto a eso-es-otra-historia. Y allí se encontraba él, sonriendo aceitosamente desde su púlpito de majestuosos zigzagueos y devaneos artísticos, hasta que el final del lienzo le devolvió a la cruda realidad.
Justo a un palmo del suelo, el chico de óleo violeta se inspiró para salvar su condición de ser onírico, convirtiéndose en un silbido con el que alzar el vuelo y acabar sentado en un violín, extrañamente perdido y olvidado. Oteó el horizonte y descubrió una flauta travesera. Estudió el viento y sonó para acercarse al instrumento, que en ese momento era tocado por una musa antigua pero nunca olvidada. Una vez allí, esperó a que la chica cogiera aire. Al estar dentro de élla, imaginó que sería delicioso convertirse en glóbulo rojo para oxigenar su sangre, pero desestimó esa idea, al igual que la del enfisema pulmonar. Pensó tanto que se convirtió en una línea del pentagrama que estaba recreando la musa, y poco a poco fue desapareciendo en un Mi que sonó tristísimo. Al abrir los ojos, empezó a morir nuevamente con la rutina diaria, a contar las horas que le quedaban para volver a jugar a disfrazarse posiblemente en agua salada de algún mar lejano, en la hoja de un árbol que lentamente cae desde alguna llorosa rama huérfana, en el pétalo de alguna flor extraña, en un beso, un abrazo, una caricia.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Un trocito de parque

Le escuché en silencio porque escupir aquella frase parecía costarle demasiado, como si el hecho de tan sólo pensarla le transportara a un lugar en el que las ataduras te desgarran la piel y las palabras el gaznate. Los fonemas eran mosquitos en su cuello y cada golpe de voz, cada hilito de aire un picotazo, un dolorcito, un pinchacito que bailaba al son de su tos.

Esperar a que acabara la frase era una idea un tanto absurda, cómica, más que cómica tragicómica, esperpéntica, delirante, para él asfixiante, un horror tenerlo así delante, un horror ruborizado, extasiado, así que palmaditas en la espalda, mejórese usted y que tenga suerte con la próxima, yo no le hago sufrir más, el finiquito, gracias y adiós, que se acerca el octavo y aquí el calor, ya sabe.

En el parque las mariposas delante de los niños a modo de manual de instrucciones. “Nosotras volamos, vosotros nos perseguís y palmaditas en la espalda nos observa, como siempre”. Conozco tan bien el juego que a veces sólo vivo aburrimientos. Ahora el grandullón llega y ya está, taxidermia en unas horas. La corteza del pino rugosa y dura, el césped seco, la tierra casi húmeda, falda levemente mojada en treinta minutos aproximadamente y mi ya antiguo jefe llamando por teléfono con un vaso de agua al lado por si los mosquitos de nuevo.

En un banco un hombre y su barba de tres meses van en busca de un trallazo que no ha logrado su objetivo. Corre con chabacanadas en la boca, manga larga y es verano: un héroe moderno. Recoge la esfera de cuero y dispara. Los taxidermistas le observan. Los futboleros le observan. Yo sigo la trayectoria del balón: un gran disparo, lástima del árbol, cambio de sentido, pasa cerca de tu cabeza Robinsón urbano, de nuevo un rebote en otro árbol y tú que no te das cuenta, demasiado veloz el cambio, te va a dar-te va a dar-a que te da-te dio. Una gran carambola, sí señor. Los taxidermistas no se ríen, los futboleros sonríen, yo me parto. Qué diablos, si la barba del moderno Robinson se jacta de su puntería y va de nuevo en busca de la pelota perdida. La coge con ambas manos, mueve sus pies hasta que le llevan al campo de fútbol sala y la entrega como el cartero con el Correo Real. Se sienta en su banco y habla consigo mismo en voz alta.

Una señora y un refresco enlatado en la mano derecha pasan a engrosar el número de habitantes del parque . Un taxidermista le pregunta la hora. Son las nueve menos cuarto. Claro, dice Robinsón. Pregúntale cualquier otra cosa y seguro que no lo sabe. La hora... la hora... qué pregunta. Que me responda por qué nadie me da trabajo. Se levanta y dos pinos a diez metros el uno del otro. Se convierte en un péndulo que va y viene de un árbol a otro, en un oscilante Robinsón sin techo ni trabajo.

Abro la mochila. Redescubro en París a la Maga desde un césped sabadellense mientras seguramente otro vaso de agua en la oficina. En el bar del parque todas las mesas ocupadas. Tres abuelas, dos abuelos y cinco sillas sin dueño. Sí, las pueden coger. Sacan unos refrescos de sus bolsos y qué aire más bueno y qué sombrita. Me sumerjo en mi airecito y mi sombra y la falda ya está húmeda.

La pelota. La cojo con las manos. ¡Con los pies! ¡Con los pies! me dicen los taxidermistas entre risas. Pues con los pies. Le doy cinco toques con el pie derecho, dos con la rodilla izquierda, lo elevo sobre mi cabeza, desciende, chuto con la diestra y gol dice uno de ellos. Pues gol. Sonrío y de nuevo la Maga en París con Horacio hablando de Rocamadour.

Alguien tose y no es mi jefe. La señora reloj, que se le atraganta el humo del cigarro. Son casi las diez. Qué tarde, gracias, se me escapa el tren. El tiempo pasa volando en Francia. Cojo el libro y la mochila, se lo doy al hombre de la barba que lo mira y lo mete en su casa porque es un caracol y camino hacia la estación porque esta noche con los amigos en Barcelona.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Paf-in-Poy y el misterio del tiempo y el espacio

Una mancha extraña en el mantel de tela que se encontró bajo el Árbol Solitario del Bosque del Árbol Solitario puede ser un mantel que se dirigirá próximamente a la lavadora, pero también puede ser el relieve de un país olvidado y pobre que pide en silencio agua, o el perímetro de otro país económicamente poderoso expandiéndose a lo largo y ancho del trozo de tela, acaparando la atención de todas las tramas, dejándose succionar premeditadamente y con alevosía por todos y cada uno de los hilos que la conforman. Pero en este caso no es eso, en este caso su imaginación no ha tenido tiempo de dejarse llevar por los pensamientos que atesora porque no tiene ganas de pensar. Lo único cierto es que, al caer unas gotas del vino que le regaló ya no recuerda quién sobre el mantel, han aparecido, como por arte de magia y sin ninguna pretensión embaucadora, un mapa que no sabe qué significa y una máquina extraña que reza "Máquina del tiempo y el espacio", un mapa y una máquina que no voy a describiros porque todos hemos visto, leído o soñado con algún mapa y alguna máquina así en nuestra vida, y si no es así deberíais replantearos vuestra forma de actuar en esta vida, porque podríais acabar como una mancha en un mantel que lo único que pretende es acaparar la atención del todo sin detenerse en los detalles y, algo igual de funesto, una máquina inservible por ineptitud.

El chico está triste y no le da mucha importancia al mapa y a la máquina, y es curioso, porque si algo le pedía a la vida últimamente eran fuegos artificiales que le alejaran de la rutina mundana y patética en la que se veía sumergido desde, bueno, desde siempre para ser sincero, porque su vida ha sido muy triste, vacía, una mierda, para ser otra vez sincero, escatológico y cercano a nuestra habitual forma de hablar (los formalismos matan).
En un principio, mi labor simplemente debía ser la de transcribir lo que sucediera con el trocito de vida de este pobre chico ensimismado y amargado de, pero una cláusula en mi contrato me obliga a actuar en favor de los sucesos, sí, porque yo ya sé de antemano qué sucede en todo esto que intento explicaros, porque esto de los tiempos y los espacios es algo que, bueno, es algo con lo que nos han estado engañando desde que el hombre inventó la primera forma de medir el tiempo y el espacio. Por suerte, hechalaleyhechalatrampa, y más en el país de pícaros que ubicamos al protagonista de hoy.
Explicarlo es muy largo, así que quedaros con esto: un metro en realidad no es un metro, es una forma de medir algo que realmente no existe, y un segundo no es un segundo en realidad, es otra forma de medir algo que no existe en la realidad. Son, como ya he dicho alguna vez, inventos del hombre para el hombre, porque somos una especie que tiene que tenerlo todo etiquetado para que vivir parezca mas fácil o yo que sé, hay tantas cosas se me escapan. Y hablando de escapismos; otra cláusula de mi contrato me obliga a atar el cuento, a que quede redondo. Pues bien, si me hacéis el favor tenéis dos opciones, o bien coger una cuerda, hilo o similar y hacer un nudo en él de tal manera que el cuento quede atado para gloria de mi jefe y mi bienestar laboral, o coger unas tijeras y recortar circunferencias con el papel que estáis leyendo, para lo mismo que hace nada os he contado. Pero no nos desviemos del tema ya desde un principio, porque nos podemos volver locos y la extensión, la maldita extensión.

Paf-in-Poy, que así se llama el chico porque así lo han querido las teclas (sí, las teclas, porque esto de poner un nombre a alguien es tan sencillo como atizar un número de teclas indeterminado y luego ir eliminando las que no suenan muy bien hasta formar un nombre decente. Quizás a la mayoría de vosotros no os guste mucho el que le ha tocado al protagonista de la historia de hoy, pero a mí si y, claro, siento ser un tirano y todo eso pero soy el que lo cuenta y, claro otra vez, así se va a quedar. Se puede cambiar, claro que se puede cambiar, pero para eso deberéis encontrar, mejor dicho, para eso deberíais ser los protagonistas de mis cuentos y, perdonad mi prepotencia si acaso identificáis así mi forma de narrar, pero es muy difícil que tú, que estás leyendo esto, formes parte de este cuento, más que nada porque en el momento en que lo estás leyendo esto ya ha sucedido y ha sido escrito. Hay formas de poder entrar en el cuento una vez acabado, claro que las hay, siempre las ha habido, pero descubrirlas no depende de vosotros; podría decir, y así quedo bien, que dependéis de una botella de vino regalada, un mantel encontrado y la torpeza necesaria para que una gota de ese vino caiga sobre el mantel y, magiapotagia, aparezca un mapa con numeritos danzarines y dibujos móviles y una máquina extraña).

Paf-in-Poy está durmiendo ahora mismo, duerme y sueña. Sueña que en un acantilado no hay nada que lo detenga en su inevitable caída. Cae y cae y el suelo es el fin de todo. Pero la puerta de la cabaña en la que vive (la real, no la onírica(recordemos que baja por un acantilado)) está abierta, y un golpe de aire levanta el mantel de la mesa y le cubre la cara con la suficiente mala leche como para despertarlo. De súbito, Paf-in-Poy se reincorpora y descubre el mantel con el mapa, fijándose en que un número cambia de color, el numero ocho. Al lado del número ocho un árbol enorme: el Árbol Solitario del Bosque del Árbol Solitario. Paf-in-Poy es un chico bastante pasivo (podríamos llamarle autista pero como siempre ha estado solo pues como que no pega ese adjetivo en él, así que diremos que es apático), no tiene interés por nada, nada le apetece, nada le alegra, y por eso, en su rostro sólo se aprecia la vida cuando come, bosteza, ronca y esos movimentos automáticos o semiautomáticos que el cuerpo necesita para no desfallecer. Y no me preguntéis por qué está solo a su edad, porque no hay nada más triste que tener todo atado en un cuento para que parezca redondo y, además, ya me he encargado yo de explicaros como se ata un cuento y cómo hacerlo redondo.
Paf-in-Poy está solo porque no hay nadie más con él, el resto inventadlo vosotros mismos que, además de ser una actividad enormemente gratificante, seguro que, si lo hubiese contado, al mirar la extensión del cuento al que os estáis enfrentando os habríais echado para atrás dado su tamaño. Es lo que tiene no conocer el secreto del tiempo y el espacio, que dejamos de hacer cosas porque parecen pérdidas irrecuperables. Vosotros os lo perdéis. Ya me daréis después las gracias que la sorpresa está en el final.
El numerito ocho, que es el primero que parpadea, señala el Árbol Solitario del Bosque del Árbol Solitario. Paf-in-Poy lo mira, lo reconoce y lanza el mantel al suelo. Pero claro, otro golpe de aire evita que caiga y lo deposita de nuevo entre sus brazos. Después de resoplar lo lanza de nuevo y, claro por enésima vez, de nuevo un golpe de aire conduce el mapa al lugar que debe estar, su regazo. Quedan seis repeticiones de este acto así que, a la octava vez, Paf-in-Poy, en un acto de inteligencia suprema, intuye que debe hacerle caso al mapa y dirigirse hacia aquel lugar.

El bosque está a tres tragos de vino, y hacia allí se dirige. Al llegar (como veis voy rápido para que más gente lea esto, porque contar una historia que después se queda en un cajón olvidada por la humanidad no tiene mucha gracia (o sí, pensad en la de historias que se pedieron en el incendio de Alejandría y aquí estamos, vivitos y coleando)), pues bien, al llegar, lo primero que ve en el suelo bajo el, a partir de ahora, AS del BAS (para los lentos Árbol Solitario del Bosque del Árbol Solitario), es un mantel idéntico, clavadito, igualito al que lleva en su mano derecha, pero sin numeritos, ni arbolitos ni manchitas. No lo coge, porque no es nada materialista y sólo coge del suelo lo que necesita y, en estos momentos, un mantel no le saca de sus miserias. Al extender el suyo de nuevo para observarlo mejor ve que aparece sobre la esquina superior derecha del mapa algo que interpreta como un pajarraco que vuela y que parece ser se dirige hacia el AS del BAS. Otea el horizonte y descubre que algo así como un águila se acerca, alcanza el árbol y deposita sus garras sobre una rama . En una acción afrontada con la misma inteligencia suprema que antes Paf-in-Poy tira el mantel, perdón, el mapa al suelo, porque piensa que ya no le hace falta ya que el águila es la siguiente historia que acometer. Por suerte el animalito sabe hablar.

-No pienses Paf-in-Poy, tú no pienses, mira el mapa y ya está, es todo así de sencillo.

Paf-in-poy es un chico tan anormal que no siente espasmos por su cuerpo cuando descubre que el animal habla (por suerte para vosotros, todo sea dicho), así que recoge el mapa, lo mira y ve que sobre el árbol hay un pajarraco dibujado y que un número, el dieciocho, empieza a cambiar de color. El águila no está acostumbrada a perder el tiempo y, con un movimiento rápido de sus enormes garras, lo agarra (nunca mejor dicho) de los hombros y lo aposenta cómodamente sobre su lomo, entre sus alas. Con dieciocho enérgicos movimientos de éstas llega al Lago Solitario que situaremos entre los rios Kad y Uw€d, (es lo que tiene escoger los nombres como antes he explicado, que aparecen simbolitos extraños), y allí, sí, chicos, allí se encuentra el castillo que no podía faltar en una historia como ésta. Pero no es un castillo en realidad. El mago que habita en él, el Mago de la Capa Brillante, le ha puesto ese nombre porque es un poco presuntuoso, es de los que quieren aparentar más de lo que son, y de ahí llamar castillo a un molino cutre y viejo. Pues bien, cuando está a punto de descender, el águila se queda inmóvil en el aire, y cuando digo inmóvil me refiero a que le he dado al pause al águila, pero no he sido yo, ha sido el mago, como descubriréis a continuacion.

-Hola Paf-in-Poy- y mueve su varita, bueno, el palillo que antes ha usado para sacarse el trocito de bistec de ternera de entre los dientes y que en este momento sirve para detener al águila y convertirla en una estatua en el aire.
En ese mismo instante las alas del águila se convirtieron en una escalera multicolor excepcional. Por ellas descendió el perturbado por los acontencimientos Paf-in-Poy sin mediar palabra alguna con su anfitrión. Cuando tocó tierra firme, el palillo se volvió a mover y el águila, a la que llamaré Oun-le-Wud, se fue. Al mirar el mapa (se ve que le estaba cogiendo el gustillo a eso de mirar el mapa), Paf-in-Poy advirtió que el águila se posaba en la misma rama del mismo AS del BAS que antes, pero percatose que sobre el castillo aparecía un uno que parpadeaba locamente, cada vez mas rápido, mas rápid, mas rapi, mas rap, mas ra, mas r, más, ma, m.( fin de la paranoia).

-O te das prisa o el mapa se borrará y deberás repetirlo todo otra vez. !!!Entra en el castillo, insensato¡¡¡.- Dijo el mago con una voz solemne.

Y así hizo. Una vez dentro del molino, Paf-in-Poy se emocionó al descubrir que en realidad el molino no era un molino, sino un castillo sacado de un cuento de hadas, reluciente y brillante, pero con sólo una estancia elíptica, muchas ventanas de colores y una vaca en medio, justo en el centro de la sala.
-Bien Paf-in-Poy, yo me voy a dormir que me ha entrado un sueño irresistible, nos vemos después de la siesta. Tu habitación está arriba.
Arriba, piensa el joven apático, cómo que arriba si arriba no hay mas que telarañas, relucientes, cierto, pero telarañas...

Para abreviar, que si no nos dan las uvas, os explicaré fugazmente que, para descubrir su habitación en la estancia superior, Paf-in-Poy tuvo que hacerse un café con leche ayudado por el molinillo que estaba en la mesa de la cocina y que, al girar su manivela, las ventanas se convirtieron en puertas. Pero claro, ahora había que llegar a la suya, a la que tenía el cartelito con su nombre.
A Paf-in-Poy no le gusta el café, asi que buscó la leche durante no sé cuánto tiempo, (el tiempo que tardó en beberse seis cafés solos, (sí, de esos q no le gustan)),fijaos si estuvo tiempo buscando la leche que la luna ya habia aparecido, lo que significa que el sol se había escondido y, finalmente, con el acto de inteligencia suprema que, esperemos, patente Paf-in-Poy, descubrió que la vaca da leche si tiras de sus ubres. Y eso es lo que hizo, y cuando lo hizo aparecieron unas escaleras similares a las que había usado para bajar del águila que conducían a su habitación. Una vez dentro de su habitación el problema que tuvo Paf-in-Poy fue dormirse con tanta cafeína en el cuerpo. Estuvo mirando el mapa y vio que sobre el molino había aparecido una vaca y que a lo lejos, en una isla remota, un cero parpadeaba. Y os debo decir que el cero es el último número de esta historia (por suerte para todos). Cuando vio el cero, la luz empezaba a entrar por la ventana y el sueño en Paf-in-Poy, (tanto café le habia dejado insomne y en vela durante toda la noche). Pues bien, cuando estaba a punto de dormirse la voz del mago de la capa brillante resonó en toda la estancia.

-Paf-in-Poy, ya es hora de partir, partir, partir, ir, ir, ir.

Para ser breves no contaré las vueltas que dio en la cama ni las veces que maldijo al mago orondo del lago, así que diré que dio un respingo y, de inmediato, apareció en la sala central desde la que vio que, de nuevo, no había habitaciones en el molino.
-Bien Paf-in-Poy, como sabrás próximamente, somos unos currantes que depedemos de un narrador, y si no lo sabes ya lo sabes, así que debo ir rápido para contarte lo siguiente que debes hacer, que ya se está poniendo nervioso y ronda en su cabecita el matarnos. Hombre, matarnos es mejor que decir que todo es un sueño, todo sea dicho, todo es cuestión de estatus, pero no quiero ahora mismo que acaben conmigo porque ayer conocí a una brujita preciosa que creo que tiene pretensiones amorosas conmigo. (En estos momentos podría cargarme al mago parlanchín, pero el amor me puede).

-Mira, para ser breves: con esta varita multicolor te enviaré a La Cueva del Oso Mimoso, él te dará La Máquina del Tiempo y el Espacio y volverás al lugar y al instante en el que empieza esta historia porque, no sé si te acuerdas, cuando parpadeó el numero cero tantas veces (que no era un cero, que era un uno chavalines) en realidad todo terminó, moriste, pero yo soy mago y he estado haciendo esto porque tú no debes morir nunca y porque me ha dicho el jefe que así lo diga, así que con esa máquina podrás recomponer cualquier aspecto de tu vida y hacerla un poco más interesante. El único inconveniente es que estarás atado a este cuento de por vida, pero lo bueno es que siempre podrás buscar aventuras no vividas por culpa de los miedos y la pereza y nunca recordarás lo que has vivido, para darle mas emoción y así no jugar con ventaja. Eso sí, tienes que estar atento a las señales que te ofrece el destino.

Y eso es lo que hizo Paf-in-Poy, que en estos momentos dejaré durmiendo en su cama, con un mantel manchado, una botella de vino regalada por un oso mimoso y una máquina que aún no ha hecho funcionar. Y yo, yo, yo sólo puedo prometeros contaros en un futuro este mismo cuento pero en condiciones pues (que no lo he dicho) yo ya encontré hace tiempo mi máquina del tiempo y el espacio, y es que todos tenemos una esperándonos en algún lugar. Sólo hay que tener los ojos bien abiertos y creer en los mapas mágicos y esas cosas.

Ya para acabar, también me comentaron mis superiores que una historia debe tener pies y cabeza; pues ya sabéis qué debéis hacer: coger un papelito y un lápiz y dibujar unos pies y una cabeza y, después, insertarlo en el lugar que más (o menos) os guste de este cuento. Así de sencillo.

jueves, 12 de noviembre de 2009

HILOS

Llevaba mucho tiempo dándole vueltas al enigma y por fin, a su manera, lo había solucionado. No comprendía por qué, a lo largo de su vida, al pasar por el lado de alguien, al intecambiar alguna mirada o al sentir la presencia de un desconocido a su espalda, algo así como una suerte de descarga eléctrica se repartía por todos los rincones de su esquelético cuerpo.

Fue en el comedor de su piso; había decidido redecorar el techo de su multicolor habitación con nubes; para llevar a cabo la misión personal del momento, tuvo que comprar discos desmaquilladores y buscar durante demasiado tiempo por cajones, armarios y estanterías unas tijeras, hilo blanco y celo.

El celo lo encontró en una cajita que se ríe siempre de sus eternos despistes desde la estantería en la que, desordenadamente, habita un contubernio formado por Egidio el granjero, Roverandom, el chico Ostra, Taliesin, Merlín, un manual de bricolaje y un tal Lucas. A los demás los obviamos, pues, parece que, en ese momento, estaban echándose una siesta. Muchas veces pensó en vender su alma al diablo y que, a cambio, éste le concediera el honor de descifrar el lenguaje insonoro que usaban entre ellos, pero prefirió vender los dedos de sus manos. Su alma valía demasiado para ser poseída por un simple y pobre diablo.

Descubrió que las tijeras que usaría más tarde estaban en el lavabo, en la reunión acicaladora de espuma de afeitar, pasta y cepillo de dientes, cremas y potingues raros para su delicada cara, desodorante y algún perfume que habría usado quién sabe si tres veces en un año, pues le mareaba el olor artificial. Quizás por eso los dos botes, guiados por el rencor, eran los encargados de avisar, entre jocosas carcajadas, de la llegada del eterno desaliñado. Por suerte para ellos vendió sus dedos al diablo.

El hilo blanco lo encontró en la cómoda roja, después de abrir siete cajones en los que descansaban medicinas, algunas de ellas caducadas, una Polaroid, varias barajas españolas y una del Uno, alambres, cuentas para fabricar pendientes y collares, las medallas que ganó en su niñez gracias al ajedrez, el salto de altura, el fútbol sala y el baloncesto, las carteras de su adolescencia y una inútil colección de cinco pins que no sabía de dónde habían salido. Nadie decía nada,todo estaba en el más absoluto silencio: la persona que los había colocado allí para su casi seguro eterno descanso era demasiado importante como para, a estas alturas de la vida, reírse de él. Su alma valía demasiado.


La creación de una nube con discos desmaquilladores es bien sencilla, pero hay que leer detenidamente las instrucciones y prestar mucha, pero que mucha atención, a cada uno de los pasos.

Primero creamos dos discos separando uno por la mitad; observaremos que la parte central es algodonada como las nubes. Cogeremos una y castigamos a la parte algodonada cara a la mesa. A continuación, colocamos dos más formando una especie de triángulo y, a continuación, hacemos el triángulo un poquito más grande colocando tres medios discos.
El siguiente paso es el mismo pero a la inversa, obviando el paso de los tres discos centrales, haciendo el tríángulo cada vez más pequeño. Al acabar la nube, uniremos todas las partes con trozos de celo. A él le han bastado dos en forma de cruz. Podríamos decir que una nube de discos desmaquilladores son dos triángulos iguales unidos por una base central compartida de tres discos.
Acto seguido, se coge el rollo de celo otra vez y hacemos lo que en el colegio nos enseñaron que era una planta de cruz latina. Para ello usaremos dos tiras: una grande de la que uniremos un extremo pegajoso con uno no pegajoso y una más pequeñita repitiendo la misma operación, de tal manera que nos queden dos especie de elipses. Crearemos la cruz y la situamos encima de la media nube como si la bautizáramos en el nombre del espíritu santo y esas cosas y las aplastamos con delicadeza o no, eso depende del humor que tengamos en el momento de la creación, como siempre.
Después debemos crear la otra media nube y colocarla (recordemos: esta vez la parte algodonada hacia fuera) sobre la otra media nube. Y ya la tenemos. Chula, ¿eh? Si no se entiende al releerlo es aconsejable que fabriquéis la nube realmente, no imaginariamente. En ocasiones, confiamos demasiado en el poder de nuestro pensamiento.

Hemos dicho que el destino de la nube era ser colgada en la habitación del parchís, como la llamaban sus amigos, y para poder ser colgada necesitaba hilo. Y fue en ese momento que le sobrevino a la mente la idea de la teoría de los hilos empáticos.
Una idea es com un rayo: estás haciendo cualquier cosa insignificante y !Zas!, una especie de haz de luz que te ilumina se inserta quién sabe por dónde en tu cabecita y hace que en tus labios aparezca una sonrisa.

La teoría, como siempre, es un poco complicada de explicar porque es una idea que crea muchas ideas, y si bien una palabra es una idea, no siempre una idea es una palabra, ni tan siquiera muchas palabras. Por esta razón pondremos todo el empeño en hacer que podamos comprenderlo y porque alguna vez el chico-desaliñado-que-vendió-sus-dedos-al-diablo-porque-consideró-
su-alma-demasiado-valiosa había comentando en voz alta a quién sabe quién o qué que,algunos días atrás, ni él mismo la comprendía. Así que manos a la obra : fuerza de voluntad e inteligencia para todos. Si alguien no está dispuesto a continuar que se marche sin reparos, que nadie se va a enterar. Eso sí: la vocecita que corroe la mente es muy jodida a veces y puede volverse contra ti repitiéndote hasta la locura que qué demonios querrá explicarnos la teoría de los hilos empáticos.


LA TEORÍA DE LOS HILOS EMPÁTICOS.


La teoría de los hilos empáticos podríamos dividirla en tres partes:

-Nacimiento

-Crecimiento

-Transformación

NACIMIENTO

Al nacer, el ser humano está unido al mundo por una cantidad de hilos invisibles que depende de la gente que va a cruzarse en toda su vida. Podríamos decir que nacemos unidos a la gente que vamos a conocer en toda nuestra existencia a base de hilos. Cada hilo se dirige desde ti hacia esa otra persona que en un futuro va a cruzarse en tu camino. El hilo es invisible, repito, que ya veo a más de uno buscándolo.


CRECIMIENTO

El crecimiento de este hilo depende de la interacción que tengas con el habitante del otro extremo. Una sonrisa, una mirada, un beso, una palabra, un gesto, una bofetada, una patada, una mala nota, un mal consejo, un buen consejo, todo lo que podéis llegar a imaginar que puede existir en una relación entre dos personas hace crecer o decrecer el hilo que las une. Cuando un hilo crece y crece y nunca decrece decimos que la conexión entre almas es perfecta. Pero eso está por ver si realmente existe. Eso sería lo que se denomina Utopía de la teoría de los hilos empáticos. Normalmente las relaciones se basan en continuos cambios de grosor del hilo, pero siempre aparece alguien que te hace creer en la utópica conexión, y eso es lo bueno de la vida: la esperanza en algo mejor que consiga llenar el vacío que reinaba en ti hasta la llegada de un hilo existente pero desconocido. Y es que aquí viene, quizás, la parte más importante de la teoría: para que se inicie la conexión entre las dos almas propietarias del hilo invisible empático una mano invisible, llamémosla dios, destino, coincidencia, como queráis, eso es lo de menos, deberá dar un tirón al hilo para que las dos almas se den cuenta de que hay algo más que una simple mirada, una sencilla palabra o un insignificante gesto.
Y es entonces cuando notamos esa especie de descarga eléctrica en nuestro cuerpo, cuando nos tiran del hilo, cuando se crea una conexión empática entre dos seres. A partir de ahí, las circunstancias harán el resto y el hilo crecerá o decrecerá, pero nunca desparecerá.


TRANSFORMACIÓN

La transformación es la fase final, lo que ocurre al morir, en qué devienen las almas y los hilos, pero, esa parte, no puede explicarse ya que nadie ha venido de donde quiera que vayamos, si es que vamos a algún lugar, para explicarnos el desenlace. Quizás existen conexiones que ya se vivieron en otra vida y se repiten, de distinta manera o no, en ésta, pero eso es otra teoría y tampoco es plan de agobiar al personal con las paranoias del chico de las nubes.

Quizás todo hubiese sido más sencillo y más corto si la idea se le hubiese ocurrido al advertir que, antes de nacer, un hilo o cordón nos une a la primera persona que interactúa con nosotros durante, normalmente, nueve meses. Pero fue creando nubes como se le ocurrió. Así que nada, a seguir descubriendo y engordando hilos a base de descargas eléctricas empáticas.