Se sumió en el único placer que le devolvía a la vida, imaginó que su alma se introducía en un enorme bolígrafo negro y se diluía con la tinta negra para, lentamente, resbalar por el cilíndrico lecho que le cobijaba hasta caer y plasmarse en una hoja en blanco.
En ese momento, en el preciso instante en que su nueva condición debía tomar la determinación de si convertirse en dibujo o cuento, decidió recrearse con su destino. Escribió un melancólico adjetivo, dibujó un ojo rodeado de lágrimas, plasmó la palabra tristeza y garabateó una sonrisa, para terminar danzando por el papel, dejando sus huellas impresas formando la palabra soledad. Se detuvo. Se detuvo y lloró hasta que sus lágrimas borraron todo lo que había pensado hasta ese momento.
Esta vez disfrazó su alma de aceite para separarse de la tinta y volver a su forma originaria. Imaginó que se convertía en óleo fucsia para aposentarse en un lienzo de fondo gris oscuro. Escogió lanzarse desde la parte superior del marco, dejando al libre albedrío los trazos del pincel originario, viniéndole a la mente un tobogán acuático, esos toboganes acuáticos desde los que años atrás solía sonreír junto a eso-es-otra-historia. Y allí se encontraba él, sonriendo aceitosamente desde su púlpito de majestuosos zigzagueos y devaneos artísticos, hasta que el final del lienzo le devolvió a la cruda realidad.
Justo a un palmo del suelo, el chico de óleo violeta se inspiró para salvar su condición de ser onírico, convirtiéndose en un silbido con el que alzar el vuelo y acabar sentado en un violín, extrañamente perdido y olvidado. Oteó el horizonte y descubrió una flauta travesera. Estudió el viento y sonó para acercarse al instrumento, que en ese momento era tocado por una musa antigua pero nunca olvidada. Una vez allí, esperó a que la chica cogiera aire. Al estar dentro de élla, imaginó que sería delicioso convertirse en glóbulo rojo para oxigenar su sangre, pero desestimó esa idea, al igual que la del enfisema pulmonar. Pensó tanto que se convirtió en una línea del pentagrama que estaba recreando la musa, y poco a poco fue desapareciendo en un Mi que sonó tristísimo. Al abrir los ojos, empezó a morir nuevamente con la rutina diaria, a contar las horas que le quedaban para volver a jugar a disfrazarse posiblemente en agua salada de algún mar lejano, en la hoja de un árbol que lentamente cae desde alguna llorosa rama huérfana, en el pétalo de alguna flor extraña, en un beso, un abrazo, una caricia.